miércoles, 14 de febrero de 2018

Ave del paraíso

Es común amanecer y encontrarme con un patio gris, cubierto por las plumas de una desafortunada que vino a caer en las garras de Antígona. A veces, incluso, entre sueño logro capturar algunos de los gritos inútiles de auxilio de esas víctimas naturales, pero nada hago porque, de una manera perversa y oscura, Antígona cumple con unos de mis mayores deseos. Recuerdo esas mañanas, hijas de noches sin dormir, que no hacen más que cargar moralmente la espalda de quienes no seguimos la ruta de los rectos: al volver de un carrete, mirando a todos esos para los cuales el día empieza con el ánimo de un obrero secuestrado, sentía todo el peso de la mirada del mundo, de ese mundo que juzga las fiestas y castiga el ocio; todas esas miradas, siempre, eran coronadas por el himno de las pajaritas cuyo idioma no me interesaría jamás en aprender. Entonces, que Antígona castigue a esas parlanchinas crías de la opresión un deseo realizado, es como la fantasía de toda víctima que sueña con torturar a su torturador. Sentir morir a esos pájaros me hace acurrucarme feliz en un sueño despiadado.
          Sin embargo, esta vez la imagen era otra, era terrible: al salir vi el patio teñido, pero no por el gris; todo era verde, un verde paraíso. Pensé que, esta primera mirada del día, estaba alterada por algún efecto de luz o algún defecto de mi vista aún somnolienta. Pero no: ahí estaba Antígona, con el hocico untado en sangre ajena y unas cuantas plumas, verdes. Me acerqué a revisar, y no sólo eran plumas de color distinto al gris, había plumas de colores nuevos para mí y un poco ficticios: amarillos atardecer, rosados leche, azules como la camiseta del Inter de Milán, rojos teñidos por la sangre del conflicto, dorados y algunas plumas cuyo color mutaba a cada mirada, como si de un arcoíris temporal se tratara. Esas plumas de muchos colores y tamaños, me hicieron pensar en lo peor. 
          Había leído alguna vez que la muerte de ciertas aves traía los peores males a sus victimarios, lo leí en los relatos de algún europeo que, durante el siglo XVI llegó a las américas con el afán de cazar a los animales nuevos y mostrarlos en el viejo mundo. Mataba despiadadamente lo que fuera, cargando los cadáveres en sacos transportados por indígenas esclavizados mientras andaba por paisajes selváticos. Contaba que, incluso, llevaba algunos indígenas de menor tamaño entre sus ejemplares. Una tarde, secundado por sus transportistas, el cazador dio una flecha limpia en la cabeza de una ave larga, una ave de múltiples colores, cuyas plumas variaban de color según la luz. Los indígenas intentaban decirle algo, antes de salir corriendo, pero el cazador no se inmutó y fue por el cuerpo sin vida del ave, momento en el cual los cadáveres de panteras, jabalíes, pájaros y serpientes cobraron vida por última vez para vengarse de su asesino.
          Así me sentía, mientras Antígona jugueteaba con la cabeza del ave del paraíso descuartizado en mi patio.

