Una vez me dijo que mirar la primera luz del
amanecer es algo especial. Ver la primera luz junto a alguien es compartir un
espacio de intimidad que se comparte pocas veces: pasar de largo y ser
iluminados por la misma primera luz es especial. Nunca lo encontré especial,
porque siempre he trasnochado y pasado de largo. La primera vez que lo hice fue
viendo Twin peaks, sin entender por
qué me mantenía despierto, nunca entendí nada. La última vez fue en un
hospital.
La
noche del hospital es especial: una luz negra, que a la vez es una oscuridad
blanca. Se siente la noche, se siente la higiene. Una luz de otra era que
ilumina cada tristeza y desesperanza. Caminaba por los pasillos intentando
registrar los rostros trágicos y melancólicos que enfrentan la muerte. Pero la
mayoría eran de felicidad: estaba en el pasillo de los partos. Flores y guaguas
gritando. Niños corriendo. Madrugada. Una mezcla de claridad y oscuridad, un
claroscuro, ese claroscuro donde nacen los monstruos.
Unos
niños jugaban. Te maté, le decía uno al otro. No, sólo me quitaste el alma,
pero sigo vivo. No se vale, respondía. Pum, ahora te maté, decía sin expresión.
Te maté porque te robé el alma, sin alma estás muerto. ¡Mentiroso! Estoy vivo,
le dijo con patada incluida. Una luz, la primera, se asomaba y hacía del
pasillo algo blanco.
Las sombras de los
niños desaparecieron.
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