jueves, 18 de junio de 2015

Culpa.

Hoy vi a tu ex. Recuerdo cuando me contabas que no podías dejar de ver su blog, antes de conocerla. Que te producía una sensación erótica culpable el hecho de escribir sobre la dirección de una página porno el nombre de su blog. Algo del porno seguía presente en el espionaje a su escritura. A pesar de ser un blog público, me decías, era algo privado de ella. Finalmente no te importaba y lo hacías de todas maneras, aunque algo de la culpa inicial persistía.
            Cuando la conociste, nada de eso cambió. Seguías escribiéndola encima de otra cosa. No lograste terminar tu relación anterior y la ponías a ella. Amigo, yo te decía que eso estaba más allá del bien y del mal, pero que conociéndote, te produciría culpa. Culpa, no por ella: culpa por ti. Sé cómo terminas tus relaciones. Hoy la vi, y recordé cómo fue su final. Un final que no termina. Pero la vi y está ahí, siguiendo una vida propia que, aunque te cueste creerlo, lleva sin ti. Hoy vi a tu ex y no pude saludarla, porque tengo lealtades. Me sentiría culpable de saludarla.

martes, 9 de junio de 2015

La risa.

La micro iba vacía, como acostumbra ser en el horario de los descoordinados. Me gusta descoordinarme del baile de la ciudad para, por ejemplo, silbar o leer en la micro. Esta vez leía. Leía un relato erótico entre dos hermanos, de Paul Auster. Me sentía como un niño diciendo groserías sin ser advertido. Una sonrisa me formaba el rostro. De pronto, despego mi vista del libro y miro al frente: ella me mira y ser ríe de mi torpe risa sin sentido aparente. Ella reía más que yo: su risa formaba con mayor presión su rostro.
            El momento de la risa mutua se detiene. Guardo mi libro, para avanzar en el milagroso contacto visual, en el mismo momento en que ella saca un libro propio. Mi experticia editorial me hizo reconocer, casi con certeza, que se trataba de un libro de Roberto Bolaño. Volví a sacar mi libro de Paul Auster con la mayor normalidad que se puede en una micro habitada solamente por alguien con quien se compartió una risa inventada.
            Sentía el peso de su mirada sobre mi libro, sentía el esfuerzo extra por descifrar el título de mi libro. No podía interceptar su mirada, pero sí pude confirmar la autoría de su libro. Efectivamente, leíamos, avanzábamos las páginas, pero a ratos mirábamos por la ventana. Confirmé que mirábamos las mismas cosas, nuevamente, gracias a la risa: era una mañana de otoño y al costado del cerro Santa Lucía había un joven cuya mirada perdida se confundía con las muertas hojas de los árboles cayendo. Por supuesto, ambos pensamos en lo clisé de la escena sin poder creerlo. Nos miramos y nos reímos. Ella se bajó, luego, yo me bajé.

Sueño uno.

Me llevaba de la mano. Miraba su espalda, su trenza. Podía percibir a mi alrededor un bosque, pero la seguía, a paso rápido. Al fondo veía el brillo celeste de un océano. Giré mi vista hacia el bosque por un instante: un montón de brujas cocinaban algo en su caldera hirviente. Intentaba decirle que mirara eso, pero ya habíamos llegado a la costa: el océano parecía una extensa llanura de plata, cuya tranquilidad se interrumpía por docenas de cachalotes saltando. El frío me invadía la espalda con forma de miedo. Un temor que tendía al pánico me incitaba a soltarle la mano. Entusiasmada, me llevaba al mar: me doy cuenta que hay una especie de sendero de piedra hacia el fondo del océano. Me asustaba la claridad amarilla del cielo y el fulgor celeste del mar. Todo tranquilo. Caminábamos más bajo que la superficie del mar, ya caminábamos por un pasillo con muros de agua. A lo lejos, los cachalotes. Seguíamos, caminábamos. Ya lejos, miraba hacia atrás: a lo lejos el bosque, el sendero desaparecía por los rasguños que el mar le daba paulatinamente. Cada vez más cachalotes invadían la superficie del mar. Le rogué que nos devolviéramos. “Ya no se puede”, me dijo.

sábado, 2 de mayo de 2015

Tejido.


¿Cuál es la diferencia entre un americano y un espresso? Que el americano lleva agua, le dijo la mesera. La voz de mi amigo era fuerte, fuerte para lo pequeña que era la sala principal del café. Lo escuchaba, me contaba con afán un documental que había visto la noche anterior. Me contaba que era muy parecido a su vida. Extrañaba a su ex. Mi té se enfriaba a medida que me contaba el documental, que intercalaba su vida, que recortaba a su ex. De pronto, sin aviso, interrumpió todo: todo ese tejido que iba armando entre su ex, el documental y su vida, y su ex, y su vida y el documental. Paró de tejer.
            Afuera hay una mina, no la veí, pero está afuera, me decía. Sus ojos están mirándome, pero ella no, me decía. Yo la he mirado todo el rato a los ojos, pero está tan absorta en sus hueás que no se fija en mí, me decía. Yo no alcanzaba a verla, pero confiaba en mi amigo, confiaba en su tejido.

domingo, 26 de abril de 2015

Héroe.


Siempre ha estado ahí. No es algo obvio como el aire que respiramos, pero está ahí, mirando desde las estrellas. Sin saberlo, cuando niño jugaba con sus cassettes como si se tratara de invasores del espacio; luego, lo escuchaba en las mañanas antes de ir a la escuela, porque despertaba a mi mamá; de adolescente, lo bailaba sin tener mucha consciencia sobre ello. Desde ahora, mirando hacia atrás, pienso que siempre estuvo ahí, como una especie de rayo que parte el rostro en dos, pero cuya cicatriz es simplemente el rostro mismo.
           Mirando hacia atrás, con el cuello torcido, recuerdo que he buscado incesantemente reconstruirlo, rehacerlo noche a noche, como un monstruo. Las partes que lo conforman son las situaciones que robo de cada persona: esa caminata; ese abrazo; ese grito en el karaoke; ese cabezazo; ese brindis con vasos de plástico; esa carta; esa sombra; esa invitación fallida. Las sorpresas en las que aparece me hacen sentir su protegido, sabiendo que aparecerá en el momento de la magia. Me ha enseñado que siempre aparece, brillando como un rayo.

lunes, 20 de abril de 2015

Las estrellas y las flores, el viento.


Y el viento no mece las estrellas, le dije. Lo que se mueve es el mundo. Me dijo que por eso prefería las flores: nosotros somos juguetes de las estrellas, vivimos mientras ellas permanecen inalterables por el viento; las flores, más humildes, bailan ante nuestros ojos sabiendo que sus movimientos dependen del viento.
Las estrellas nos engañan, me dijo. Luego me confesó que jamás nadie le había regalado una flor: no es que lo quiera especialmente, pero siempre me imaginé en un día de primavera llevando un girasol, desconcertando, sin que la gente pudiera adivinar si acaso me lo regalaron, si acaso iba a regalarlo, si acaso soy artista o simplemente es mi trabajo vender flores.
Por supuesto, intenté esforzarme: pensé en regalarle una acuarela de un girasol, pensando en la eternidad de la flor. Una acuarela enmarcada que pudiera representar la burla hacia los astros y que diera un cómplice toque de materialidad: no hay cuadro sin muro, como no hay muro sin techo en común. Pensé luego que esa eternidad que compartían la acuarela y las estrellas era precisamente lo que ella odiaba, por lo que todo debía derivar en proyecto común: compré semillas holandesas de girasol, un macetero preciso y todo lo necesario para plantar la flor. Sería el perfecto trabajo en conjunto que afrentaría la eternidad de los astros. Me seguía satisfaciendo la idea de la acuarela, pero la decisión estaba tomada.
Botó las semillas al suelo, rompió la acuarela. Me reprochaba la sofisticación, me reprochaba no entregarle una flor real. Entonces noté que ella era como las estrellas y yo como las flores.

