viernes, 25 de diciembre de 2015

El orden de mis libros.

Sueño que, algún día, mi habitación tenga muros de color liso. Eso no es hoy y no ha sido nunca: siempre los muros de mi habitación han estado recubiertos por libros. Nunca he socializado más que con libros. En un comienzo, claro, eran libros ajenos, libros impuestos por otros: eran los libros de mi tío, los libros que había en mi casa, los libros que me regalaban. Poco a poco la estructura ha mutado, ya sea por los escasos libros que logré comprarme en mi juventud temprana, como también por las ingentes toneladas de libros robados durante mi juventud tardía. Siempre me jacto de haber robado muchos libros, pero eso sólo lo confirmo en un día como hoy, que ocurre cada dos años: el día en que mi habitación tiene muros de color liso por algunas horas.
          Saco todos mis libros de sus lugares en estantes y repisas para notar que mi habitación no tiene más nada. El orden de mis libros es un evento necesario, aunque divertido: ocurre cada dos años, momento en que ya es insostenible el seguir metiendo libros a la fuerza en espacio huecos, porque peligra mi vida: mientras duermo, existe una alta probabilidad de morir aplastado por los libros suspendidos sobre mi cama. Una muerte poética, digo a quienes me lo hacen notar. Sin embargo, poetismo aparte, hay que ordenar para no morir. Entonces, la gran pregunta, al ver los cientos de libros botados como cuerpos sin vida sobre mi piso, es: ¿cómo ordenar?
          Una vez vi un libro que decía: Cómo ordenar su biblioteca. No lo leí, pero gracias a eso me di cuenta que existen tantos órdenes como bibliotecas y pensé en cuál sería el mío. La palabra clave es: OBSESIÓN. Hace poco visité la habitación de un amigo y le dije que una biblioteca es poco más que el conjunto de obsesiones de alguien. Entiendo, desde esa perspectiva, la gran frase de John Waters: Hay que hacer de la lectura algo sexy. Si vas a acostarte con alguien que no tiene libros en su habitación, ¡Huye! Alguien sin obsesiones, muy probablemente sea un fracaso (aunque la obsesión nada asegura). Lo que sí, revisar bibliotecas es una práctica sexy que nos permite continuar la fantasía carnal, pero en secreto: hay que asumir que lo que vemos, en ese pequeño momento de revisión de una biblioteca ajena —que por lo general es de reojo, y nunca explícito—, es propio de la dueña, que cada libro lo eligió y decidió dejarlo ahí, parado o recostado. Hoy sí, puedo decir, que mi biblioteca es mía. Cada libro es mío, el orden es propio.
          Mi biblioteca está ordenada por obsesiones. El último libro que puse fue Ser y tiempo de Heidegger, un libro que nunca he leído a consciencia y creo que sirve de base para ir hacia atrás. A su lado, en un estante superior, se ubican mis “futuras obsesiones”, libros que he adquirido con la intención que algún día despierten mis pasiones: Bergson, Derrida, Lyotard. Franceses, en general. Hacia la derecha de ese estante superior, al alcance de mi mano, está “el problema político”, una obsesión constante que sirve también como decoración: los libros, coincidentemente, tienen un tono rojo, rojizo, naranjo. Detrás de esas futuras obsesiones y presente obsesión, están las obsesiones abandonadas: la sección “Wittgenstein” está exactamente al lado de la sección “Hegel”, las cuales están abrazadas por la sección “Marx”. En ese estante, en su sección baja, está una de las grandes masas de libros: “Foucault”. Como extensión suya se ubica “Feminismo” y “Biopolítica”. Como una especie de ala extendida, se asoma “Rancière” y como obsesión no terminada, justamente abajo del libro de Heidegger, se ubica “Estética”. En la esquina, hay un montón de “Tragedias” y gente obsesionada con ellas. Todos esos más de 400 libros penden sobre mi cabeza mientras duermo. Muerte poética, pienso.
          El otro estante se ubica lejos de mi cama y decidí producirlo en términos más lúdicos. La primera planta es la obsesión “Cine” (Greenaway, Pasolini, Deleuze, Lynch), que se mezcla con la planta baja conformada por mi cineteca: un montón de DVDs originales que hoy carecen de cualquier valor: entre Kubrick y von Trier se ubica un ejemplar único del filme de Hija de Perra, dedicado que pone: CHÚPALO NICO. En la segunda planta, mi obsesión “X-men”: todo el material que, en poco tiempo he recopilado de la historieta. En la tercera planta, por fin, literatura, representada por mi obsesión por la editorial “Anagrama” (Auster, Bolaño y Carver son mi ABC). Y sobre todo, una cuarta planta con “Historia”, probablemente mi obsesión más oculta y antigua, en que ficción se mezcla con un montón de libros robados que apagaron mi intención de dedicarme a eso. En un pequeño rincón, la oscura y patética sección de “Libros y revistas en que aparece mi nombre”, escondida sección como escondida la intención de hacer crecer ese volumen durante cada bienio.
          Mirando mi biblioteca ordenada, cansado, escribo esto: miro hacia el lado y tengo tres libros de arte, que conforman la obsesión “Arte”, todo coronado por una pequeña escultura de un cinematógrafo. Sobre eso, un par de cuadros de artistas que admiro. Pienso en el orden de uno de los cuadros. Pienso que pronto se desordenará todo, que pronto llegaré con nuevos libros o nuevas obsesiones. Pienso en todos los libros rescatados (robados). Pienso en los que están dedicados. En los que me regaló alguna ex, que está profundamente dedicado. En aquellos que tienen marcapáginas o fotos de ella que cumplen con esa función. Pienso si alguno tendrá un billete de la suerte o si hay alguna frase que me salvará la vida en algún momento y que aún no he leído. Pienso en el nuevo año y en cómo esta máquina mutará de nuevo. Si acaso habrá más libros dedicados, si acaso habrá más y nuevas fotos perdidas entre páginas, o en cuáles serán las nuevas obsesiones. Pienso que no soy más que un montón de obsesiones visibles para cualquiera que se pregunte si huir o no antes de entrar y revisar.

martes, 15 de diciembre de 2015

Tu voz.

La escritura es la voz de los cobardes. Una carta de amor, por ejemplo, es la manera privada en que escribimos un libro encantador que tendrá sólo dos ojos encima. Uno puede relatar lo escrito en una carta de amor, pero sólo la leerá quien deba leerla. Alguna vez leí una carta de amor para alguien que no era el destinatario, y el resultado fue nefasto: una expresión de pez en los ojos que me impidieron terminar de leer por la vergüenza de estar malgastando la voz en alguien que, a lo sumo, luego recordará ese momento como uno de esos que se olvidan.
          La voz es aquello que nos permite protestar, hacernos parte de algo común. La declaración vocal, ya no escrita, es la manera en que la verdad es dicha, como el loro gigante que aparece en el cielo final de Felicité. Es por eso que si bien la buena escritura puede cautivar, es la voz la que secuestra. Lo escribo, porque una voz me tiene secuestrado. No es la voz útil del liderazgo que nos motiva a las armas, como tampoco es la voz de mando irresistible que el perro acata cada tarde. Es una voz nocturna, una voz inútil, una voz secreta.
          Es una voz nocturna, porque fue la noche creada principalmente para decir aquello que no se puede decir el día de mañana. Es la noche aquel espacio en que los labios ya no tienen rostro y dejan de hablar para dar paso al murmullo. La suavidad de la noche es la que permite que la verdad tenga como vía la voz y no la letra ni la palabra.
       Voz inútil, voz que no tiene finalidad. Podría entregarle cualquier cuento de Flaubert o Dostoievski, cualquier canción de Blondie o Breton, cualquier poema de Neruda o Thomas. Cualquiera o ninguna, y el resultado sería ese secuestro de sentirme como mirando directamente a la plana oscuridad del horizonte nocturno por la ventana iluminada de un balcón de mármol. Una voz que no vale por lo que dice, sino que por lo que calla, pues la voz del silencio permite la voz de la mirada. Mirarla es, por cierto, una nueva forma de su voz. Inútiles ambas, como la noche.
          Y secreta. Secreta porque el secuestrado soy yo, solo yo y nadie más. Al menos nadie más a la vez, pues me parece imposible el hecho de poder imaginar ser la única posible víctima de tan sublime delito. El secuestro propio es la forma secreta en que esa voz inútil y nocturna hace de sí misma un regalo más grande que cualquier desvío de sus labios. Y la voz es secreta, finalmente, porque luego de aparecer me veo obligado a olvidarla, haciendo así de su disfrute algo por lo que cambiaría toda mi memoria de infancia.
          Es tu voz, ese secreto inútil y nocturno, lo que me hace forzar cada toque de manos, cada choque de piernas y cada mirada coincidente. Es tu voz nuestra intimidad. Es esa voz, la tuya, la que me obliga a mirar cada rincón de mi habitación como un grito desesperado para escribirte, pues el mío es el lenguaje de los cobardes.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Grullas que tenían algo escrito dentro.



