lunes, 20 de abril de 2015

Las estrellas y las flores, el viento.


Y el viento no mece las estrellas, le dije. Lo que se mueve es el mundo. Me dijo que por eso prefería las flores: nosotros somos juguetes de las estrellas, vivimos mientras ellas permanecen inalterables por el viento; las flores, más humildes, bailan ante nuestros ojos sabiendo que sus movimientos dependen del viento.
Las estrellas nos engañan, me dijo. Luego me confesó que jamás nadie le había regalado una flor: no es que lo quiera especialmente, pero siempre me imaginé en un día de primavera llevando un girasol, desconcertando, sin que la gente pudiera adivinar si acaso me lo regalaron, si acaso iba a regalarlo, si acaso soy artista o simplemente es mi trabajo vender flores.
Por supuesto, intenté esforzarme: pensé en regalarle una acuarela de un girasol, pensando en la eternidad de la flor. Una acuarela enmarcada que pudiera representar la burla hacia los astros y que diera un cómplice toque de materialidad: no hay cuadro sin muro, como no hay muro sin techo en común. Pensé luego que esa eternidad que compartían la acuarela y las estrellas era precisamente lo que ella odiaba, por lo que todo debía derivar en proyecto común: compré semillas holandesas de girasol, un macetero preciso y todo lo necesario para plantar la flor. Sería el perfecto trabajo en conjunto que afrentaría la eternidad de los astros. Me seguía satisfaciendo la idea de la acuarela, pero la decisión estaba tomada.
Botó las semillas al suelo, rompió la acuarela. Me reprochaba la sofisticación, me reprochaba no entregarle una flor real. Entonces noté que ella era como las estrellas y yo como las flores.

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