Me llevaba de la mano. Miraba su espalda, su
trenza. Podía percibir a mi alrededor un bosque, pero la seguía, a paso rápido.
Al fondo veía el brillo celeste de un océano. Giré mi vista hacia el bosque por
un instante: un montón de brujas cocinaban algo en su caldera hirviente.
Intentaba decirle que mirara eso, pero ya habíamos llegado a la costa: el
océano parecía una extensa llanura de plata, cuya tranquilidad se interrumpía
por docenas de cachalotes saltando. El frío me invadía la espalda con forma de
miedo. Un temor que tendía al pánico me incitaba a soltarle la mano.
Entusiasmada, me llevaba al mar: me doy cuenta que hay una especie de sendero
de piedra hacia el fondo del océano. Me asustaba la claridad amarilla del cielo
y el fulgor celeste del mar. Todo tranquilo. Caminábamos más bajo que la
superficie del mar, ya caminábamos por un pasillo con muros de agua. A lo
lejos, los cachalotes. Seguíamos, caminábamos. Ya lejos, miraba hacia atrás: a
lo lejos el bosque, el sendero desaparecía por los rasguños que el mar le daba
paulatinamente. Cada vez más cachalotes invadían la superficie del mar. Le
rogué que nos devolviéramos. “Ya no se puede”, me dijo.
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