La elegancia que te negaste fue su propia confirmación.
Escribir la URL de tu blog sobre el de una página porno.
Saber que el asiento que ocupaste ya no produce sombra.
El cloro que nunca me echaste encima ya no destiñe.
Una lectura de naipes no consigue lo que tu carta.
Soñar que te dedicaba una canción en el primer karaoke.
Muchas veces el libro está contenido en su epígrafe.
La juventud es un recuerdo de la vejez.
El girasol no crece si no es plantado en tierra húmeda.
No abrir las ventanas en verano es un homenaje a ti.
Cada copa rota se convierte en el escorpión capitalino.
La serpiente muerta nunca será de fuego.
Hay un karaoke sin público al que nunca fuimos.
La profecía de la estrella cayendo era falsa.

martes, 24 de noviembre de 2015

Una ciudad.

Estoy en una ciudad que no es la mía. Desde mi ventana puedo mirar el mar, esa masa de oscuridad que se sobrepone a la noche. Veo un edificio de la armada que mira a la plaza principal, una plaza que no puede ser ocupada sino por guardianes: es una plaza sagrada, sin peatones. El edificio de la armada, una construcción neogótica celeste de cinco pisos y un reloj, mira a la plaza que mira al mar, dividiendo con esa mirada a la ciudad en dos: de un lado está el edificio del ministerio de cultura, del otro hay un Starbucks. Mi hotel está del lado del Starbucks, desde donde puedo ver que una universidad comparte techo con un hotel transnacional. Miro a los peatones, que no son los peatones de mi ciudad, y caminan sin temor, sin pudor, sin desconfianza: ya es medianoche y no miran siquiera para cruzar la calle. Sigo a una peatona cualquiera, se dirige con un paso angustiado a un teléfono público: hay teléfonos públicos. Teléfonos públicos que funcionan, no como en mi ciudad. La miro hablar, hasta que me aburro. Cambio mimirada hacia la nube obscura que es el mar de noche. Están los barcos, buques y trasatlánticos que corresponden. Miro hacia el otro extremo y están los edificios: edificios que se posan sobre otros edificios, luces que se posan sobre otras luces. No me gustan las ciudades que no tienen horizonte o que su horizonte es el océano. Pienso en el horizonte de mi ciudad, que es una gran montaña, y me gusta. En esta ciudad tiembla y siento que cada temblor es un intento por expulsarme.
          Me pregunto por si alguien me está mirando en el momento en que escribo apoyado en la ventana. ¿Me mirará como a un extraño? ¿Habrá algo en mi conducta que me revele como extranjero? No me importa, la verdad.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Monstruos y estrellas: el caso de O.

Nos gustan los monstruos, concluí. Me insistía en que mis gustos eran muy obvios y predecibles, que eran simplemente la sumatoria de un conjunto de coordenadas que fácilmente podían rastrearse en otras. Me decía que la próxima que me gustara sería otra antología de las anteriores, como un monstruo construido de muchas partes. Ella creía que me gustaban los monstruos, creía que mi fuente de inspiraciones era múltiple y en base a muchas partes construía siempre una nueva.
          Una tarde la llamé y le conté que no creía en su hipótesis, la de los monstruos. Era una tarde calurosa, de esas en que el día comienza al caer el sol para terminar de manera difusa en la madrugada. De esos días con siesta, pero de las siestas en que no se duerme. Leía un pequeño cuento de César Aira, en que escribía: “De los monstruos hay muchas definiciones, pero lo esencial de ellos es la coexistencia de posibles entre los que se debería haber elegido”. Eso era: un monstruo es un compilado de partes, partes de algo que debía haber sido: bajo su teoría del monstruo, mis elecciones afecto-sexuales (“amorosas”, en su lenguaje) estaban mediadas por mi imposibilidad de elegir una entre todas las que conformaban mi batería, por eso cada elección futura intentaría ser todas las anteriores a la vez, una “coexistencia de posibles” según Aira. Le contaba, pero no entendía bien qué es lo que le contaba. Creo que nunca creyó en su teoría del monstruo, quizá nunca quiso decir eso. Pero le decía que no operaba de acuerdo a una teoría del monstruo, sino una teoría de la constelación: mis elecciones afecto-sexuales no se dan por una mezcla de elementos de seres paradigmáticos anteriores, sino por la proyección imposible de luz estelar sobre piernas que son reales. Es decir: tengo en mente un conjunto imaginario de estrellas que me gustaría alcanzar, pero su luz nunca llega a tocarme, por lo que cualquier luz parecida me convierte en polilla.
          El calor aumentaba su ya cotidiana manera de no escuchar. No construyo en base a recortes antiguos, sólo proyecto la luz de las estrellas. Por ejemplo, siento una atracción irracional ante Karen O, vocalista y líder de la banda Yeah yeah yeahs. Todo lo que hace, cada prenda que viste, cada canción, cada foto, cada búsqueda en Google, cada luz que ella produce me desarma y me vuelve a armar. Mirar el techo escuchando Maps me transporta a una extraña planicie en que ella me es cercana y, a pesar de dominar la escena un profundo dark, me alegra saber que la tecnología me permite escucharla en bucle cuantas veces quiera, una ilusión de que ella es mía. En fin: Karen O no es un mix de partes; O no es un monstruo, es una estrella. Cuando vea la estela de cualquiera estrella parecida, mi identidad-polilla me poseerá.
          Me encontró razón, aunque me dijo que las estrellas también son monstruos. El teléfono quedó en silencio un largo rato. Pasó un ángel, me dijo. Los ángeles son estrellas-monstruo, le dije.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cáncer.

Mi mamá me contaba que tenía cáncer. De eso se trataba el sueño. Fue un sueño recurrente durante todo el mes de julio, que es el mes de su cumpleaños: ella es cáncer. Le contaba que lloraba a mares ante la noticia, que me sentía un niño y que ella me cobijaba. Al contarle el sueño, reproducía lo que sentía al enterarme de su cáncer. Ella no tiene cáncer, de hecho nunca ha padecido alguna enfermedad de gravedad. Yo tampoco. Ambos tenemos una distancia cierta a las enfermedades, a la muerte, en definitiva. Por eso es que el cáncer siempre se me presentó como una cuestión divina: aparece un día, todos lo tenemos, todo lo provoca. Mi abuela, su madre, tuvo un cáncer, lo venció. Pienso en ese relato como un sueño: jamás vi a mi abuela con cáncer, yo no nacía. El sueño en que mi mamá me contaba que tenía cáncer, sin embargo, no era una pesadilla: al despertar, cada vez sentía un cierto fortalecimiento de mis pasos, me localizaba en el mundo, estaba consciente de mi sombra.
          Los sueños los padecía durante la tarde, eran sueños de siesta. Para quien duerme siesta, comprende que el sueño de siesta es especial: se presenta en un contexto narrativo difícil de diferenciar de la realidad, se filtran vistazos a la luz del día, se subentiende estar tendido en una cama. Por eso, contar un sueño de siesta es como contar una vivencia, es recurrir a la memoria antes que a la imaginación: contar un sueño de siesta es un intento riesgoso y delicado de separar  lo vivido de lo soñado. Le contaba a mi mamá que ella tenía cáncer, o que me contaba que tenía cáncer, en una especie de mundo paralelo en que eso era cierto.
          Estábamos sentados y tú me decías que tenías algo que contarme. Que tienes cáncer. Yo me largaba a llorar, sin poder decirte nada y me sentía mal, porque era el momento preciso en que debería ser fuerte y decirte que todo va a pasar. En cambio, me acurrucabas entre tus brazos y me decías que no era algo tan grave. Yo te respondía que sí era grave, que era cáncer, que la gente se muere de eso. Sentía que al relatarle esto, tomaba la misma postura que cuando, en el sueño, yo lloraba y ella me acurrucaba. De hecho, la situación era la misma, sólo cambiando el contenido de la conversación.
          El mundo del sueño era ficticio, era una mentira, pero era tan mentira como el hecho que le contaba a mi mamá: pude nunca haber soñado tal cosa, pero ella me creía y me abrazaba, como en ese sueño que quizá nunca ocurrió y que se filtró como un desorden de luz vespertina.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Fantasmagoría.

Celeste tenía por pasatiempo coleccionar diarios antiguos, previos a su nacimiento. Cada mañana, o lo que ella llamaba mañana, pasadas las dos de la tarde, tomaba al azar un periódico de su colección y se lo llevaba de camino al campus. Sus labios esbozaban una sonrisa cada vez que encontraba una noticia vieja que podía tener perfecto sentido hoy: SE ANUNCIA TEMPORAL PARA LA CAPITAL, CONFLICTO EN EL PARLAMENTO POR REFORMA TRIBUTARIA, HIJO DE MINISTRO SE ADJUDICA FONDOS CONCURSABLES, ESCÁNDALO POR ABUELO QUE VIOLA A SU NIETA, QUIEBRE EN LAS RELACIONES CON EL PAÍS VECINO, LA REVOLUCIÓN ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA. Esa tarde, esa mañana, su vista chocó en una imagen: una foto en blanco y negro que mostraba a una actriz de teatro sobre un escenario, dando una paso largo, como si estuviese danzando. El contraste de la baja calidad de la impresión de la fotografía daba la sensación de estar mirando un fantasma: un largo vestido blanco que hacían de los pies una ilusión y un fondo negro que impedían imaginar un piso bajo la figura femenina. Celeste imaginó cuando se vestía de fantasma en su infancia. Usó ese disfraz cuatro años seguidos, para Halloween. Recordó ese año en que se burlaban de ella porque repetía por tercera vez consecutiva el disfraz: momias, vampiros, hombres lobo, brujas, payasos y extraterrestres, se burlaban al unísono de ella. Esta aparición fantasmagórica en el diario la distrajo de todo lo que pasaba a su alrededor: por ejemplo, que Tomás se fue todo el viaje frente a ella, sin conocerse el uno a la otra. Celeste miraba la imagen, hasta que movió su vista y leyó la noticia a la que ilustraba la fantasmagoría: LA OBRA MÁS SANGRIENTA DE SHAKESPEARE. Era una reseña a una interpretación que se hizo en Inglaterra de Tito Andrónico de Shakespeare: el general Tito Andrónico retorna a Roma, tras vencer a los godos. Trae consigo a Tamora, rey de los godos, que termina convirtiéndose en emperatriz de Roma, al contraer vínculos con Saturnino, emperador romano. Pero el sacrificio del hijo mayor de Tamora produce que se incube la venganza en complicidad con sus hijos sobrevivientes: violan a Lavinia, hija de Tito Andrónico, y le cortan manos y lengua, a fin que no delate a sus violadores. Al tiempo, Tito Andrónico se entera de los culpables de la ofensa a su hija y planifica su venganza: mata, descuartiza y cocina a los hijos restantes de Tamora y se los sirve en la forma de una empanada. Estas dos escenas, la de la violación de Lavinia y la de la empanada, produjeron la explosión del asco entre los espectadores de esa función en Londres de 1988. Seis personas se desmayaron, treinta y dos se abandonaron la sala y otros los restantes esquivaban la mirada o se tapaban los ojos para evitar la realista carnicería en vivo. Algunos denunciaron que las heridas eran reales, apoyados en que la obra alcanzó a exhibirse sólo en una oportunidad.
          Esa noche, Celeste se despertó agitada producto de una pesadilla que incluía el fantasma de Lavinia, sin manos ni lengua. El fantasma sangrante que era llorado por Tito Andrónico, que ante los ojos de Celeste estaba representado por alguien que le parecía familiar. Luego se enteraría que en su sueño era Tomás quien interpretaba al general romano. Lo interesante es que Tomás, durante los primeros años en el campus, actuó en una versión de Tito Andrónico, con la salvedad que su rol era el de Alarbo, el hijo mayor de Tamora. Celeste se levantó y fue en búsqueda del periódico, a fin de ver la foto de la noticia, pero pronto recordó que lo olvidó en el campus.

domingo, 23 de agosto de 2015

Tarde.

Esa tarde nos quedamos leyendo. 
          Sentados bajo el jacarandá que recibía todos los vientos, intentábamos abrir sin éxito una tercera botella de vino blanco, frío para hacer de la tarde un contraste. Digo que lo intentamos sin éxito, dado que me quedé con la botella en la mano, justo en pausa antes de abrirla. Mi amigo se sentaba rápidamente, dejando de lado su libro y me decía que recordaba un cuento de Raymond Carver. Un par de amigos salen a dar unas vueltas por la carretera, en su auto, tras haber pasado una tarde de cervezas. En la ruta, ven a un par de chicas que iban al borde de la carretera en sus bicicletas. En su entender, ellas les hicieron alguna especie de señal. Una señal que los llevó a seguirlas. Ellas dejan sus bicicletas y se adentran en un bosque, más adelante. Los amigos se bajan del auto y las siguen. Ellas suben una especie de cerro. Parece que escapaban de ellos, me dice mi amigo. Escapaban.
          Recuerdo esa tarde. El cuento terminaba con que los amigos se abrazaban, tras haber asesinado con una roca a las muchachas. Recuerdo esa tarde, pero no recuerdo cuántas botellas de vino tomamos. No recuerdo bien si realmente nos quedamos leyendo a la sombra del jacarandá. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Carta a mi hermana.

Vivimos mucho tiempo juntos, pero sólo conservo una bola saltarina. Ella era aries y me esperaba con ansias en el hospital. Madre cuenta que cuando nací, ella salió corriendo por los pasillos, gritando de alegría. Ella era alegre y esa imagen, la del pasillo del hospital, marcó nuestra relación: las pocas anécdotas con que contábamos juntos obligaban a que nuestras historias terminaran siendo reconducidas a esa anécdota fundacional: Nicolás nació y Ángela lo miró, gritó y salió corriendo por el pasillo. La gente reía, dice Madre. Siempre me pareció incómoda esa imagen, la de gente riendo en el pasillo, y eso es lo que me alejaba de Ángela: mi falta de alegría ante esas situaciones. Ver gente reír en un espacio de espera como es un hospital me parecía una imagen macabra, a Ángela le parecía una especie de milagro. Esa distancia entre nuestras formas de ver la belleza en el mundo nos impidió ser amigos. Tampoco éramos enemigos, no peleábamos ni discutíamos, cada uno tenía su espacio, cada uno vivía en su plano. Ni siquiera me molestaba que no leyera un solo libro al año, no me molestaba que trabajara diez horas al día cada semana de cada mes para regalarme un CD de una banda que no me gustaba en navidad, tampoco me molestaba que su atractivo físico fuese infinitamente superior al mío, y menos aún que con más de treinta años jamás hubiese tenido una pareja. Ese era el gran problema, que nada de ella me molestaba, y eso me calaba hondo.
     Una tarde, volviendo de hacer una clase en el campus, recibo un llamado de Ángela. Tanto así era nuestra distancia que no tenía guardado su número, por lo que cuando vi el llamado era de un número desconocido, que sólo me atreví a contestar tras la cuarta insistencia: Madre se desmayó otra vez, se cayó al piso, se azotó la cabeza, fue grave, me dijo en un tono calmo pero íntimo. Me lo dijo con el mismo tono con que me explicaba en lo que trabajaba o la manera en que explicaba sus jugadas las escasas veces que jugamos al naipe español. Estaba en el hospital público, porque era lo más cercano a lo que pudo llegar: esos edificios que albergan tantas muertes por negligencia que más parecen un caldero de desesperanza y tristeza. En la entrada un grupo de punkies esperaban sentados la recuperación de alguno de sus colegas que cayó en una pelea callejera. Me pidieron una moneda y se las di, mal que mal estábamos en las mismas circunstancias. Yo no estaba ansioso ni intranquilo, pues tenía la presunción, por el tono de voz de Ángela, que todo estaría bien. En la sala de espera, repleta de pacientes esperando su turno, veo a mi hermana: sentada al borde de un ventanal, con su pálido rostro y sus rojos labios dirigidos hacia la nada, la especial nada de un hospital público. Destacaba por una cuestión visual: todas las otras miradas del salón estaban dirigidas a una pantalla que anunciaba el apellido de los pacientes. Su mirada se dirigió hacia mí y confirmó mi tranquilidad: está grave, me dice como si estuviese fumando, está grave pero de seguro estará todo bien, ¿no? Asiento en silencio y me pongo a su lado.
     Estuvimos una hora sentados uno al lado del otro sin emitir una palabra, hasta que le hice notar lo miserable del lugar: sí, me dijo. Y añadió: toda esta gente debería estar muerta. Su sarcástico comentario me llamó la atención positivamente, porque en el fondo yo estaba de acuerdo. Le dije: están muertos, pero no lo saben. Sonrió y sentí, desde ese momento, que estábamos entablando una relación de seducción ciertamente incestuosa. Nunca la había mirado con ojos distintos de los que puedo mirar a una conocida sin atractivo intelectual. Por primera vez, quizá, la vi como alguien que no era mi hermana. Unas españolas, atrás de nosotros, comentaban que estaban ahí porque una araña había picado a una de ellas que estaba siendo atendida por la “pésima salud pública de este país”. Ángela me dijo al oído que esa araña era lo mejor que le pudo pasar a este país. Reí fuerte, tanto que las españolas notaron que nos reímos de ellas, algo que sólo podía pasar a las tres de la mañana: ya llevábamos casi cinco horas esperando noticias de Madre y no me había dado cuenta. Previendo que nos esperarían más horas, quizá incontables horas de insomnio le pregunté si acaso recordaba el momento en que yo nací y ella corrió por todo el hospital: claro que sí, probablemente fue el último momento feliz de mi vida. Yo esperaba una hermana, me dijo. Pero de todas maneras tú has sido lo mejor que le pasó a la familia. Logré entender el tono en que me lo dijo, logré entender que con mi nacimiento no se refería a mí, sino a la idea misma de nacimiento: alguna vez, cuando niño, me enteré que Ángela había abortado. Escuché a Madre gritarle en su habitación, escuché que ella abortaría porque el padre del feto ya no era su novio, que ella saldría a trabajar, pero que abortaría. Sabía que para ella era importante el hecho de nacer, por eso. Para sacarla de su mirada hacia el abismo que, evidentemente, formó la imagen del aborto en ella, la tomé de la mano y la llevé a caminar en búsqueda de un café.
     El pasillo por el que caminamos estaba adornado por retratos fotográficos en blanco y negro de indígenas latinoamericanos. Le conté que algunos indígenas creían que los fotógrafos robaban sus almas al fotografiarlos. Ella sonrió y se dirigió rápido a uno de los retratos: mira los ojos de esta, se mueven, su alma está dentro, me dijo. Me reí, nuevamente. Tómame una foto, me pidió. Con mi celular saqué una foto de ella y nos reímos. Las risas fluían gratuitamente con cualquier cosa que dijéramos, porque ya llevábamos casi siete horas despiertos en el hospital, llevábamos esas siete horas sin comer, esas siete horas dejando de ser hermanos. Al lado de la máquina de hacer café, había una dispensadora pequeña de dulces y de pelotas saltarinas. Me pidió una moneda porque quería dulces, pero se equivocó de ranura y canjeó una pelota saltarina. Reímos. Volvimos a la sala de espera, vacía, porque toda la gente ya se había ido, había abandonado toda esperanza y era un martes. Eran las siete de la mañana de un martes y ambos la estábamos pasando, extrañamente, mejor que nunca. Jugamos con la pelota por los pasillos hasta que un guardia nos retó sonriendo, porque éramos un par de adultos: el guardia parecía una especie de robot apocalíptico, según Ángela. Me contó que no iría a trabajar, me contó que estuvo enamorada hace un par de meses de alguien quince años menor que ella, me contó que abortó, me contó que no sabía qué hacer con su futuro, dedicándole el mismo desinterés y tiempo de relato a cada uno de esos tópicos. 
     Madre salió tras diez horas de nuestra espera. Salió caminando, con un vendaje extraño que iba desde su cabeza hasta el brazo derecho. Nos miró jugando con la pelota saltarina hasta que Ángela corrió a abrazarla. Con ansias, Ángela intentaba contarle toda nuestra noche. Le contaba con unas ansias que rompieron su voz plana. Le contaba de la pelota saltarina.
     La navidad de ese año, le regalé una pelota saltarina y una carta. Ella me regaló un CD de una banda que no conozco y que jamás escuché.

lunes, 6 de julio de 2015

Mitema: imaginación.


El príncipe de la luz fue encerrado durante nueve años. Recordaba las historias de sus antepasados y cómo su abuela, nieta de la princesa de la luz, le contaba del escape de la reina y de la metamorfosis de la princesa. El príncipe se imaginó convertido en cucaracha, se imaginó convertido en castillo. El príncipe imaginaba cada noche en qué podía convertirse: en león, para ahuyentar de un grito a los guardianes; en cuervo, para escapar volando por sobre el bosque; en viento, para azotar como un huracán las tropas que lo retenían. Una noche escuchó el rugido de un león, un cuervo se posó en su ventanilla y un fuerte viento desesperó a los guardianes. Nada más que eso, pensó que fue su imaginación. Eso: fue su imaginación. Siguió imaginando: vientos de fuego que azotaran a los enemigos, ejércitos de hombres de agua que lo vinieran a rescatar, ballenas voladoras que se tragaran los edificios completos.

Mitema: traición.


El castillo de la luz era infranqueable, hasta que nació el sexto heredero de la corte. El príncipe de la luz se hacía aconsejar por su hermano, el bastardo “príncipe de las tinieblas” como lo llaman popularmente por haber sido parido en el oscuro bosque al que no daba el sol. El príncipe de las tinieblas era tan sexto heredero como el príncipe de la luz, pero eso no bastaba ante los ojos de la corte. El gran maestre de las tropas enemigas, ofreció reconocer al príncipe de las tinieblas como rey si acaso permitía acceder a las rutas secretas que daban desde las sombras nocturnas al castillo de la luz. De esa manera fue que el príncipe de las tinieblas reinó desde la traición durante nueve años.

Mitema: castillo.


La princesa de la luz era la que debería guiar a su pueblo a la victoria definitiva contra las sombras. Era muy difícil construir un castillo al otro lado del bosque, porque allí no daba el sol y la luz llegaba de manera oblicua. Era necesario construir el castillo allí, porque era un lugar estratégico:si no lo construían ellos, sería el pueblo enemigo quien lo hiciera, apoderándose así del único paso naviero de mercancías para abastecer a las tropas. El brazo de la princesa debería iluminar la construcción del castillo, decían algunos. Otros decían que la verdadera profecía era que la princesa destruiría las montañas que ocultaban el rincón de la luz del sol. Nadie imaginó que en realidad será la princesa la que se convertiría en el castillo.

Mitema: historias.


Los guardias que vigilaban a la reina la escuchaban contar historias a sus compañeras de celda. Las primeras noches la hacían callar, pero pronto los vigías se interesaron en las historias: sombras que descuartizaban reyes, cuervos que incendiaban castillos, árboles que despertaban y corrían destruyendo todo a su paso. Historias que, cada vez más, atemorizaban a los atentos guardias. Tanto se interesaron que esperaban con ansias la nueva historia de cada noche, para intentar reproducirla (de manera mucho menos detallada) frente a sus compañeros al día siguiente. La última historia jamás llegó, pero sí la inventaron: uno de los guardias contó cómo se escapó la reina frente a sus narices disfrazada de cucaracha, una cucaracha a la que le faltaba una pata derecha.

Mitema: estrella.


La princesa llevaba tatuada una estrella en su muñeca izquierda. La estrella representaba la luz que iluminaba el camino del pueblo que marcharía tras ella: la primera de las reinas había perdido su mano derecha cuando fue capturada y los enemigos enviaron la extremidad al rey para probar la veracidad de la amenaza. La reina logró escapar distrayendo a sus guardias. Tuvo que caminar por el frondoso bosque durante tres noches para no ser descubierta en su fuga, valiéndose sólo de su mano izquierda. Su mano era la luz que iluminaba sus noches, abriéndose paso entre los árboles y ramas, entre los animales y riachuelos, entre la luz y la sombra.

jueves, 18 de junio de 2015

Culpa.

Hoy vi a tu ex. Recuerdo cuando me contabas que no podías dejar de ver su blog, antes de conocerla. Que te producía una sensación erótica culpable el hecho de escribir sobre la dirección de una página porno el nombre de su blog. Algo del porno seguía presente en el espionaje a su escritura. A pesar de ser un blog público, me decías, era algo privado de ella. Finalmente no te importaba y lo hacías de todas maneras, aunque algo de la culpa inicial persistía.
            Cuando la conociste, nada de eso cambió. Seguías escribiéndola encima de otra cosa. No lograste terminar tu relación anterior y la ponías a ella. Amigo, yo te decía que eso estaba más allá del bien y del mal, pero que conociéndote, te produciría culpa. Culpa, no por ella: culpa por ti. Sé cómo terminas tus relaciones. Hoy la vi, y recordé cómo fue su final. Un final que no termina. Pero la vi y está ahí, siguiendo una vida propia que, aunque te cueste creerlo, lleva sin ti. Hoy vi a tu ex y no pude saludarla, porque tengo lealtades. Me sentiría culpable de saludarla.

martes, 9 de junio de 2015

La risa.

La micro iba vacía, como acostumbra ser en el horario de los descoordinados. Me gusta descoordinarme del baile de la ciudad para, por ejemplo, silbar o leer en la micro. Esta vez leía. Leía un relato erótico entre dos hermanos, de Paul Auster. Me sentía como un niño diciendo groserías sin ser advertido. Una sonrisa me formaba el rostro. De pronto, despego mi vista del libro y miro al frente: ella me mira y ser ríe de mi torpe risa sin sentido aparente. Ella reía más que yo: su risa formaba con mayor presión su rostro.
            El momento de la risa mutua se detiene. Guardo mi libro, para avanzar en el milagroso contacto visual, en el mismo momento en que ella saca un libro propio. Mi experticia editorial me hizo reconocer, casi con certeza, que se trataba de un libro de Roberto Bolaño. Volví a sacar mi libro de Paul Auster con la mayor normalidad que se puede en una micro habitada solamente por alguien con quien se compartió una risa inventada.
            Sentía el peso de su mirada sobre mi libro, sentía el esfuerzo extra por descifrar el título de mi libro. No podía interceptar su mirada, pero sí pude confirmar la autoría de su libro. Efectivamente, leíamos, avanzábamos las páginas, pero a ratos mirábamos por la ventana. Confirmé que mirábamos las mismas cosas, nuevamente, gracias a la risa: era una mañana de otoño y al costado del cerro Santa Lucía había un joven cuya mirada perdida se confundía con las muertas hojas de los árboles cayendo. Por supuesto, ambos pensamos en lo clisé de la escena sin poder creerlo. Nos miramos y nos reímos. Ella se bajó, luego, yo me bajé.

Sueño uno.

Me llevaba de la mano. Miraba su espalda, su trenza. Podía percibir a mi alrededor un bosque, pero la seguía, a paso rápido. Al fondo veía el brillo celeste de un océano. Giré mi vista hacia el bosque por un instante: un montón de brujas cocinaban algo en su caldera hirviente. Intentaba decirle que mirara eso, pero ya habíamos llegado a la costa: el océano parecía una extensa llanura de plata, cuya tranquilidad se interrumpía por docenas de cachalotes saltando. El frío me invadía la espalda con forma de miedo. Un temor que tendía al pánico me incitaba a soltarle la mano. Entusiasmada, me llevaba al mar: me doy cuenta que hay una especie de sendero de piedra hacia el fondo del océano. Me asustaba la claridad amarilla del cielo y el fulgor celeste del mar. Todo tranquilo. Caminábamos más bajo que la superficie del mar, ya caminábamos por un pasillo con muros de agua. A lo lejos, los cachalotes. Seguíamos, caminábamos. Ya lejos, miraba hacia atrás: a lo lejos el bosque, el sendero desaparecía por los rasguños que el mar le daba paulatinamente. Cada vez más cachalotes invadían la superficie del mar. Le rogué que nos devolviéramos. “Ya no se puede”, me dijo.

sábado, 2 de mayo de 2015

Tejido.


¿Cuál es la diferencia entre un americano y un espresso? Que el americano lleva agua, le dijo la mesera. La voz de mi amigo era fuerte, fuerte para lo pequeña que era la sala principal del café. Lo escuchaba, me contaba con afán un documental que había visto la noche anterior. Me contaba que era muy parecido a su vida. Extrañaba a su ex. Mi té se enfriaba a medida que me contaba el documental, que intercalaba su vida, que recortaba a su ex. De pronto, sin aviso, interrumpió todo: todo ese tejido que iba armando entre su ex, el documental y su vida, y su ex, y su vida y el documental. Paró de tejer.
            Afuera hay una mina, no la veí, pero está afuera, me decía. Sus ojos están mirándome, pero ella no, me decía. Yo la he mirado todo el rato a los ojos, pero está tan absorta en sus hueás que no se fija en mí, me decía. Yo no alcanzaba a verla, pero confiaba en mi amigo, confiaba en su tejido.

domingo, 26 de abril de 2015

Héroe.


Siempre ha estado ahí. No es algo obvio como el aire que respiramos, pero está ahí, mirando desde las estrellas. Sin saberlo, cuando niño jugaba con sus cassettes como si se tratara de invasores del espacio; luego, lo escuchaba en las mañanas antes de ir a la escuela, porque despertaba a mi mamá; de adolescente, lo bailaba sin tener mucha consciencia sobre ello. Desde ahora, mirando hacia atrás, pienso que siempre estuvo ahí, como una especie de rayo que parte el rostro en dos, pero cuya cicatriz es simplemente el rostro mismo.
           Mirando hacia atrás, con el cuello torcido, recuerdo que he buscado incesantemente reconstruirlo, rehacerlo noche a noche, como un monstruo. Las partes que lo conforman son las situaciones que robo de cada persona: esa caminata; ese abrazo; ese grito en el karaoke; ese cabezazo; ese brindis con vasos de plástico; esa carta; esa sombra; esa invitación fallida. Las sorpresas en las que aparece me hacen sentir su protegido, sabiendo que aparecerá en el momento de la magia. Me ha enseñado que siempre aparece, brillando como un rayo.

lunes, 20 de abril de 2015

Las estrellas y las flores, el viento.


Y el viento no mece las estrellas, le dije. Lo que se mueve es el mundo. Me dijo que por eso prefería las flores: nosotros somos juguetes de las estrellas, vivimos mientras ellas permanecen inalterables por el viento; las flores, más humildes, bailan ante nuestros ojos sabiendo que sus movimientos dependen del viento.
Las estrellas nos engañan, me dijo. Luego me confesó que jamás nadie le había regalado una flor: no es que lo quiera especialmente, pero siempre me imaginé en un día de primavera llevando un girasol, desconcertando, sin que la gente pudiera adivinar si acaso me lo regalaron, si acaso iba a regalarlo, si acaso soy artista o simplemente es mi trabajo vender flores.
Por supuesto, intenté esforzarme: pensé en regalarle una acuarela de un girasol, pensando en la eternidad de la flor. Una acuarela enmarcada que pudiera representar la burla hacia los astros y que diera un cómplice toque de materialidad: no hay cuadro sin muro, como no hay muro sin techo en común. Pensé luego que esa eternidad que compartían la acuarela y las estrellas era precisamente lo que ella odiaba, por lo que todo debía derivar en proyecto común: compré semillas holandesas de girasol, un macetero preciso y todo lo necesario para plantar la flor. Sería el perfecto trabajo en conjunto que afrentaría la eternidad de los astros. Me seguía satisfaciendo la idea de la acuarela, pero la decisión estaba tomada.
Botó las semillas al suelo, rompió la acuarela. Me reprochaba la sofisticación, me reprochaba no entregarle una flor real. Entonces noté que ella era como las estrellas y yo como las flores.