El movimiento.


Muchas veces nos lleva el viento. El viento nocturno, que es una especie de sombra, es la que permite navegar a las lechuzas y a los vampiros. El viento matutino, a las golondrinas y las ninfas. Nuestra diferencia con las lechuzas es que no tenemos visión nocturna; con los vampiros, es que podemos reflejarnos en los espejos; con las golondrinas, que no podemos cantar; con las ninfas, que no sabemos danzar. Por eso, el viento que nos mueve parece azaroso, parece que nos lleva a cualquier parte, porque no nos hacemos de nuestro viento, de nuestro movimiento.
            Estamos en una constante batalla contra el viento, una batalla por el movimiento.

domingo, 19 de abril de 2015

Lo oscuro, la luz.


Lo oscuro se ha menospreciado: en la oscuridad habitan los monstruos, duermen las bestias, bailan los demonios, corren las vírgenes, persiguen los vampiros, marchan los cobardes. La verdad es que en lo oscuro ocurre lo verdadero, quizá es lo verdadero lo que nos espanta.
            La luz se presenta como la verdad, contra la ignorancia que es lo oscuro: salir de la caverna y ver la luz es equivalente a la luz de Dios que nos enceguece, que enceguece a los ángeles que no saben si empuñar su espada contra la bestia o el hombre. La luz es el conocimiento, la ilustración, el iluminismo. Pero es la luz, precisamente, la que nos ciega: el brillo del oro convierte al afortunado minero en un demente que mancha con sangre todas las cavernas. En la luz nadie habita, nadie persigue, nadie marcha.
            La claridad que está en ese instante en que lo oscuro se retira y la luz se asoma es un santuario en que todos convivimos sin temores, en que todo puede ocurrir: en lo claro se decide si acaso lo oscuro continúa o si la luz extiende un día más su reino. Lo claro, ensombrecido, abre todas las casas, todos podemos correr y bailar, gritar y marchar. Los monstruos nos vemos los rostros y nos damos cuenta que no somos distintos, nos reconocemos y nos decimos las verdad, porque la verdad no es una luz, la verdad es nuestro secreto.

miércoles, 15 de abril de 2015

Claroscuro.


Una vez me dijo que mirar la primera luz del amanecer es algo especial. Ver la primera luz junto a alguien es compartir un espacio de intimidad que se comparte pocas veces: pasar de largo y ser iluminados por la misma primera luz es especial. Nunca lo encontré especial, porque siempre he trasnochado y pasado de largo. La primera vez que lo hice fue viendo Twin peaks, sin entender por qué me mantenía despierto, nunca entendí nada. La última vez fue en un hospital.
            La noche del hospital es especial: una luz negra, que a la vez es una oscuridad blanca. Se siente la noche, se siente la higiene. Una luz de otra era que ilumina cada tristeza y desesperanza. Caminaba por los pasillos intentando registrar los rostros trágicos y melancólicos que enfrentan la muerte. Pero la mayoría eran de felicidad: estaba en el pasillo de los partos. Flores y guaguas gritando. Niños corriendo. Madrugada. Una mezcla de claridad y oscuridad, un claroscuro, ese claroscuro donde nacen los monstruos.
            Unos niños jugaban. Te maté, le decía uno al otro. No, sólo me quitaste el alma, pero sigo vivo. No se vale, respondía. Pum, ahora te maté, decía sin expresión. Te maté porque te robé el alma, sin alma estás muerto. ¡Mentiroso! Estoy vivo, le dijo con patada incluida. Una luz, la primera, se asomaba y hacía del pasillo algo blanco.
Las sombras de los niños desaparecieron.

miércoles, 8 de abril de 2015

Jinete de bastos.


Echadas las cartas, leía el futuro: los caballos, esquinados, algo me gritaban con el silencio vidrioso del naipe español. Un caballo tras otro, me embestían en la lectura. Uno escapaba, el otro entraba en escena; un jinete me miraba, mientras el otro evadía la mirada al atacarme. Pensé en su indecisión, en sus gestos, en sus negativas. No tenía mucha coherencia el establo ante el que estaba inmerso.
            Siempre los establos me han significado un lugar sombrío. Sombrío: sin luz. Me parecen un perfecto lugar para el suicidio.
            Traté de leer un poco más allá de los caballos: sus pezuñas, sus miradas, sus colas, sus crines. Seguían siendo caballos, hasta que la luz de un espejo me señaló la verdad universal de mi pregunta: todo estaba en los zapatos del jinete.
            El primer jinete mostraba la suela de su zapato. Por primera vez, pensé, puedo ver la suela del zapato de un jinete del naipe. Pronto me di cuenta que no era una verdad revelada, sino que era un aspecto común: el jinete, al subir al caballo, debía apoyarse en el pedal, de modo tal que su pie se flexiona, mostrando al espectador su suela en esplendor. Eso con el jinete de monedas. Pensé que las monedas me revelaban un secreto, hasta que desilusión: el jinete de espadas mostraba su suela. También el de copas. El brillo de las monedas, las copas y las espadas se refuerzan con la luz que hace aparecer la suela del zapato. Las suelas son sombrías, como los establos y los bastos.
            El jinete de bastos nos muestra la suela. La esconde, incluso. ¿Por qué la esconde? El jinete de bastos no usa pedales. Que no use pedales es señal de dos cosas: es un mejor jinete que el resto, o bien cabalga luego de subir inesperadamente a su caballo. El basto, rama de un árbol, se me apareció como la manifestación de la naturaleza: el jinete de bastos es el más cercano a la naturaleza. Su caballo es el menos disciplinado. Ambos producen el mejor  equipo. Sólo desde este momento me fijo en que el jinete de bastos es el paladín por excelencia: mientras sus colegas se jactan de sus bienes, mirando hacia cualquier lado que no sea la batalla, el príncipe de bastos erguido camina a enfrentar la contienda: mirando al frente y portando su arma firme.
            Finalmente, comprendí que todo se trata de saber que el demonio al final del abismo no es inmortal.

lunes, 6 de abril de 2015

Horizontalidad V.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como el primer beso que te di, miramos un horizonte que nos es común.
            Sé que estamos horizontales esperando que la verticalidad nos haga suya. Hemos sido del otro en vertical, pero sólo podemos decir eso con sinceridad las veces que hemos estado en horizontal. Parece que la verdad no surge del pecho que está en un cuerpo erguido. Parece que la verdad no surge de ti sino cuando te miro a los ojos por entremedio de las sombras que producen los aparatos colgados en tu pieza. Entremedio de esas sábanas que siempre quise comprarme, estabas tú esperando que te hiciera mía, sin entender que ya éramos del otro desde el momento en que el azar decidió ponernos la misma manta sobre la cabeza.