sábado, 10 de febrero de 2018

6

Estrella distante de Roberto Bolaño es un libro muy presente en mi día a día. Es un libro que me he comprado unas 7 veces, porque me parece un perfecto regalo para quienes he tenido el placer de conversar sobre arte. Desde que lo leí, su capítulo 6 me parece un objeto de perfecto acomodo para comenzar a conversar sobre los límites entre arte y moral, entre transición y dictadura, entre Chile y otra cosa, entre civiles y militares, entre poetas y escritores. Me parece un escrito, ese capítulo 6, fundamental. Tanto así que suelo recurrir a él para decir cosas. No recuerdo muy bien el resto del libro, particularmente ese capítulo. Es por eso que regalo el libro y me quedo con el puesto vacío en mi biblioteca. Cada cierto tiempo pienso que es un libro, o un capítulo, especialmente cinematográfico, tanto así que ya llevo algunos años trabajando en un guión e imaginando cómo sería llevarlo a cabo con un amigo. He logrado imponer la idea de sólo filmar ese capítulo, porque el resto del libro es más bien literario, no cinematográfico con el 6. Camino a casa de ese amigo hay un puesto que vende libros y algunos son evidentemente falsos. El puesto de libros me llamó por mucho tiempo la atención ya que en su escaparate, en un lugar privilegiado, exhibía sus alas nada más y nada menos que Estrella distante. Ese ejemplar azul marino con el rostro de un águila calva en un cuadrado centrado que imprimió la editorial Anagrama. En períodos en que contaba con mi ejemplar (original) me reía de aquella copia (falsa), pero en el período contrario, de ausencia del libro en mi biblioteca, pensaba en adquirir el falso (a menos de un tercio del precio del original). Pensaba que sería divertido tener el falso, por una parte porque sería el único libro falso en mi biblioteca, y por otra porque no podría regalarlo, siendo ese el ejemplar definitivo.
          Esta tarde, tras muchos años, me acerqué al puesto y pagué a la vendedora el módico precio. Ahora en mi casa lo abro y me fijo que, digno de Bolaño o no, el libro no trae el capítulo 6. están el 5 y el 7, y todo el resto del libro, con excepción del capítulo 6.

viernes, 9 de febrero de 2018

90s - Ser feliz cuando no llueve

A
Lo queramos o no, lo busquemos o no, llega ese momento en que uno ve envejecer a su madre y recuerda con alegría la primera década en la que acumuló memorias. En lo particular, mi primera década es la última antes del milenio, un mundo lleno de imágenes poco nítidas que con el pasar de los años se harían cada vez más claras hasta que todo se volviera tan aburrido como predecible. Me gusta mirar esos VHS con programas grabados desde la tele, donde los luchadores que hoy aparecen como leyendas eran los jóvenes cuyos rostros adornaban la mayoría de las poleras del barrio, o donde jugar a la pelota en la calle al ritmo de los autos que suspendieran el partido era una posibilidad real, o donde pasar una tarde completa jugando Super Nintendo era lo máximo que se podría desear. Tengo esos recuerdos, de grabar Los Simpsons y decidir si borrar un capítulo valía la pena por aquel que iban a dar en la noche (porque $990 no era un valor que pudiéramos pagar como si nada por un VHS virgen); de elegir ser siempre Italia y jugar contra mi hermano (Holanda) una clásica tanda de penales; de azotar el joystick contra el suelo por no poder superar esa etapa del Donkey Kong. Recuerdo obligar a mi hermano a jugar cartas Pokémon y pedirle que me llevara a los torneos, en los que sería humillado por jugadores que me triplicaban en edad. Recuerdo esas tardes de calor seco que se mojaba sólo con las bombitas de agua que no se reventaban contra la carne expuesta de dos niños, ese plástico que se dilataba a la par del dolor del pecho. Mientras tanto sonaba 4 Non Blonde en la radio de mi hermana, una banda que siempre olvidaré su nombre, pero lo recordaré luego. Esos recuerdos no son esencialmente buenos, sino neutros, no son particularmente felices: simplemente son el paisaje de todas esas tardes, que son las mismas tardes que ahora, pero sin el peso de saber que todo eso es como una foto en movimiento que enrolla ese extraño espacio que hay entre los recuerdos y el corazón.

B

Mirando desde ahora, vivíamos en un jardín delicioso: dos árboles se daban las manos por sobre nuestras cabezas y fuertes pilares sostenían la terraza que nos salvaba del sol. El tiempo no existían, por lo que el aburrimiento era la principal fuente de movimiento de nuestros cuerpos. Un verano particularmente productivo, en que el aburrimiento fue el déspota tirano de nuestra imaginación y la TV fue el peor aliado que pudimos conseguir, inventamos cientos de juegos: si mirábamos los árboles que se daban la mano por sobre nuestras cabezas desde cierto ángulo, bien podía convertirse en una red de voleibol; así también, cuando mirábamos desde doce pasos esos pilares celestes, claramente formaban un arco de fútbol. Unas sillas de madera podrían proporcionar la madera para construir armas y usarlas en el marco de una coreografía estilo Gladiadores Americanos; billetes falsos (pero muy realistas) que tuve que imprimir para el colegio, eran el perfecto insumo para bromear a los vecinos que pasaran por fuera de nuestra casa.
          Una tarde tomamos unos de esos billetes y los dejamos en la entrada, tan distantes como un brazo extendido, todo hiperprotegido por el Lucky, nuestro feroz pastor alemán. Desde lejos, desde la casa, mirábamos los billetes y cómo los vecinos que se percataban los deseaban como Homero a la Venus de Milo. Sin esperar nada, mirábamos por horas esos billetes. Los pájaros se posaban en el limonero del jardín y nuestro perro iba de un lado a otro acompañando a cada quien pasaba frente a él. No esperábamos nada, cuando un vecino que ya había pasado volvió con una bolsa. En ese momento se nos abrieron los ojos y el aburrimiento fue interrumpido porque sabíamos que venía algo para recordar en un futuro que no sabíamos que existiría: recordamos que el viejo ya había pasado y que se había detenido un rato, mirando a Lucky, como estudiando sus movimientos, como calculando algo. Volvió el viejo con una bolsa, una bolsa con carne. Y ahí lo entendimos todo, porque había calculado que su mano llegaba, aunque con esfuerzo a los billetes, pero también calculó que el perro le arrancaría la mano si intentaba hacerlo sin distraerlo. Así que fue a comprar la carne, porque seguro que había calculado que esos billetotes valían 10 ó 20 veces lo que gastaría en carne para distraer al cancerbero. Y es como, casi persignándose, tentó a Lucky con la carne y lo tiró lejos de los billetes, para ir rápidamente a los billetes. Tiró la carne, corrió a la reja, largo la mano, y alcanzó los billetes justo cuando Lucky, tras haber tragado el corte completo, corría veloz para arrancarle la mano al viejo cuyo destino estaba cocinado por la divinidad que castigaba a los codiciosos. Saca la mano, evita el mordisco de Lucky, sonríe, celebra, mira los billetes y se da cuenta de la tragedia, como Edipo, pero sin sacarse los ojos. O casi.

jueves, 25 de enero de 2018

Leer en la espera.

*

Leer es esperar, esperar una chispa que puede no llegar. Una chispa que nace de la más mínima anécdota y nos obliga a tomar con fuerza el hilo de todas esas horas que, de cualquier manera, serían horas botadas al tacho de la basura. Mi abuela que contaba que la suya siempre le quitaba los libros al son de un reproche: «leer es para holgazanes». Era una época en que ser holgazán era mal visto y la cultura era lejana de los campos. Pero mi abuela —algo que, probablemente me heredó— era una holgazana. La veía mirarme mientras yo leía y algo en su gestualidad me hacía interpretar esas miradas como las de su abuela, porque al final uno siempre se pone del lado de los reprochadores, uno siempre termina por entender a quien le da un reproche. Y es que dedicarse a leer es una maldición, porque no hay progreso, no hay autos deportivos ni chaquetas de cuero, a menos claro que uno lea para. Hay los que leen para aprender a arreglar vehículos, hay los que leen para cocinar ciertas recetas, hay quienes leen para enamorar al ser amado. Pero leer como mi abuela, sin un para, es una maldición, porque uno se siente como el gato que duerme todo el día, no como fin en sí mismo ni como medio para obtener otra cosa, sino que duerme para demostrar al resto que puede dormir.

*

La casa, construida por mi abuela ladrillo a ladrillo, era un cubo de dos pisos. Una casa pequeña en un barrio pobre, antiguo y digno. Era una casa azul, con una escalera externa de pasamanos blancos. La ventana de mi habitación daba al patio: una simple carpeta de pasto verdoso de la misma extensión que la altura de la casa, en cuyo centro florecía una modesta fuente donde ningún pájaro se atrevía a aterrizar, dada la abundancia de gatos. El tiempo que dediqué a leer los Pensamientos de Pascal coincidió con la participación de cinco gatas en nuestra reducida vida familiar: dos eran hermanas, las otras tres eran hijas. Electra era madre de Medea, Lavinia y Edipo; Antígona, hermana de Electra, fue esterilizada a tiempo para no dar a luz. Mi abuela, quien cursaba la plena juventud de la vejez, me decía que eran las reencarnaciones respectivas de su madre, sus hermanas y su hijo mayor. Yo no me reía de esas creencias, porque cada vez había más detalles para fortalecer esa tesis. Mis tardes pasaban entre mirar libros y desviar la vista para observar el jugueteo de los gatos, ya sea entre ellos, contra algún ave que volaba bajo, o produciendo el tormento de alguna inconsciente lagartija. El sol se enfocaba en sus barrigas, haciendo parecer que la vida les pasaba con alguna razón. Muchas veces, por cierto, yo me sentía igual a ellas: leer era mi invento para decir que el día fue provechoso.

