domingo, 19 de abril de 2015

Lo oscuro, la luz.


Lo oscuro se ha menospreciado: en la oscuridad habitan los monstruos, duermen las bestias, bailan los demonios, corren las vírgenes, persiguen los vampiros, marchan los cobardes. La verdad es que en lo oscuro ocurre lo verdadero, quizá es lo verdadero lo que nos espanta.
            La luz se presenta como la verdad, contra la ignorancia que es lo oscuro: salir de la caverna y ver la luz es equivalente a la luz de Dios que nos enceguece, que enceguece a los ángeles que no saben si empuñar su espada contra la bestia o el hombre. La luz es el conocimiento, la ilustración, el iluminismo. Pero es la luz, precisamente, la que nos ciega: el brillo del oro convierte al afortunado minero en un demente que mancha con sangre todas las cavernas. En la luz nadie habita, nadie persigue, nadie marcha.
            La claridad que está en ese instante en que lo oscuro se retira y la luz se asoma es un santuario en que todos convivimos sin temores, en que todo puede ocurrir: en lo claro se decide si acaso lo oscuro continúa o si la luz extiende un día más su reino. Lo claro, ensombrecido, abre todas las casas, todos podemos correr y bailar, gritar y marchar. Los monstruos nos vemos los rostros y nos damos cuenta que no somos distintos, nos reconocemos y nos decimos las verdad, porque la verdad no es una luz, la verdad es nuestro secreto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario