Gran parte de nuestra vida la pasamos
acostados. Horizontales, como las líneas y líneas de amor que te escribí (y que
algunas te entregué), miramos un horizonte que nos es común.
Las
fiestas a las que íbamos para nunca hablarnos derivaron en comisiones de odio y
declaraciones de sinsentido a todo lo que los más chicos dicen. Ya me siento
ajeno en esta generación, me siento decidiendo en cada acto si seguir
perteneciendo o no. Me siento atraído por una juventud de la que soy parte,
pero a la vez me siento observado por los jueces superiores, por esos que
tienen gracias a í una vista privilegiada del reino que viene, de los cuales
también soy parte. Eso es lo malo de ser el último vivo de una generación
muerta, pero que cuyo cadáver yace recostado en el sepulcro que pertenece a la
generación viva.
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