*

Hay tardes en que no leía por intentar descifrar las relaciones entre las gatas. La enemistad fraterna entre Electra y Antígona era evidente: ninguna abandonaba la casa, pero si se topaban de frente, irse a las garras era inevitable. Las otras tres apoyaban a su madre, hasta cierto punto, porque eran sometidas al igual que su tía. Electra era la más grande de las gatas, Antígona la más liviana. Sus rutinas se repetían con persistencia, aunque con un margen necesario de innovación: comían cerca de la fuente, bebían de ella; intentaban cazar algún pájaro desprevenido; se subían, de a una, al árbol del fondo; dormían barriga al sol; comían nuevamente; subían al techo de la casa. Cuando estaban en el techo, sobre mí, perdía el hilo de mis análisis, por lo cual siempre mi observación sería oscura en ese punto. Antígona era, para mi análisis, una especie de protagonista. Por una parte encarnaba a mi madre, según mi abuela; por otra, era la única que me visitaba y se sentaba en la ventana, mirándome como yo leía. La quería, porque me miraba gratuitamente, y yo la acariciaba, también gratuitamente. A veces, bajaba con ella en brazos, para sentarnos al sol y descansar de nuestros roles de lector-holgazán y gata-observadora.

*


Las prácticas de Antígona eran simples y rutinarias, por lo que aquella mañana en que no llegó a comer fue como recibir una carta negra. Fue una larga tarde, pensando en si volvería o no. Pensando en que volvería, pero preguntándome por qué no llegaba, por qué no vino a comer, por qué no vino a tomar el sol. Me preguntaba hasta cuándo debía esperarla, si debía salir a buscarla. Los gatos van y vienen, no puede tenérselos amarrados, saltan techos y abandonan sus hogares si encuentran otro. Me preguntaba hasta cuándo debía esperarla, si acaso debía seguir leyendo y, simplemente, llegaría se posaría en el marco de la ventana y me miraría leer. Me preguntaba si llovería, porque esa tarde se nubló, si acaso debía esperarla o salir a buscarla. Antígona era una gata cariñosa, no como las otras cuatro, por lo que era raro que no haya bajado a la fuente durante todo el día. No lo había hecho, y me preguntaba si debía hacerme de la idea de que ya no volvería o no. Si acaso la atropellaron, si acaso la secuestraron, o si está atrapada en un árbol o en un entretecho. Pensé subirme al techo a mirar, pero no sabía si debía hacerlo: la verdad es que no quería alarmarme, ni alarmar a las demás gatas, ni a mi abuela. No quería hacer del tema un problema, para que luego Antígona llegara y todo hubiera sido en vano. Desde mi ventana veía a Electra sentada en la rama del árbol, a Lavinia durmiendo abrazada con Medea, mientras Edipo las miraba. Todos eran nombres sugeridos por mi abuela, personajes de sus tragedias favoritas. La rutina de Antígona era fuerte y que no haya vuelto marcaba una ruptura inevitable en el día: el día se volvió una especie de paréntesis, un día en suspenso, esperando un final que quizá no llegaría. Llegó la noche y Antígona aún no llegaba, lo que hacía el asunto más raro. Antígona tenía un collar negro con perlas plateadas, que combinaba con su pelaje mezcla de blanco y negro. Me quedé toda la noche mirando hacia la oscuridad, a ver si brillaba alguna de las perlas, o si su pequeño cuerpecito se posaba en mi venta. No había leído en todo el día, y pensaba no hacerlo hasta que volviera, si es que volvía.

miércoles, 24 de enero de 2018

Extracto de "Discursos de los no vencidos"

Traducción de Nicolás Ried.

