Y el viento no mece las estrellas, le dije. Lo
que se mueve es el mundo. Me dijo que por eso prefería las flores: nosotros
somos juguetes de las estrellas, vivimos mientras ellas permanecen inalterables
por el viento; las flores, más humildes, bailan ante nuestros ojos sabiendo que
sus movimientos dependen del viento.
Las estrellas nos engañan,
me dijo. Luego me confesó que jamás nadie le había regalado una flor: no es que
lo quiera especialmente, pero siempre me imaginé en un día de primavera
llevando un girasol, desconcertando, sin que la gente pudiera adivinar si acaso
me lo regalaron, si acaso iba a regalarlo, si acaso soy artista o simplemente
es mi trabajo vender flores.
Por supuesto, intenté
esforzarme: pensé en regalarle una acuarela de un girasol, pensando en la
eternidad de la flor. Una acuarela enmarcada que pudiera representar la burla
hacia los astros y que diera un cómplice toque de materialidad: no hay cuadro
sin muro, como no hay muro sin techo en común. Pensé luego que esa eternidad
que compartían la acuarela y las estrellas era precisamente lo que ella odiaba,
por lo que todo debía derivar en proyecto común: compré semillas holandesas de
girasol, un macetero preciso y todo lo necesario para plantar la flor. Sería el
perfecto trabajo en conjunto que afrentaría la eternidad de los astros. Me
seguía satisfaciendo la idea de la acuarela, pero la decisión
estaba tomada.
Botó las semillas al
suelo, rompió la acuarela. Me reprochaba la sofisticación, me reprochaba no
entregarle una flor real. Entonces noté que ella era como las estrellas y yo
como las flores.
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