Horizontalidad IV.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como la última fase de una persignación, miramos un horizonte que nos es común.
            A veces te deseo la muerte. A ti, a ellos, a tu familia y a tu historia, a tus ideas envidiables y a tus chistes. Les deseo la muerte a tu perro y al gato que nunca tuviste. Te deseo la muerte a ti, sombra y luz, sangre y piel, orden y caos. Le deseo la muerte a nuestra cama, le deseo muerte a esos libros que no leímos, a esas copas que nos servimos, a esas fotos que no sacamos y a tu sonrisa falsa. Te deseo tanto la muerte que, a veces, me deseo la muerte.

Horizontalidad III.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como las líneas y líneas de amor que te escribí (y que algunas te entregué), miramos un horizonte que nos es común.
            Las fiestas a las que íbamos para nunca hablarnos derivaron en comisiones de odio y declaraciones de sinsentido a todo lo que los más chicos dicen. Ya me siento ajeno en esta generación, me siento decidiendo en cada acto si seguir perteneciendo o no. Me siento atraído por una juventud de la que soy parte, pero a la vez me siento observado por los jueces superiores, por esos que tienen gracias a í una vista privilegiada del reino que viene, de los cuales también soy parte. Eso es lo malo de ser el último vivo de una generación muerta, pero que cuyo cadáver yace recostado en el sepulcro que pertenece a la generación viva.

Horizontalidad II.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como tu brazo en esa foto que guardo en el cajón, miramos un horizonte que nos es común.
            Miro por entre las hojas un poco de luz. Luzceleste es la que me recuerda esa tarde que pasamos en el pasto, mirando alternativamente el ojo ajeno y el rayo de sol. Me decías que no era “rayo de sol”, sino “los rayos del sol”. Pienso en ese tipo de correcciones y todos los libros que mi generación no escribió por pasársela horizontales mirando el reflejo del rayo de sol en sus propio techos. El techo se mira a oscuras, porque sólo entre las tinieblas sale a luz la verdad hablada.

Horizontalidad I.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como el libro que te presté, miramos un horizonte que nos es común.
Pienso en los muertos y en los que duermen. “Occidente”, significa donde va a morir el sol: el gran astro de luz muere, cada día. Occidente es un gran occiso. Los occisos recostados deben ser levantados, ya sea por el prójimo o por el fin de los tiempos. El sol duerme durante las noches, tras su muerte diaria. Bella durmiente es nuestro paradigma: ella está muerta, ella está durmiendo.

miércoles, 1 de abril de 2015

Su luz.


Me aprendí sus luces. Su delgadez frente a las luces del cinematógrafo la hacían parecer una sombra imaginaria. Sus ojos se veían infantiles ante la luz verde del semáforo. El neón le sentaba particularmente bien: sus ropas negras resaltaban por el rojo o el morado. La luz del sol por entre las ramas me hacía recordar una tarde durmiendo sobre el pasto. Los focos de los conciertos me producen alegría desde que la recuerdo bailando al son aleatorio de la música. La luz que producía en la oscuridad era su lugar común: su silueta era una pequeña porción visible de ella, lo relevante y más visible era su voz, voz suave que contrastaba con el meneo de los árboles mirones de la ventana. Una especie de fantasma era por las mañanas, entre las sábanas blancas y la luz del Rey Sol. Luz entre el humo destacaban sus labios; luz frente al espejo la hacían parecer invencible; la luz del atardecer en la cima del cerro la hacían parecer solitaria.
            Finalmente aprendí que era una luz única la que se veía violada por su presencia, no al revés.

sábado, 28 de marzo de 2015

La luz de tus ojos.


¿Habrá otro mundo detrás de las estrellas? Un mundo en que las decisiones que tomamos en este hayan tomado otro curso. Uno en que los llantos consuelen la risa, en que no haya un yo sin un tú, en que la piedra nos mire, en que tu mirada signifique algo.
            Al mirar las estrellas pienso en un mundo distinto, detrás. Luego recuerdo la pintura: detrás está el muro, detrás del muro: nada. Pienso en tu mirada: siempre creí que significaba muchas cosas. Cuando me convencí que era vacía, salta y grita algún significado. Cuando me convencí que era vacía, me di cuenta que ese era el saludo. Un mundo en que tu mirada signifique algo sólo puede estar más allá de las estrellas, sin luz: una mirada desde la oscuridad; una mirada que no puedo mirar, sólo sentir en la espalda.

sábado, 21 de marzo de 2015

Abierto el cielo.


Creo en los milagros.
            El neón se escabullía entre la lluvia. Entre los paraguas cautelosos nos escabullíamos en busca de refugio. Las letras en chino nos desorientaban al contrastarlas con la publicidad de Canal St. 麦当 reluciente frente a los nuevos colores de iPhone, el calor del metro, el santuario chino al fondo. Nos escondimos en la plaza donde una pareja de ancianos juagaba al go. Dado que la lluvia no paraba, nos adentramos en el barrio y buscamos comida. Entramos a una luz amarilla. Tenían árbol de pascua. No hablaban inglés, aunque entendieron General Tso’s chiken! Mientras bebíamos el té, una delgada figura sonriente me trae una galleta. La abro, papel: Believe in miracles.
            Creo en los milagros, como creo en el cielo. El cielo debe estar abierto, tal como abiertos debemos estar para el milagro. Un cielo abierto es un cielo lleno de estrellas, uno en que las constelaciones son infinitas. Un cielo vacío, sin luz, es un cielo cerrado. Para que los milagros ocurran hay que mirar las estrellas.

jueves, 19 de marzo de 2015

Mano distante.


Desde un azaroso asiento de la plaza, miraba hacia su venta. Sabía que venía, quizá bajaba presurosa por la escalera; tal vez cerraba su puerta con llave; en una de esas aún decidía si salir con chaqueta de cuero o no.
            Desde su ventana miraba, sin poder distinguir uno de otro, los asientos de la plaza. No me pudo divisar, aunque tampoco yo pude verla.
            Cuando conversábamos a oscuras, pensaba en esas situaciones: nunca saber lo que realmente sucedió en el preciso instante en que me lo preguntaba. Ese era un espacio de silencio tan breve, como inútil. Tan miserable como misterioso. No podía preguntarle. No cambiaría una caricia por una pregunta. Es una duda existencial, como tantas otras. Duda como la de saber si ella también las tenía. Cuando estábamos a oscuras le tomaba la mano, porque más allá de la oscuridad estaba el abismo, esa oscuridad honda e inundada. Le tomaba la mano para saber que no estaba en esa falsa distancia eterna que se produce a oscuras: “si sueltas mi mano, siento que estás a miles de kilómetros de distancia”.
            Desde mi azaroso asiento la veo bajar presurosa por la escalera con su chaqueta. Me sonríe. Le tomo la mano, aunque el sol camina sobre sus pies. La luz del sol no es honda ni está inundada, aunque sí es tan falsa como la distancia entre ambas manos.

lunes, 16 de marzo de 2015

Su mano en la oscuridad.