El poeta ya lo dijo: la corona laureada no llega cuando nos sirve para seducir a la dama de labios morados, sino cuando es inútil, en la vejez, como si fuese tierra arrojada en el rostro por nuestro propio sepulturero. Y puede que, incluso en ese momento, la Fortuna nos siga siendo esquiva: hay quienes celebran la derrota, para aparentar desinterés; como hay quienes la persiguen de frente, intentando seducirla con determinación.
          Ya lo dijo el canciller: Fortuna sólo guiña el ojo a los preparados. Los virtuosos se preparan toda la vida para un momento que no llegó; los suertudos no saben abrir el cofre que conserva su divinización. Pocos son los que pueden parar el rayo que los sepulta para erigir a un costado de su cripta el monumento más duradero que el bronce.
          Es que hay veces en que, como decía el campeón, dos pasos hacia atrás significan luego tres hacia adelante. Hay veces, claro, en que una derrota no es más que eso. Eso es lo que ustedes, jóvenes, deben evitar: creer que sus derrotas son victorias simbólicas, triunfos secretos o ganadas malinterpretadas. 
          Como escribió el filósofo: a veces, la mejor manera de ganar es dejarse vencer. Pero hay que estar atentos, porque nunca hay que perder de vista lo más evidente: el que se deja ganar, pierde. Celebrar íntimamente una derrota no es sólo engañarse, sino mentirle a la Fortuna.
          Hay vencedores, hay vencidos. Lo importante es entender que unos y otros son simples roles en un gran teatro de moribundos y reyes, de sirvientas y guerreras, de perros y pájaros cantores. Porque hay vencedores, hay vencidos y, al fondo, están los no vencidos. Son esos últimos los que entienden el valor de ser rey, perro y sirvienta a lo largo de una misma noche.

lunes, 17 de julio de 2017

Extracto de "Breve colección de historias sobre la tristeza".

Selección, traducción y notas por Nicolás Ried.

[Nota del Traductor: Esta selección corresponde exclusivamente a capítulos contenidos por el libro tercero de "Breve colección de historias sobre la tristeza", conocido como "Libro del amor".]

64. De la actriz extranjera que fue retratada por un pintor durante tres años. La actriz debía interpretar a una mujer triste, pero ella era feliz. La felicidad de la actriz se debía a su dichoso amor. El pintor vio la obra sobre la mujer triste y notó que la actriz no la representaba bien porque ella era feliz. El pintor se acercó a ella y le preguntó por su felicidad, a lo que la actriz contestó con una bella historia de amor. Ambos se hicieron amigos y el pintor le ofreció retratar su felicidad. Cuando el pintor iba a retratar a la mujer en su taller, ella apareció en el umbral de la puerta con la misma tristeza de los árboles en un bosque en llamas. La tristeza de la mujer, que era similar a la del personaje que interpretaba, se debía a la muerte de su amado producto del mortal veneno de un ave infernal. El pintor quería retratar la felicidad de la mujer, pero se conformó con retratar su tristeza. La actriz aceptó el retrato, a pesar de su estado. El pintor chocó con el problema de los colores, pues no hallaba la pintura precisa para retratar las lágrimas de la actriz, por lo que sus sesiones se resumían en conversaciones sobre el amor. Esto fue así durante tres años, con interrupciones debidas a las giras de la compañía de la actriz. Finalizados esos tres años, durante un verano, la actriz no llegó al taller del pintor y él supo que ella había muerto, lo que le permitió terminar el cuadro.

65. Del cuadro que el pintor hizo sobre la actriz. Una rica viuda portuguesa visitó el taller del pintor, una vez que este ya había muerto. La viuda no pudo más que fijar sus ojos en la obra que retrataba la profunda tristeza de la actriz y se puso a llorar. Sus sirvientas, que eran seis, nunca habían visto llorar a su señora e imitándola lloraron. El gestor del taller que dirigía la visita de la viuda miraba esta escena desde lejos: una actriz que actuaba un llanto en un cuadro, una mujer rica que lloraba por ver el llanto de la actriz y seis sirvientas que simulaban un llanto por cariño a su señora. El gestor lloró.