El movimiento.


Muchas veces nos lleva el viento. El viento nocturno, que es una especie de sombra, es la que permite navegar a las lechuzas y a los vampiros. El viento matutino, a las golondrinas y las ninfas. Nuestra diferencia con las lechuzas es que no tenemos visión nocturna; con los vampiros, es que podemos reflejarnos en los espejos; con las golondrinas, que no podemos cantar; con las ninfas, que no sabemos danzar. Por eso, el viento que nos mueve parece azaroso, parece que nos lleva a cualquier parte, porque no nos hacemos de nuestro viento, de nuestro movimiento.
            Estamos en una constante batalla contra el viento, una batalla por el movimiento.

domingo, 19 de abril de 2015

Lo oscuro, la luz.


Lo oscuro se ha menospreciado: en la oscuridad habitan los monstruos, duermen las bestias, bailan los demonios, corren las vírgenes, persiguen los vampiros, marchan los cobardes. La verdad es que en lo oscuro ocurre lo verdadero, quizá es lo verdadero lo que nos espanta.
            La luz se presenta como la verdad, contra la ignorancia que es lo oscuro: salir de la caverna y ver la luz es equivalente a la luz de Dios que nos enceguece, que enceguece a los ángeles que no saben si empuñar su espada contra la bestia o el hombre. La luz es el conocimiento, la ilustración, el iluminismo. Pero es la luz, precisamente, la que nos ciega: el brillo del oro convierte al afortunado minero en un demente que mancha con sangre todas las cavernas. En la luz nadie habita, nadie persigue, nadie marcha.
            La claridad que está en ese instante en que lo oscuro se retira y la luz se asoma es un santuario en que todos convivimos sin temores, en que todo puede ocurrir: en lo claro se decide si acaso lo oscuro continúa o si la luz extiende un día más su reino. Lo claro, ensombrecido, abre todas las casas, todos podemos correr y bailar, gritar y marchar. Los monstruos nos vemos los rostros y nos damos cuenta que no somos distintos, nos reconocemos y nos decimos las verdad, porque la verdad no es una luz, la verdad es nuestro secreto.

miércoles, 15 de abril de 2015

Claroscuro.


Una vez me dijo que mirar la primera luz del amanecer es algo especial. Ver la primera luz junto a alguien es compartir un espacio de intimidad que se comparte pocas veces: pasar de largo y ser iluminados por la misma primera luz es especial. Nunca lo encontré especial, porque siempre he trasnochado y pasado de largo. La primera vez que lo hice fue viendo Twin peaks, sin entender por qué me mantenía despierto, nunca entendí nada. La última vez fue en un hospital.
            La noche del hospital es especial: una luz negra, que a la vez es una oscuridad blanca. Se siente la noche, se siente la higiene. Una luz de otra era que ilumina cada tristeza y desesperanza. Caminaba por los pasillos intentando registrar los rostros trágicos y melancólicos que enfrentan la muerte. Pero la mayoría eran de felicidad: estaba en el pasillo de los partos. Flores y guaguas gritando. Niños corriendo. Madrugada. Una mezcla de claridad y oscuridad, un claroscuro, ese claroscuro donde nacen los monstruos.
            Unos niños jugaban. Te maté, le decía uno al otro. No, sólo me quitaste el alma, pero sigo vivo. No se vale, respondía. Pum, ahora te maté, decía sin expresión. Te maté porque te robé el alma, sin alma estás muerto. ¡Mentiroso! Estoy vivo, le dijo con patada incluida. Una luz, la primera, se asomaba y hacía del pasillo algo blanco.
Las sombras de los niños desaparecieron.

miércoles, 8 de abril de 2015

Jinete de bastos.


Echadas las cartas, leía el futuro: los caballos, esquinados, algo me gritaban con el silencio vidrioso del naipe español. Un caballo tras otro, me embestían en la lectura. Uno escapaba, el otro entraba en escena; un jinete me miraba, mientras el otro evadía la mirada al atacarme. Pensé en su indecisión, en sus gestos, en sus negativas. No tenía mucha coherencia el establo ante el que estaba inmerso.
            Siempre los establos me han significado un lugar sombrío. Sombrío: sin luz. Me parecen un perfecto lugar para el suicidio.
            Traté de leer un poco más allá de los caballos: sus pezuñas, sus miradas, sus colas, sus crines. Seguían siendo caballos, hasta que la luz de un espejo me señaló la verdad universal de mi pregunta: todo estaba en los zapatos del jinete.
            El primer jinete mostraba la suela de su zapato. Por primera vez, pensé, puedo ver la suela del zapato de un jinete del naipe. Pronto me di cuenta que no era una verdad revelada, sino que era un aspecto común: el jinete, al subir al caballo, debía apoyarse en el pedal, de modo tal que su pie se flexiona, mostrando al espectador su suela en esplendor. Eso con el jinete de monedas. Pensé que las monedas me revelaban un secreto, hasta que desilusión: el jinete de espadas mostraba su suela. También el de copas. El brillo de las monedas, las copas y las espadas se refuerzan con la luz que hace aparecer la suela del zapato. Las suelas son sombrías, como los establos y los bastos.
            El jinete de bastos nos muestra la suela. La esconde, incluso. ¿Por qué la esconde? El jinete de bastos no usa pedales. Que no use pedales es señal de dos cosas: es un mejor jinete que el resto, o bien cabalga luego de subir inesperadamente a su caballo. El basto, rama de un árbol, se me apareció como la manifestación de la naturaleza: el jinete de bastos es el más cercano a la naturaleza. Su caballo es el menos disciplinado. Ambos producen el mejor  equipo. Sólo desde este momento me fijo en que el jinete de bastos es el paladín por excelencia: mientras sus colegas se jactan de sus bienes, mirando hacia cualquier lado que no sea la batalla, el príncipe de bastos erguido camina a enfrentar la contienda: mirando al frente y portando su arma firme.
            Finalmente, comprendí que todo se trata de saber que el demonio al final del abismo no es inmortal.

lunes, 6 de abril de 2015

Horizontalidad V.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como el primer beso que te di, miramos un horizonte que nos es común.
            Sé que estamos horizontales esperando que la verticalidad nos haga suya. Hemos sido del otro en vertical, pero sólo podemos decir eso con sinceridad las veces que hemos estado en horizontal. Parece que la verdad no surge del pecho que está en un cuerpo erguido. Parece que la verdad no surge de ti sino cuando te miro a los ojos por entremedio de las sombras que producen los aparatos colgados en tu pieza. Entremedio de esas sábanas que siempre quise comprarme, estabas tú esperando que te hiciera mía, sin entender que ya éramos del otro desde el momento en que el azar decidió ponernos la misma manta sobre la cabeza.

Horizontalidad IV.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como la última fase de una persignación, miramos un horizonte que nos es común.
            A veces te deseo la muerte. A ti, a ellos, a tu familia y a tu historia, a tus ideas envidiables y a tus chistes. Les deseo la muerte a tu perro y al gato que nunca tuviste. Te deseo la muerte a ti, sombra y luz, sangre y piel, orden y caos. Le deseo la muerte a nuestra cama, le deseo muerte a esos libros que no leímos, a esas copas que nos servimos, a esas fotos que no sacamos y a tu sonrisa falsa. Te deseo tanto la muerte que, a veces, me deseo la muerte.

Horizontalidad III.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como las líneas y líneas de amor que te escribí (y que algunas te entregué), miramos un horizonte que nos es común.
            Las fiestas a las que íbamos para nunca hablarnos derivaron en comisiones de odio y declaraciones de sinsentido a todo lo que los más chicos dicen. Ya me siento ajeno en esta generación, me siento decidiendo en cada acto si seguir perteneciendo o no. Me siento atraído por una juventud de la que soy parte, pero a la vez me siento observado por los jueces superiores, por esos que tienen gracias a í una vista privilegiada del reino que viene, de los cuales también soy parte. Eso es lo malo de ser el último vivo de una generación muerta, pero que cuyo cadáver yace recostado en el sepulcro que pertenece a la generación viva.