Esas madrugadas en las que la oscuridad mira todas mis luces, me pierdo navegando por YouTube. La luz de la pantalla versus la oscuridad de mi ventana es la batalla repetitiva por llenar un vacío: ir de un vídeo uno a un vídeo dos, ir de un nombre a otro: escribir su nombre y borrarlo. Siempre me ha parecido pintoresco el hecho de cómo llego a YouTube: llego una vez que agoté nombre por todas las demás redes sociales, por lo que YouTube se convierte en otro campo de rastreo más; o bien, llego desde una letra de karaoke. “Karaoke” en japonés significa “no hay banda”, como en Mulholland Drive de David Lynch. Uno canta y no hay banda, sólo hay voz, una voz que roba la voz de otra canción. Una canción muda que hace ruido con grito ajeno. De vez en cuando, sigo la letra del karaoke. Lo que más hago es apretar la garganta al son de los ritmos. A veces pienso lo difícil que sería esta canción en el karaoke, otras veces lo divertido que saldría. Según el ánimo derivo en las canciones originales o ligo con un enlace sugerido: escena de películas relacionadas, el viral del mes, presentaciones en vivo. A veces la asociación se desata y sucede que veo cosas raras: toda una sección de partos, que me hacen pensar en la utilidad de la representación visual de una vagina: es permitida cuando sostiene un régimen específico de producción como es el parto, es prohibida cuando es el objeto de placer sexual. Intento llegar a vídeos que no superen los 6 minutos, para haber visto más de seis vídeos después de la primera hora de visionado. Pienso, en ella, por ejemplo.
Escribo su nombre en el buscador. Aparece un vídeo visto: ella en todo su esplendor, en su mejor versión, haciendo lo mismo de siempre, lo que ya no veo. Pienso que era yo el que llevaba esa cámara, o que puedo llegar a ser. Veo vídeos de ella, saltando y besando a la cámara. Luego de eso vuelvo a Instagram o Facebook, según corresponda. Pienso en ella y en cuán enajenados nos tiene la tecnología, el capital, el patriarcado. Y el amor. Leo: “Nuestra generación no está hecha para los compromisos”. Pienso en ella aunque no lo haya dicho. También pienso en nuestra generación: estamos solos, pero no queremos estarlo, me digo. Pienso en YouTube: los vídeos nos enseñan lo que hacen otros en situaciones difíciles. Nos recuerda que somos tan humanos como los que salen en la pantalla de luz. Pienso en ella y voy al vídeo oculto que tengo para pensar en ella, una vez más. Ese vídeo es mi luz. La luz de una generación no es la esperanza ni la libertad: es la luz de una pantalla que nos aleja, como soltándonos de las manos de los demás en la oscuridad.

viernes, 13 de marzo de 2015

Vidente ciego.


Tiresias, el vidente ciego, fue condenado en los infiernos a caminar errante con el rostro volteado a su espalda. La adivinación era una facultad exclusiva de los dioses, que la poseyera un mortal era una herejía.
            A veces intento adivinar qué será del futuro. Hay cuestiones que aparecen con cierta evidencia: ella reaparecerá, esto no durará, aquello terminará pronto. Para más especificaciones recurro al naipe español: viene montando el caballo galopante, pero con una blanda espada entre sus manos. Pocas copas. Para redondear, comparo con el pasado y obtengo así una fórmula amateur para saber qué será de mí. No hay fallas, aunque la precisión siempre es algo abierto: que ella reaparezca, es algo que sólo puede ocurrir tras el milagroso aparecimiento que significó una noche; que esto no dure es señal del tedio producido por la ansiedad del retorno; que eso termine pronto, es la voluntad de acercar un final ya resuelto. Cuando veo todas esas cuestiones que parecen más o menos obvias en el futuro, caigo en cuenta que ya las tengo decididas hace rato.
            El vidente era ciego, porque no es necesario ver el futuro para saber cómo es que viene.

lunes, 2 de marzo de 2015

Estrella silenciosa.


Una estrella puede iluminar, pero si no es parte de una constelación su luz es tan débil como un susurro en la oscuridad. Un grito en la oscuridad puede ser fuerte, pero si nadie contesta tampoco despertará al más asustado de los animales.
            Sólo tenemos oscuridad y silencio, mas no por eso soledad: los gritos en la oscuridad se responden, la llama que ilumina se aviva. La oscuridad del sol permite el brillo de las estrellas, el silencio de los ruidos filtra nuestros susurros.

jueves, 26 de febrero de 2015

Porno.


Sentarse al borde de la cama y sacarse los zapatos. Mirar la habitación en busca de libros, eso es lo primero: la sombra de las ramas del árbol daba directo en el muro que servía de cabecera, una grulla iluminaba con blanco platino lo negro de las sábanas y un grito desde afuera quebraba la incomodidad de lo obvio. Al borde de la cama, haciendo un esfuerzo superior por que los zapatos permanezcan en el pie.
                Un vaso con agua en el piso, al lado de la cama, anunciaba que dormiríamos. Eso y que yo ya no tenía zapatos. Esperando su galante entrada por el umbral de la puerta, practicaba mi postura indiferente más creíble. Miraba una flor que se abría y se cerraba, esperando su llegada. Sin zapatos, la esperaba. Miraba el vaso con agua que, con toda probabilidad, nos auxiliaría durante la noche. Miraba la ausencia de libros en la habitación.
                Esa noche soñé que nos conocíamos desde hace mucho y que, ya viejos, nos tomábamos una piscola en el bar donde nos conocimos, justo horas antes de que llegáramos a estar sentados al borde de su cama, sin zapatos. No le conté el sueño.

Cuando el color de todos los semáforos es el mismo.


Es un recuerdo vago de la infancia. La niebla iluminada espantaba el miedo. Eso y el silencio me dejaban ir tranquilo a la ventana. Mi tía asumía que mis pasos cortos a las tres de la madrugada tenían por destino el baño, pero no: ya era mi costumbre ir a la ventana y mirar el puente, mirar a través de la niebla iluminada.
                Luces rojas, luces verdes, luces amarillas. Un gris morado blanco en general. La niebla me cubría y era un francotirador mirando entre la persiana. Mirando la niebla iluminada por la madrugada solía descubrir sombras en el puente, sombras que subían y bajaban de los autos. Sombras nocturnas que jamás podrían verme entre la niebla iluminada.
                A ratos, el rostro se me iluminaba con el verde de los semáforos, con el rojo de los autos, con el negro de sus sombras. Miraba nervioso hacia atrás, refregaba mi pie en la alfombra. No hubiese podido inventar algo si me sorprendían mirando por la ventana. Veía una sombra subir a un auto y me giraba: miraba cómo el oscuro techo de la sala se iluminaba alternadamente: roja, verde, roja, verde. Me fijé entonces que los semáforos, a esa hora, estaban coordinados: todos rojos, todos verdes. También noté que las sombras aparecían puntuales faltando siete minutos para las dos y desaparecían impuntuales a eso de las cinco. Verde, rojo. La niebla iluminada y las sombras. Las luces y las sombras estaban coordinadas, parecían ser una, un gran ojo que me miraba.
                Por eso me llaman tanto estas cosas, ¿no ves? Cruzar este puente y que al fondo todo esté iluminado con un solo color verde, con un solo color rojo, despierta mis sospechas de que alguien me observe, nos espíe. Alguien que ve nuestras sombras y disfruta.

lunes, 16 de febrero de 2015

Animales salvajes.


