Lo oscuro se ha menospreciado: en la oscuridad
habitan los monstruos, duermen las bestias, bailan los demonios, corren las
vírgenes, persiguen los vampiros, marchan los cobardes. La verdad es que en lo
oscuro ocurre lo verdadero, quizá es lo verdadero lo que nos espanta.
La
luz se presenta como la verdad, contra la ignorancia que es lo oscuro: salir de
la caverna y ver la luz es equivalente a la luz de Dios que nos enceguece, que
enceguece a los ángeles que no saben si empuñar su espada contra la bestia o el
hombre. La luz es el conocimiento, la ilustración, el iluminismo. Pero es la
luz, precisamente, la que nos ciega: el brillo del oro convierte al afortunado
minero en un demente que mancha con sangre todas las cavernas. En la luz nadie
habita, nadie persigue, nadie marcha.
La
claridad que está en ese instante en que lo oscuro se retira y la luz se asoma
es un santuario en que todos convivimos sin temores, en que todo puede ocurrir:
en lo claro se decide si acaso lo oscuro continúa o si la luz extiende un día
más su reino. Lo claro, ensombrecido, abre todas las casas, todos podemos
correr y bailar, gritar y marchar. Los monstruos nos vemos los rostros y nos
damos cuenta que no somos distintos, nos reconocemos y nos decimos las verdad,
porque la verdad no es una luz, la verdad es nuestro secreto.
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