miércoles, 15 de abril de 2015

Claroscuro.


Una vez me dijo que mirar la primera luz del amanecer es algo especial. Ver la primera luz junto a alguien es compartir un espacio de intimidad que se comparte pocas veces: pasar de largo y ser iluminados por la misma primera luz es especial. Nunca lo encontré especial, porque siempre he trasnochado y pasado de largo. La primera vez que lo hice fue viendo Twin peaks, sin entender por qué me mantenía despierto, nunca entendí nada. La última vez fue en un hospital.
            La noche del hospital es especial: una luz negra, que a la vez es una oscuridad blanca. Se siente la noche, se siente la higiene. Una luz de otra era que ilumina cada tristeza y desesperanza. Caminaba por los pasillos intentando registrar los rostros trágicos y melancólicos que enfrentan la muerte. Pero la mayoría eran de felicidad: estaba en el pasillo de los partos. Flores y guaguas gritando. Niños corriendo. Madrugada. Una mezcla de claridad y oscuridad, un claroscuro, ese claroscuro donde nacen los monstruos.
            Unos niños jugaban. Te maté, le decía uno al otro. No, sólo me quitaste el alma, pero sigo vivo. No se vale, respondía. Pum, ahora te maté, decía sin expresión. Te maté porque te robé el alma, sin alma estás muerto. ¡Mentiroso! Estoy vivo, le dijo con patada incluida. Una luz, la primera, se asomaba y hacía del pasillo algo blanco.
Las sombras de los niños desaparecieron.

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