Somos opuestos estelares, me dijo. No sé cómo adivinó, pero en eso radicó todo: en el adivinar. Adivinar es una cuestión humana: el perro sabe dónde está enterrado su hueso, el gato sabe dónde roe la rata. No lo adivinan, nosotros lo hacemos. Ella adivinó: no es tan difícil, me dijo: mal que mal, es conocimiento acumulado por años.
            Eso es el Zodiaco: información acumulada durante miles de años sobre nuestra conducta. No adiviné, me dijo: lo intuí. De hecho, intuyó que contarme su intuición me entusiasmaría a seguir interrogándola. Me contó acerca de los signos, sobre las compatibilidades; me enseñó sobre las constelaciones y sobre los ascendentes; me calculó la carta astral y me reveló secretos propios. Adivinaba cosas sobre mí y pronto sobre nosotros. De inmediato me señaló nuestro final: desde mi balcón te arrojaré tus platos, gritos mediante. Eso predijo.
            Tras la profecía autocumplida, adquirí sus facultades: aprendí a adivinar, pero más allá de eso, aprendí qué significaba adivinar: sus sorpresas por el grado de compatibilidad, el azar de habernos conocido y el milagro de haber conversado durante horas de esa madrugada no eran más que correcciones de una incompatibilidad latente, de un azar forzado y de un milagro coordinado. La adivinación era más bien una invitación: una invitación a comportarnos como los salvajes ancestros que dieron nombre a nuestros signos, ancestros que no eran sino animales.

viernes, 13 de febrero de 2015

Milagro ficticio.


Nos sentábamos en el balcón. La vista era la silueta de la cordillera y el borde de la constelación estelar. De vez en cuando, nos fijábamos en los autos que pasaban por abajo, en la autopista. Muy pocas veces, dotábamos de existencia a los peatones que pasaban por debajo del edificio, siendo habituales aquellos que llegaban a existir producto de su imposibilidad de resistir el vaciamiento del vino de nuestras copas.
            Vimos dos estrellas fugaces, Sin embargo ella vio una que yo no y yo vi una que ella no: nosotros vimos dos, pero yo vi una, ella otra. Ambas noches conversamos sobre lo que significaba “ver una estrella fugaz”: es un milagro, me decía ella; es una ficción, decía yo. Es un milagro, porque Dios decide que veas la muerte de una creatura, un hecho que ocurrió hace miles de años y que transcurre en un instante. Es lindo verlo así, pero la mayoría de las veces lo único que existe de una estrella fugaz es alguien diciendo “¿la vieron?”, le dije yo. Pensaba que era una ficción, porque le mentí decenas de veces con “¡Mira, una estrella!”; “¿¡Dónde!?”, ella. Es una ficción, pero una ficción hermosa que permite a otro regalar un milagro: lo vi solo, pero quiero incluirte en mi milagrosa experiencia. No estaba en desacuerdo con ella, en definitiva. El hallar una estrella fugaz era una acto que podía ocurrir o no, pero que siempre podíamos mentirnos para formar parte de esa experiencia, que no es la experiencia de ver la estrella, sino de disfrutar del hecho de saberse iluminado por su luz. Esa luz es la de saber que otro quiere entregarte esa estrella, no para ti, sino para ambos: que alguien te piense en una comunidad era el punto.
Celebramos nuestro acuerdo con un brindis: ambos creíamos en los milagros ficticios.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Ventanas como cuadros.


Las ventanas son luz. Se iluminan a la vez que hay luz afuera: son una señal de lo que afuera ocurre. Las ventanas, en su umbral, delimitan un adentro y un afuera: nos recuerdan que estamos adentro. La ventana cobra importancia desde dentro, cuando miramos a través de ella: miramos la ventana, miramos hacia afuera, miramos más allá de la ventana.
            Sin embargo, esas mujeres que miran las ventanas en los cuadros de Edward Hopper no están mirando hacia afuera, a pesar de mirar la ventana: ellas están haciendo otra cosa, hacen algo con el tiempo. Pierden el tiempo. 
            Apoyarse en el marco de una ventana para mirar el horizonte es una práctica inútil, tan inútil como necesaria. El que mira afuera sin mirar se mira a sí mismo, se mira mirando. Como las mujeres de Hopper: miran un problema, miran un recuerdo, miran sus propios ojos, pero no miran afuera: las mujeres de Hopper miran hacia adentro. 
            No es banal que Edward Hopper haga eso en pintura: el espectador no mira a las mujeres mirando la ventana, sino que pierde el tiempo. Ventanas como cuadros: la pintura puede mostrar el tiempo que se gastó en ella misma, aunque también puede producir otros tiempos desde ella.
            Mirar una ventana, como mirar un cuadro, es trabajo: el espectador trabaja, y es ese trabajo el que inserta Hopper en sus cuadros. Un trabajo tan inútil como mirar por la ventana.

lunes, 2 de febrero de 2015

Satélite.


Desde la oscuridad de este balcón, noto que la oscuridad del cielo no es más profunda: pienso que es la luz de la luna, pero esta noto que no aparece por los rincones; pienso que son las estrellas, pero no: es una luz que desconozco, una luz de este lado del mundo: recuerdo que no es la misma noche que veo siempre, aunque las estrellas parecen dispuestas tal como en Santiago.
            Miro la hora. Veo la silueta de la cordillera al fondo: son azules, uno más claro el del cielo, aunque ambos oscuros. Veo estrellas que nunca antes vi, veo satélites que nunca antes vi. Son los satélites del sur que iluminan la noche, que iluminan con fantasías propias: de repente veo que los satélites caen repentinamente y pienso que debe ser algún efecto extraño producido por la diversidad de oscuridades que están sobre mí: no es la oscuridad del balcón, tampoco la de la habitación tras de mí, ni la del cielo ni la de las estrellas ni de la cordillera: son todas las oscuridades, son todos esos azules que me impiden ver los satélites quietos, tranquilos y estables: tengo que verlos cayendo en ese mar extrañamente iluminado con oscuridad. Miro la hora y pasó media madrugada. Cada vez está más oscuro y más claro. ¿Será ese claroscuro en que aparecen los monstruos?
            Pienso que las estrellas no son luz sino tiempo: son un tiempo sobre nosotros, son lo que duran en el firmamento. El tiempo de una estrella, el de un rockstar, es un tiempo breve. Las constelaciones son comunidades que logramos en ese tiempo. Lo eterno es el firmamento, con esa oscuridad de una perla negra. Respiro el viento frío y veo caer un satélite: satellite’s gone, up to the skies.

sábado, 10 de enero de 2015

Ateología 26.


La diferencia entre 74 y 48 es 26.
                El tarot es un instrumento de lectura del destino, como lo son las estrellas: ambas dependen de la luz del astro mayor, el dios Sol. Ambas brillan por la existencia del dios absoluto, del que otorga esa luz que no produce sombra: la luz de la fe. Con el tarot no se juega.
                El naipe español es un juego. Es un objeto profano que divierte a los alcohólicos en las tabernas. Copas, bastos, monedas y espadas forman una constelación opaca, que no brilla: falta el dios. Podemos, sin embargo, leer esta constelación apagada: la leemos con la luz propia que es la vida, la leemos en conjunto como amigos, la leemos ebrios y sin taberna. Leer el futuro es el juego mediante el cual la comunidad se fortalece.
                Según la cábala, el 26 es el número de Dios: 48 cartas tiene el naipe español, 74 el tarot. Sin dios.

martes, 23 de diciembre de 2014

Umbra, séptimo demonio.