Horizontalidad II.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como tu brazo en esa foto que guardo en el cajón, miramos un horizonte que nos es común.
            Miro por entre las hojas un poco de luz. Luzceleste es la que me recuerda esa tarde que pasamos en el pasto, mirando alternativamente el ojo ajeno y el rayo de sol. Me decías que no era “rayo de sol”, sino “los rayos del sol”. Pienso en ese tipo de correcciones y todos los libros que mi generación no escribió por pasársela horizontales mirando el reflejo del rayo de sol en sus propio techos. El techo se mira a oscuras, porque sólo entre las tinieblas sale a luz la verdad hablada.

Horizontalidad I.


Gran parte de nuestra vida la pasamos acostados. Horizontales, como el libro que te presté, miramos un horizonte que nos es común.
Pienso en los muertos y en los que duermen. “Occidente”, significa donde va a morir el sol: el gran astro de luz muere, cada día. Occidente es un gran occiso. Los occisos recostados deben ser levantados, ya sea por el prójimo o por el fin de los tiempos. El sol duerme durante las noches, tras su muerte diaria. Bella durmiente es nuestro paradigma: ella está muerta, ella está durmiendo.

miércoles, 1 de abril de 2015

Su luz.


Me aprendí sus luces. Su delgadez frente a las luces del cinematógrafo la hacían parecer una sombra imaginaria. Sus ojos se veían infantiles ante la luz verde del semáforo. El neón le sentaba particularmente bien: sus ropas negras resaltaban por el rojo o el morado. La luz del sol por entre las ramas me hacía recordar una tarde durmiendo sobre el pasto. Los focos de los conciertos me producen alegría desde que la recuerdo bailando al son aleatorio de la música. La luz que producía en la oscuridad era su lugar común: su silueta era una pequeña porción visible de ella, lo relevante y más visible era su voz, voz suave que contrastaba con el meneo de los árboles mirones de la ventana. Una especie de fantasma era por las mañanas, entre las sábanas blancas y la luz del Rey Sol. Luz entre el humo destacaban sus labios; luz frente al espejo la hacían parecer invencible; la luz del atardecer en la cima del cerro la hacían parecer solitaria.
            Finalmente aprendí que era una luz única la que se veía violada por su presencia, no al revés.

sábado, 28 de marzo de 2015

La luz de tus ojos.


¿Habrá otro mundo detrás de las estrellas? Un mundo en que las decisiones que tomamos en este hayan tomado otro curso. Uno en que los llantos consuelen la risa, en que no haya un yo sin un tú, en que la piedra nos mire, en que tu mirada signifique algo.
            Al mirar las estrellas pienso en un mundo distinto, detrás. Luego recuerdo la pintura: detrás está el muro, detrás del muro: nada. Pienso en tu mirada: siempre creí que significaba muchas cosas. Cuando me convencí que era vacía, salta y grita algún significado. Cuando me convencí que era vacía, me di cuenta que ese era el saludo. Un mundo en que tu mirada signifique algo sólo puede estar más allá de las estrellas, sin luz: una mirada desde la oscuridad; una mirada que no puedo mirar, sólo sentir en la espalda.

sábado, 21 de marzo de 2015

Abierto el cielo.


Creo en los milagros.
            El neón se escabullía entre la lluvia. Entre los paraguas cautelosos nos escabullíamos en busca de refugio. Las letras en chino nos desorientaban al contrastarlas con la publicidad de Canal St. 麦当 reluciente frente a los nuevos colores de iPhone, el calor del metro, el santuario chino al fondo. Nos escondimos en la plaza donde una pareja de ancianos juagaba al go. Dado que la lluvia no paraba, nos adentramos en el barrio y buscamos comida. Entramos a una luz amarilla. Tenían árbol de pascua. No hablaban inglés, aunque entendieron General Tso’s chiken! Mientras bebíamos el té, una delgada figura sonriente me trae una galleta. La abro, papel: Believe in miracles.
            Creo en los milagros, como creo en el cielo. El cielo debe estar abierto, tal como abiertos debemos estar para el milagro. Un cielo abierto es un cielo lleno de estrellas, uno en que las constelaciones son infinitas. Un cielo vacío, sin luz, es un cielo cerrado. Para que los milagros ocurran hay que mirar las estrellas.

jueves, 19 de marzo de 2015

Mano distante.


Desde un azaroso asiento de la plaza, miraba hacia su venta. Sabía que venía, quizá bajaba presurosa por la escalera; tal vez cerraba su puerta con llave; en una de esas aún decidía si salir con chaqueta de cuero o no.
            Desde su ventana miraba, sin poder distinguir uno de otro, los asientos de la plaza. No me pudo divisar, aunque tampoco yo pude verla.
            Cuando conversábamos a oscuras, pensaba en esas situaciones: nunca saber lo que realmente sucedió en el preciso instante en que me lo preguntaba. Ese era un espacio de silencio tan breve, como inútil. Tan miserable como misterioso. No podía preguntarle. No cambiaría una caricia por una pregunta. Es una duda existencial, como tantas otras. Duda como la de saber si ella también las tenía. Cuando estábamos a oscuras le tomaba la mano, porque más allá de la oscuridad estaba el abismo, esa oscuridad honda e inundada. Le tomaba la mano para saber que no estaba en esa falsa distancia eterna que se produce a oscuras: “si sueltas mi mano, siento que estás a miles de kilómetros de distancia”.
            Desde mi azaroso asiento la veo bajar presurosa por la escalera con su chaqueta. Me sonríe. Le tomo la mano, aunque el sol camina sobre sus pies. La luz del sol no es honda ni está inundada, aunque sí es tan falsa como la distancia entre ambas manos.

lunes, 16 de marzo de 2015

Su mano en la oscuridad.


Esas madrugadas en las que la oscuridad mira todas mis luces, me pierdo navegando por YouTube. La luz de la pantalla versus la oscuridad de mi ventana es la batalla repetitiva por llenar un vacío: ir de un vídeo uno a un vídeo dos, ir de un nombre a otro: escribir su nombre y borrarlo. Siempre me ha parecido pintoresco el hecho de cómo llego a YouTube: llego una vez que agoté nombre por todas las demás redes sociales, por lo que YouTube se convierte en otro campo de rastreo más; o bien, llego desde una letra de karaoke. “Karaoke” en japonés significa “no hay banda”, como en Mulholland Drive de David Lynch. Uno canta y no hay banda, sólo hay voz, una voz que roba la voz de otra canción. Una canción muda que hace ruido con grito ajeno. De vez en cuando, sigo la letra del karaoke. Lo que más hago es apretar la garganta al son de los ritmos. A veces pienso lo difícil que sería esta canción en el karaoke, otras veces lo divertido que saldría. Según el ánimo derivo en las canciones originales o ligo con un enlace sugerido: escena de películas relacionadas, el viral del mes, presentaciones en vivo. A veces la asociación se desata y sucede que veo cosas raras: toda una sección de partos, que me hacen pensar en la utilidad de la representación visual de una vagina: es permitida cuando sostiene un régimen específico de producción como es el parto, es prohibida cuando es el objeto de placer sexual. Intento llegar a vídeos que no superen los 6 minutos, para haber visto más de seis vídeos después de la primera hora de visionado. Pienso, en ella, por ejemplo.
Escribo su nombre en el buscador. Aparece un vídeo visto: ella en todo su esplendor, en su mejor versión, haciendo lo mismo de siempre, lo que ya no veo. Pienso que era yo el que llevaba esa cámara, o que puedo llegar a ser. Veo vídeos de ella, saltando y besando a la cámara. Luego de eso vuelvo a Instagram o Facebook, según corresponda. Pienso en ella y en cuán enajenados nos tiene la tecnología, el capital, el patriarcado. Y el amor. Leo: “Nuestra generación no está hecha para los compromisos”. Pienso en ella aunque no lo haya dicho. También pienso en nuestra generación: estamos solos, pero no queremos estarlo, me digo. Pienso en YouTube: los vídeos nos enseñan lo que hacen otros en situaciones difíciles. Nos recuerda que somos tan humanos como los que salen en la pantalla de luz. Pienso en ella y voy al vídeo oculto que tengo para pensar en ella, una vez más. Ese vídeo es mi luz. La luz de una generación no es la esperanza ni la libertad: es la luz de una pantalla que nos aleja, como soltándonos de las manos de los demás en la oscuridad.

viernes, 13 de marzo de 2015

Vidente ciego.


