Me aprendí sus luces. Su delgadez frente a las
luces del cinematógrafo la hacían parecer una sombra imaginaria. Sus ojos se veían
infantiles ante la luz verde del semáforo. El neón le sentaba particularmente
bien: sus ropas negras resaltaban por el rojo o el morado. La luz del sol por
entre las ramas me hacía recordar una tarde durmiendo sobre el pasto. Los focos
de los conciertos me producen alegría desde que la recuerdo bailando al son
aleatorio de la música. La luz que producía en la oscuridad era su lugar común:
su silueta era una pequeña porción visible de ella, lo relevante y más visible
era su voz, voz suave que contrastaba con el meneo de los árboles mirones de la
ventana. Una especie de fantasma era por las mañanas, entre las sábanas blancas
y la luz del Rey Sol. Luz entre el humo destacaban sus labios; luz frente al
espejo la hacían parecer invencible; la luz del atardecer en la cima del cerro la
hacían parecer solitaria.
Finalmente
aprendí que era una luz única la que se veía violada por su presencia, no al
revés.
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