miércoles, 1 de abril de 2015

Su luz.


Me aprendí sus luces. Su delgadez frente a las luces del cinematógrafo la hacían parecer una sombra imaginaria. Sus ojos se veían infantiles ante la luz verde del semáforo. El neón le sentaba particularmente bien: sus ropas negras resaltaban por el rojo o el morado. La luz del sol por entre las ramas me hacía recordar una tarde durmiendo sobre el pasto. Los focos de los conciertos me producen alegría desde que la recuerdo bailando al son aleatorio de la música. La luz que producía en la oscuridad era su lugar común: su silueta era una pequeña porción visible de ella, lo relevante y más visible era su voz, voz suave que contrastaba con el meneo de los árboles mirones de la ventana. Una especie de fantasma era por las mañanas, entre las sábanas blancas y la luz del Rey Sol. Luz entre el humo destacaban sus labios; luz frente al espejo la hacían parecer invencible; la luz del atardecer en la cima del cerro la hacían parecer solitaria.
            Finalmente aprendí que era una luz única la que se veía violada por su presencia, no al revés.

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