Ambos pensaban en lo mismo. Si hubiesen tenido dotes telepáticos, se hubiesen impresionado, la sorpresa sin dudas los hubiese hecho reír. Mirando el jacarandá, ambos pensaron en la oscuridad que lo envolvía: “De noche, pierde su magia”, se dijo cada uno, por separado, en silencio. Sin embargo, se miraron tras decirlo: como si se hubiesen escuchado. De hecho, cada uno intuyó que el otro pensó lo mismo, y se alegraron por separado.
            El jacarandá era una sombra, una excepción a las breves luces que sobrevivían en la noche. El jacarandá era la sombra de un jacarandá, era una silueta. Las luces no iluminaban todo, producían sombra. Ellos tampoco eran ellos: también eran sombras, tan sombrías como el árbol. De hecho, no se miraban: intuían mirarse. Sabían el espacio de oscuridad que el otro ocupaba. La oscuridad era la habitación en la que estaban.
            Durante la noche, cambiaron de posición. Seguía oscuro. Ahora miraban la muralla que, iluminada por las excepcionales luces, proyectaba las ramas del jacarandá. Parecía una proyección cinematográfica: la danza del árbol, el jacarandá y la noche. Las ramas iluminaban con oscuridad la muralla blanca. Capturados por la experiencia, no se miraron, aunque sabiendo que el otro estaba al lado.
            Tapados por la sábana, solo se veían luces repentinamente: la se iluminaba y los rostros mutuos parecían intermitentemente. Ambos pensaron que el rostro del otro era, de alguna manera, el jacarandá. Los roces aleatorios entre una mano y otra, entre una pierna y un brazo, convertían la situación en un juego sin reglas: sin ganadores, sin estrategias.
            Una manta negra cubría ambas cabezas. Un abrazo unía ambas sombras, las unía a su vez con la sombra que lo iluminaba todo. La sombra, ahora, era la de una manta y de un árbol. La forma se perdía, siempre se pierde la forma y eso es lo correcto: una noche no tiene forma, una noche no tiene horizonte: nunca hay día tras la noche, nunca hay luz tras la sombra, nunca hay uno tras dos.

sábado, 13 de diciembre de 2014

Magno, sexto demonio.


Aunque siempre nos reíamos de los cobardes, estábamos profundamente nerviosos. Seguía mi turno y todos me miraban con el rostro de los muertos que miran al vivo: una mirada de rechazo, pero del rechazo de un amigo, ese rechazo que sirve para que el otro no pase al lado de los muertos. No querían verme muerto también. Capitán me separa de los muertos y me dice: “No hay que hablarle a la gente, tienes que hablarle a la historia”. Su eco resonaba en mi mirada y se volvía hacia los muertos a darles la mirada silenciosa del reproche. En mi breve soledad, me frotaba las manos y pensaba en el ángel de la historia: me miraba con su cuello torcido y su mirada de muerto de un futuro que quizá no conoceríamos. De mí dependía que todos siguiéramos muertos.
            Recordamos esa anécdota de hace una década con Capitán. “Ahí naciste, Magno”, me sirvió más vino. Pensé en la historia y cómo mi actuación tuvo eco en esta historia. “Nadie pudo creerlo, pero yo siempre lo supe: por eso tu actuación fue la última”. Los demás decían que su tono era mesiánico, pero él siempre me dijo que no era “mesiánico” sino “profético”: “Tú eres el mesías, yo solo sé anunciarlo”. Me sirvió más vino: “Siempre creí que fuiste el mejor, tan inteligente como para entrar al partido: se necesitan libre pensadores que sepan trabajar en equipo… Pero la universidad hace lo suyo con mentes jóvenes. Ahora necesitamos líderes, necesitamos filósofos: tú tienes ambas cualidades, eres Magno”. Me servía más vino: “¿Quieres ser escritor? ¿Político? ¿Poeta, filósofo? Tienes talento para cualquiera, para todas: eres Magno”, me decía Capitán. Parecía un simple ejercicio de psicología inversa, visto desde afuera. Pero yo lo conozco: era otra burla, era la misma burla.
            Después de haber dado ese discurso y haber obtenido el campeonato, los jueces se me acercaron: “¡Brillante!”, me gritó desde lejos el presidente del jurado, abriéndose paso por entre sus símiles: todos vestidos con un traje azul uniforme, que los diferenciaba exclusivamente el forro interno: el forro del presidente era rojo y junto a los demás nos habíamos reído de ese toque de mal gusto antes de la final. Entre nosotros intercambiamos risas cómplices tras constatar que el del forro rojo era el presidente, aunque de nuestras sonrisas no participaba Capitán. Los demás celebraban, sonreían, alzaban la copa. Yo recibía los halagos del jurado mientras desde lejos veía a Capitán esperándome. “Cuando te miraba, muchacho, era como mirar a un ángel hablando”, me sonreí, intenté que Capitán me mirara, esperaba que hubiese escuchado eso. “Estuviste brillante… No, brillante es muy poco: estuviste magno”. Afuera llovía. En la escalinata esperaba que escampara para irme con los muchachos a celebrar, sin la compañía de Capitán, que siempre se retiraba a su casa o a la sede del partido a trabajar. Pensamos que ya se había ido, de hecho. Quise ir al baño antes de marchar, aprovechando que pasara la fantasmal lluvia que humedecía la ciudad. Capitán estaba en el baño y solo me habló a contraespejo: “Le gustaste a los señores, eres de su gusto, igual que el forro rojo del traje. El halago es la forma de mantener muertos a los muertos, Magno”.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Hadewijch, quinto demonio.


Al no reconocer el techo, mi techo, me asusté. Ese temor que no dura una fracción de tiempo, que solo es una punzada atemporal. Pronto recordaría por qué no reconocí ese techo, pero mientras estaba en ese espacio de temor, me gritó desde fuera de la habitación que si estaba despierto. Tardé una reflexión en responder que sí: “¡Sí!”, tuve que decir por segunda vez. La reflexión que tardé fue si acaso había dormido con ella o no: miré la cama y el desorden de las sábanas era tan ambiguo que podía ser que dormimos juntos y ella tuvo un sueño calmo, o que yo tuve un sueño desordenado. Intenté recordar, pero no lo logré.
            “Vamos de salida, me vas a acompañar”, me dijo pasándome una toalla. Al borde de la cama miraba por la ventana: había sol que iluminaba sin calor, corría viento. Recordé algo de mi sueño: soñé con ella y que estábamos en un muelle, era de tarde, previo al ocaso. Mirábamos y reconocíamos las estatuas que salían del mar: recordaba nítidamente una de Ganesh, a la que yo insistía en decir que era la estatua de la libertad.
            Mientras íbamos en el auto, no me atreví a preguntarle si dormimos juntos, porque de alguna manera me parecía evidente que sí. Su vestido blanco hacía rebotar la luz del sol en mis lentes. Tenía resaca, aunque intenté disimularla. “Estamos llegando, por cierto. Es una misa”, me dijo. Me pareció un panorama divertido, sin pensarlo: una misa, un ritual, liturgia, velas, cantos, disciplina, vitrales, sentarse, pararse. Imaginé jardines y calma. Era una resaca perfecta, pero también un momento de silencio junto a ella. No hablamos hasta llegar: una iglesia montada en la cima de una colina. El camino de llegada era único, rodeado de rosales. Las escalinatas de piedra parecían calientes, por el impacto del sol acumulado durante la mañana. Subían junto a nosotros unos clérigos, siguiendo un ritmo determinado, casi aprendido, claramente sincronizado. Uno de ellos se detiene, desarmando la sincronía, para saludarla. Lo saludo y me alejo mientras ella se queda conversando con él y otro clérigo que se uniría al instante. Me alejé, pasando por entre la abertura de un rosal. Caminé por el pasto. A lo lejos, casi detrás del edificio que hacía las veces de iglesia veía un árbol, que parecía ser un jacarandá. “¡Ven! Ya va a empezar”, me gritó animosa.
            Era un rito especial, no era una simple misa: era un ritual de cosecha, o algo así. Se celebraba el cambio de ciclo, la llegada de la primavera: “Qué premoderno. Celebrar la naturaleza. Es premoderno”, le dije y me hizo callar. Aunque se rió. Eso me importaba, que se riera. Detrás del altar había un ventanal transparente. Mientras miraba las coreografías que ocurrían en el altar, yo intentaba mirar más allá, a ver si alcanzaba el jacarandá. Intercalaba miradas entre el ventanal y ella. Intercambiábamos sonrisas. Me sentí como en el Edén, por un espacio, un espacio similar al del temor del despertar, un espacio que no es de tiempo.
            Dado que no logré dar con el jacarandá durante la misa, mi intención era ir a verlo apenas saliéramos de la iglesia. Pensé que pude haberlo imaginado. No quise contarle del jacarandá para no quedar como loco. Le propuse que diéramos la vuelta a la colina. Una sensación de temor se apoderó de mí mientras conseguía la perspectiva para mirar el árbol. El árbol estaba allí: nos sentamos bajo su sombra. Estábamos en silencio, a la sombra del jacarandá. Pensé en contarle sobre el temor de no reconocer el techo. Pensé en contarle sobre el sueño y Ganesh. Pensé en contarle sobre la existencia de este árbol. La miré y me miró, me miró como sabiendo del techo, Ganesh y el jacarandá.  

domingo, 30 de noviembre de 2014

Pharmakon, cuarto demonio.


Posología es una palabra que aprendí entonces. Era una palabra que se adecuaba bien a toda la relación con Celeste: debía reducir la posología de contacto con ella, reducirla lo más cercano a cero. Claro que también debía hacerlo con el modo general en cómo llevaba mis ingestas: para la posología lo más importante es la dosis, el arte de la dosis que un médico maneja. Nunca pensé la posología como una ciencia, más bien como un arte. Era el arte de las medidas. Cuando abría una caja y leía las instrucciones: POSOLOGÍA, sentía una grata sensación, una cierta complicitud me envolvía con ella. Sabía que lo que ese papel dijera era simplemente una sugerencia y no un mandato.
            Tres veces al día. Una vez, después de comida. Consulte con su médico. No mezclar con otros medicamentos. La dosis habitual es de dos cápsulas al día. Leía cada vez los documentos, de manera ritual: me sentaba al borde de la cama, tomaba un sorbo de agua, la primera caja, la abría, el papel, POSOLOGÍA, desencapsulaba una pastilla, glup. Me iba al baño mientras dejaba preparada otra cápsula para cuando terminara. En el baño ingería otra pastilla. Cuando volvía, la tercera. Eso en un comienzo. Luego las mañanas eran de cóctel: agarraba tres o cuatro cápsulas y glup. Me sentía experimentando, con mi cuerpo. Las tripas me molestaban cada vez más, sentía cómo cada cápsula erosionaba mi interior, el interior de mi cuerpo.
            Si quieres, sube la dosis. Eso me decía el médico: “si quieres”. Me provocaba risa, dejaba todo en mi poder, cuando la posología indicaba exactamente lo contrario: pregunte a su médico, mi médico me decía que si quería lo hiciera. Pero le creía, o creía que él creyera en mí: no era un suicida, jamás me vi en una situación de sobredosis como una quinceañera que intenta matarse de manera fallida para que alguien se ocupe de su triste vida. Él lo sabía. Siempre discutíamos sobre el más reciente artículo acerca de los antipsicóticos predilectos: la discusión sobre Olanzapina fue de las más extensas: él, apoyado en un artículo de reciente publicación, me decía que Olanzapina podía recetarse para un paciente razonable a fin que pudiese dormir bien; yo le respondía que era un antipsicótico, que claramente podía producir algo en un paciente no esquizo. En el fondo hablábamos de mí y mi imposibilidad de dormir antes de las cuatro de la madrugada. Tenía miedo al antipsicótico y argumentaba para que no me regalara las pastillas de muestra. Supongo que el discutir artículos indexados en cada sesión era lo que le daba confianza en mí. Por cierto, él era un psicópata: una cabeza lisa y brillante, lentes gruesos que no lograban ser vintage, pero que sí eran de otra época, un acento turco reconocible hasta por escrito, no bebía ni fumaba y se jactaba de eso. “Tómalas, tú sabes lo que haces”, me decía. Siempre me recetaba una tableta, pero me regalaba otras siete que habían sido defendidas en una universidad australiana el mes pasado, o que se encontraban en período de prueba en Oxford desde hace un par de meses. Sabía cuál era mi límite, sabía lo que yo buscaba. Ahora creo que lo que buscaba entonces era saciar el tedio.
            La posología, finalmente, pasó a ser simplemente una manifestación de mi poder: las dosis que me señalaba mi médico eran las que yo quisiera. El poder que obtuve sobre mí gracias a un set de siete cápsulas diarias me espantó, aunque supe administrar el poder: podía dormir y despertar a la hora que quisiera, podía eliminar cualquier imperfección del rostro, podía hacer crecer un poco de pelo en cualquier parte del cuerpo, podía evitar todo tipo de alergias, podía dejar de comer o abrir mi apetito, podía dominar erecciones duraderas. Incluso supe administrar cápsulas que, haciéndome mal, podían servir instrumentalmente de acuerdo a sus efectos secundarios: somníferos que aceleraban el efecto del alcohol, produciendo que gastara menos en cada noche; estimulantes sexuales que aceleraban el latido del corazón, produciendo la inquietud de alguna chiquilla y posterior explicación de un falso problema médico; antinflamatorios que funcionaban mejor que las anfetas; el Xenical me quitaba el hambre durante un par de días, lo que implicaba no gastar en comida. Supe administrar el fármaco completo: lo bueno y lo malo, todo eso que es a la vez.
            Pero una mañana decidí dejar toda posología. Lo que me gustaba de ese poder era que podía hacer lo que quisiera, podía demostrarme que mi cuerpo era mío, que yo no era mi cuerpo. Tenemos cuerpo, no somos cuerpo. Llevar la posología a cero era parte del poder. Llevar la posología a cero es la única y gran muestra de poder absoluto.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Imago, tercer demonio.


Una sombra al otro extremo del puente. Me abrigué el rostro por la ventisca nocturna, aprovechando de taparme aún más el rostro. No quería que me reconocieran, menos en el puente. La sombra, estática, parecía estar esperándome: movió la cabeza de una manera en que podía interpretar un saludo tanto como una solicitud de ayuda. Ralenticé mi andar, a ver si se machaba antes que colisionáramos, pero no: estaba decididamente ahí, por lo que retomé mi ritmo. Ya el sol se escondía tras la cordillera y el viento nocturno se apoderaba de los escasos rostros del parque, incluido el de la sombra. A la mitad del puente, miré hacia abajo e imaginé saltar: ¿qué haría esa sombra si yo saltara inesperadamente del puente? No pensé en hacerlo realmente, pero lo imaginé. También imaginé devolverme, correr sin advertirlo, asaltarlo. Imaginé que me robaría, que me violaría, que me mataría. Imaginé que no era sino una mera sombra sin un cuerpo que la produjese.
            Ya cerca de la sombra, no podía aún distinguir su humanidad, de hecho me parecía más pequeña silueta que a lo lejos. Podía incluso haber sido la silueta de un perro grande. Imaginé a un perro así de grande. Miré hacia atrás, imaginando que en el primer extremo del puente hubiese otra sombra. No la había, pero al volver a mirar a la sombra que ya estaba a pocos pasos míos, no podía aún distinguir algo distinto de su aspecto sombrío. Quedando tres pasos para pasar a su lado, decidí no mirarlo sino de reojo. Pasé rápido a su lado, algo me susurró, pero no miré. Tres pasos lejos, mi corazón latía rápido, no sé por qué: no estaba preocupado, ni nervioso. Fueron las ansias de los tres pasos antes, del decidir cómo comportarme a su lado. De reojo noté que era una mujer, no un perro. A varios pasos de distancia, miré y seguí allí parada, como sombra, sin dejar de ser sombra: me di cuenta que no era mujer y que podía ser un perro, de nuevo. Imaginé devolverme y conversar, conversar sobre lo que imaginó de mí cuando me vio a lo lejos en el puente, contarle lo que pensé hacer ante su presencia, conversar sobre el puente y los tres suicidios que habían ocurrido el último mes. Imaginé conversar.