Tiresias, el vidente ciego, fue condenado en los infiernos a caminar errante con el rostro volteado a su espalda. La adivinación era una facultad exclusiva de los dioses, que la poseyera un mortal era una herejía.
            A veces intento adivinar qué será del futuro. Hay cuestiones que aparecen con cierta evidencia: ella reaparecerá, esto no durará, aquello terminará pronto. Para más especificaciones recurro al naipe español: viene montando el caballo galopante, pero con una blanda espada entre sus manos. Pocas copas. Para redondear, comparo con el pasado y obtengo así una fórmula amateur para saber qué será de mí. No hay fallas, aunque la precisión siempre es algo abierto: que ella reaparezca, es algo que sólo puede ocurrir tras el milagroso aparecimiento que significó una noche; que esto no dure es señal del tedio producido por la ansiedad del retorno; que eso termine pronto, es la voluntad de acercar un final ya resuelto. Cuando veo todas esas cuestiones que parecen más o menos obvias en el futuro, caigo en cuenta que ya las tengo decididas hace rato.
            El vidente era ciego, porque no es necesario ver el futuro para saber cómo es que viene.

lunes, 2 de marzo de 2015

Estrella silenciosa.


Una estrella puede iluminar, pero si no es parte de una constelación su luz es tan débil como un susurro en la oscuridad. Un grito en la oscuridad puede ser fuerte, pero si nadie contesta tampoco despertará al más asustado de los animales.
            Sólo tenemos oscuridad y silencio, mas no por eso soledad: los gritos en la oscuridad se responden, la llama que ilumina se aviva. La oscuridad del sol permite el brillo de las estrellas, el silencio de los ruidos filtra nuestros susurros.

jueves, 26 de febrero de 2015

Porno.


Sentarse al borde de la cama y sacarse los zapatos. Mirar la habitación en busca de libros, eso es lo primero: la sombra de las ramas del árbol daba directo en el muro que servía de cabecera, una grulla iluminaba con blanco platino lo negro de las sábanas y un grito desde afuera quebraba la incomodidad de lo obvio. Al borde de la cama, haciendo un esfuerzo superior por que los zapatos permanezcan en el pie.
                Un vaso con agua en el piso, al lado de la cama, anunciaba que dormiríamos. Eso y que yo ya no tenía zapatos. Esperando su galante entrada por el umbral de la puerta, practicaba mi postura indiferente más creíble. Miraba una flor que se abría y se cerraba, esperando su llegada. Sin zapatos, la esperaba. Miraba el vaso con agua que, con toda probabilidad, nos auxiliaría durante la noche. Miraba la ausencia de libros en la habitación.
                Esa noche soñé que nos conocíamos desde hace mucho y que, ya viejos, nos tomábamos una piscola en el bar donde nos conocimos, justo horas antes de que llegáramos a estar sentados al borde de su cama, sin zapatos. No le conté el sueño.

Cuando el color de todos los semáforos es el mismo.


Es un recuerdo vago de la infancia. La niebla iluminada espantaba el miedo. Eso y el silencio me dejaban ir tranquilo a la ventana. Mi tía asumía que mis pasos cortos a las tres de la madrugada tenían por destino el baño, pero no: ya era mi costumbre ir a la ventana y mirar el puente, mirar a través de la niebla iluminada.
                Luces rojas, luces verdes, luces amarillas. Un gris morado blanco en general. La niebla me cubría y era un francotirador mirando entre la persiana. Mirando la niebla iluminada por la madrugada solía descubrir sombras en el puente, sombras que subían y bajaban de los autos. Sombras nocturnas que jamás podrían verme entre la niebla iluminada.
                A ratos, el rostro se me iluminaba con el verde de los semáforos, con el rojo de los autos, con el negro de sus sombras. Miraba nervioso hacia atrás, refregaba mi pie en la alfombra. No hubiese podido inventar algo si me sorprendían mirando por la ventana. Veía una sombra subir a un auto y me giraba: miraba cómo el oscuro techo de la sala se iluminaba alternadamente: roja, verde, roja, verde. Me fijé entonces que los semáforos, a esa hora, estaban coordinados: todos rojos, todos verdes. También noté que las sombras aparecían puntuales faltando siete minutos para las dos y desaparecían impuntuales a eso de las cinco. Verde, rojo. La niebla iluminada y las sombras. Las luces y las sombras estaban coordinadas, parecían ser una, un gran ojo que me miraba.
                Por eso me llaman tanto estas cosas, ¿no ves? Cruzar este puente y que al fondo todo esté iluminado con un solo color verde, con un solo color rojo, despierta mis sospechas de que alguien me observe, nos espíe. Alguien que ve nuestras sombras y disfruta.

lunes, 16 de febrero de 2015

Animales salvajes.


Somos opuestos estelares, me dijo. No sé cómo adivinó, pero en eso radicó todo: en el adivinar. Adivinar es una cuestión humana: el perro sabe dónde está enterrado su hueso, el gato sabe dónde roe la rata. No lo adivinan, nosotros lo hacemos. Ella adivinó: no es tan difícil, me dijo: mal que mal, es conocimiento acumulado por años.
            Eso es el Zodiaco: información acumulada durante miles de años sobre nuestra conducta. No adiviné, me dijo: lo intuí. De hecho, intuyó que contarme su intuición me entusiasmaría a seguir interrogándola. Me contó acerca de los signos, sobre las compatibilidades; me enseñó sobre las constelaciones y sobre los ascendentes; me calculó la carta astral y me reveló secretos propios. Adivinaba cosas sobre mí y pronto sobre nosotros. De inmediato me señaló nuestro final: desde mi balcón te arrojaré tus platos, gritos mediante. Eso predijo.
            Tras la profecía autocumplida, adquirí sus facultades: aprendí a adivinar, pero más allá de eso, aprendí qué significaba adivinar: sus sorpresas por el grado de compatibilidad, el azar de habernos conocido y el milagro de haber conversado durante horas de esa madrugada no eran más que correcciones de una incompatibilidad latente, de un azar forzado y de un milagro coordinado. La adivinación era más bien una invitación: una invitación a comportarnos como los salvajes ancestros que dieron nombre a nuestros signos, ancestros que no eran sino animales.

viernes, 13 de febrero de 2015

Milagro ficticio.


Nos sentábamos en el balcón. La vista era la silueta de la cordillera y el borde de la constelación estelar. De vez en cuando, nos fijábamos en los autos que pasaban por abajo, en la autopista. Muy pocas veces, dotábamos de existencia a los peatones que pasaban por debajo del edificio, siendo habituales aquellos que llegaban a existir producto de su imposibilidad de resistir el vaciamiento del vino de nuestras copas.
            Vimos dos estrellas fugaces, Sin embargo ella vio una que yo no y yo vi una que ella no: nosotros vimos dos, pero yo vi una, ella otra. Ambas noches conversamos sobre lo que significaba “ver una estrella fugaz”: es un milagro, me decía ella; es una ficción, decía yo. Es un milagro, porque Dios decide que veas la muerte de una creatura, un hecho que ocurrió hace miles de años y que transcurre en un instante. Es lindo verlo así, pero la mayoría de las veces lo único que existe de una estrella fugaz es alguien diciendo “¿la vieron?”, le dije yo. Pensaba que era una ficción, porque le mentí decenas de veces con “¡Mira, una estrella!”; “¿¡Dónde!?”, ella. Es una ficción, pero una ficción hermosa que permite a otro regalar un milagro: lo vi solo, pero quiero incluirte en mi milagrosa experiencia. No estaba en desacuerdo con ella, en definitiva. El hallar una estrella fugaz era una acto que podía ocurrir o no, pero que siempre podíamos mentirnos para formar parte de esa experiencia, que no es la experiencia de ver la estrella, sino de disfrutar del hecho de saberse iluminado por su luz. Esa luz es la de saber que otro quiere entregarte esa estrella, no para ti, sino para ambos: que alguien te piense en una comunidad era el punto.
Celebramos nuestro acuerdo con un brindis: ambos creíamos en los milagros ficticios.