Desdémona, segundo demonio.


En la oscuridad, produjo un efecto de luz. La estrella tatuada en su mano cayó suavemente, con elegancia nocturna. Mientras tanto, yo intentaba recorrer presuroso todas las salas, dado mi retraso evidente. Ya todos portaban una copa y habían rondado al menos una vez las salas. Cada habitación estaba levemente iluminada, notándose aún lo blanco de los muros, pero sin poder distinguirse el color del techo.
            Una mujer sentada al borde de su cama intentando ponerse una media. Su cuerpo semidesnudo y la posición de su espalda respecto de la horizontalidad de la cama, podrían hacer dudar de si acaso se ponía o se sacaba la pantimedia. El montón de ropa acumulada en el piso daban la pista de estarse sacando la media, pues de lo contrario esa ropa no estaría o estaría encima de la cama, pensé. Un bosque bañado por la oscuridad del sol escondiéndose. Aunque, nuevamente, la cantidad de luz podría hacer parecer que es el sol recién apareciendo, por lo que la escena representaría una mañana y no un atardecer. Una estrella solitaria allá en el cielo serviría de argumento a favor de la noche. Una pareja sentada sobre un auto mirando desde un risco la inmensa luna. “No están mirando la luna”, interrumpió mi visionado, “están mirando las estrellas”. Era ella, Desdémona, apuntando con su mano tatuada el cuadro. La estrella en su mano era perfecto reflejo de la noche que miraban los amantes. Mi mirada siguió su dedo por un instante, para enseguida recorrer la ruta hasta su rostro. Me ofreció una copa.
            Bebíamos una tercera copa de espumante en la terraza del edifico, mientras adentro los aficionados seguían paseando sus copas frente a las ambiguas imágenes. Desdémona fumaba en silencio y miraba las estrellas, mientras yo no podía dejar de mirar el astro en su mano. “Es la misma”, me dijo, nuevamente apuntando al cielo con su mano tatuada. El humo cubría su rostro, cubría sus ojos. Su fina mano se movía como si estuviese bajo el agua, sin movimientos inesperados, pacífica. Podía leer hacia donde se dirigiría su mano en los próximos segundos. Parecía como si mezclara el cielo cuando lo apuntaba. “Puedo hacer caer cualquier estrella”, sonreía. Dejaba caer su mano desde la altura, simulando una estrella fugaz. Sonreía. Era un juego para ella, un acto masturbatorio para mí. Subía su mano, la miraba, la empuñaba y la dejaba caer hasta azotarla contra la baranda de la terraza. Cuando chocaba su puño, ella reía. Esa risa detrás del humo solo desaparecía para sorber un poco más de espumante.
            La invité a salir de ahí, pero se negó. “Esta estrella es fugaz”, me dijo riendo, fumando y bebiendo su último trago. Me entregó la copa. Las luces de la sala de exposición ya estaban apagadas y ella caminaba entre los cuadros. Se alejaba, aunque quizá esa era su forma de acercarse. La copa entre mis manos se deslizó hasta convertirse en una constelación de vidrio en el piso. Caminé por sobre el vidrio y me aleje, me acerqué.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Gargantúa, primer demonio.


Era una sombra a lo lejos, que caminaba desde el horizonte como un extraño errante. Una sombra en ese día soleado producía incomodidad. Nosotros, en la cima de un montículo coronado por un jacarandá, padecíamos la sombra entre breves rayos del sol. Reposábamos el banquete. A nuestro alrededor, los extensos pastos del campus, casi sin fin. Casi, porque esa sombra que se acercaba marcaba, para mí, el fin. “¿Qué más se puede pedir?”, dijo Celeste, mirando su copa. “¡Wine in the afternoon o muerte! Ese es el lema”. Los demás, desatentos, sonrieron por el lema. Miré a Celeste y me gustó por un instante. Me gusta su pelo de niño, pensé. La sombra tomaba forma: era un gordo, muy grande, abrigado y que sonaba a su andar, porque traía consigo herramientas colgando. Corrió un viento suave, pero fuerte. “Qué frío. Yo me largo. Ustedes quédense aquí con su tarde improductiva. Alguien tiene que hacer que esto funcione”, alegó Rosa. Me despedí de ella con la mano. Celeste le dijo algo, un insulto amistoso. Y Nikolai la miraba, con tristeza, porque una vez más se iban separados. El sol sobre nosotros y Nikolai mirando taciturno el trayecto que dejaba Rosa en su andar. Cuando ella hubo desaparecido en el horizonte, o más allá, Nikolai sirvió una nueva ronda de vino.
            El andar del demonio era lento, pero continuo. Llegaría en algún momento y lo más pronto que pudiera, pues iba en línea recta. El calor del sol no lo afectaba, sino la luz. Yo esperaba con ansias la llegada del errante, aunque también barajaba la opción de pararme e irme antes que llegara. “Gargantúa”, exclamó Celeste. “Llegará Gargantúa y nos quedaremos aquí toda la tarde. Empezaré a irme”. Ante mi sorpresa, ambos ya habían notado la venida del demonio y estaban prestos a  irse. Habían terminado su última copa, antes que yo diera el primer sorbo. De pronto me vi solo, mirando cómo mis amigos se alejaban y desaparecían tras el horizonte, línea que me pareció idéntica a un ojo cerrado. Los párpados que son el cielo y la tierra, me dije, y cuando terminé de decirlo, me vi rodeado de sombra. Gargantúa había llegado y se sentó a mi lado.
            Contrario a la intuición, Gargantúa no era desagradable a la compañía. Olía bien y sus conversaciones entretenían. Se sirvió el vino restante en la botella abierta y abrió otra. Yo no bebí más, pero estuve escuchándole toda la tarde. Cayó el sol y seguíamos bajo el jacarandá. Gargantúa sacó comida de su saco y comimos, pues desde el almuerzo ya habían pasado varias horas. De pronto, un vino tinto para esperar la noche, que la luna ya empezaba a iluminar. No tomé en cuenta lo que me contaba, solo pensaba en mí y en qué pasaría si Celeste llegara. Un viento frío corrió y Gargantúa dijo un chiste a propósito. Fue muy gracioso, me reí menos que la gracia que me causó. Pero debía irme, pasé toda la tarde bajo el árbol.
Tomé mis libros en gesto de despedida, pero en un parpadeo noté que Gargantúa ya iba lejos, por el mismo camino por el que llegó, ahora iluminado por la luna. Decidí quedarme ahí, solo bajo el árbol y la luna. No tenía sentido retirarme sin espectadores.