66. Del llanto que el gestor nunca olvidó. La viuda no compró el cuadro de la actriz porque no podría haber soportado mirarlo más de una vez en su vida y el gestor la entendió. Pocos meses después, el gestor se enteraría por los labios de una de las sirvientas que la viuda había muerto, y que antes de morir recordó el cuadro de la actriz y mencionó el nombre de su difunto marido. El gestor recordó a la mujer llorando frente al cuadro de la actriz y pensó en el cuadro que se encontraba en el taller que ya no visitaba. Esa misma tarde fue al taller, que quedaba fuera de la ciudad, y al entrar notó el vacío en el muro: entre los cuadros de plantas que el pintor habituaba a realizar, había un espacio vacío y era el espacio donde estaba el cuadro de la actriz. El cuadro había sido robado, pues la ventana más alta del taller estaba rota y el gestor lo notó. El gestor se dirigió ante el espacio vacío y lloró.

67. Del gestor que se convirtió en pintor por gracia del trabajo. El gestor miró el espacio vacío que dejó el robo del cuadro de la actriz que lloraba y un pájaro infernal se posó sobre sus hombros, produciendo en él una tristeza tan profunda como la que estaba en el cuadro que ya no estaba ahí. Con el tiempo, la tristeza se hacía más grande cada vez que el gestor intentaba recordar cómo era el cuadro: cuál era la posición de la mano derecha de la mujer, cuál era la forma de la lágrima que rodeaba su mejilla izquierda, cuántos pétalos tenía la rosa que adornaba su vestido. Una nube de preguntas oscurecía el cielo del gestor y permitía el aterrizaje de los pájaros en su hombro. El gestor dejó su trabajo y cayó en una profunda tristeza, de la cual sólo pudo salir una vez que decidió hacer una reproducción del cuadro, tal como lo recordaba. Primero, el gestor tuvo que aprender a pintar, pues nunca había estado frente a un lienzo en blanco. Revisó el antiguo libro de pintura que estaba en la biblioteca de los sabios, pero también leyó algunas historias sobre la tristeza.

67.1. De una de las historias que leyó el gestor en la biblioteca de los sabios. Se atribuye a los pájaros infernales la facultad de terminar con una vida, siempre que no haya una razón para que esa vida termine. Cuenta la historia que un pájaro, aburrido de no conocer nada de las vidas con las que acababa, bajó a la tierra y escuchó los llantos de las personas. Muchos de los humanos, se fijó el pájaro, decían llorar por causa del amor y pedían que su vida terminara. Al pájaro no le pareció malo cumplir con el deseo de esas personas y picoteó el corazón de los tristes que sufrían por amor hasta que morían. Así, el pájaro terminó con vidas a lo largo de tres años, a pesar de la prohibición existente sobre terminar con vidas teniendo en consideración una razón. El pájaro conoció muchas historias de amor, de diversos contenidos y características, pero siempre tenían en común un amor que se rompía, una conjunción que se desligaba, dos que eran uno y que volvían a ser dos. Pero una vez el pájaro escuchó a un joven y su llanto era causado por un amor que no podía ser, un amor no correspondido, un uno que no podía dejar de ser dos. Pensó el pájaro que este caso no era igual al de los amores que se terminaban, pues este era un amor que no comenzaba. Por eso el pájaro no picoteó el corazón del joven, sino su estómago.

68. De la pintura que el gestor hizo y de lo que hizo con ella. Tras tres años de estudios y ensayos, el gestor quedó conforme con la reproducción que hizo del cuadro de la actriz que fue robado del taller. Su conformidad no se debía a la similitud con el cuadro original, sino a que el cuadro consiguió dar cuenta de la tristeza tal como él la imaginaba. Más allá de la apreciación del gestor, la pintura guardaba un profundo parecido con aquel que el pintor hizo mirando con sus ojos a la actriz; de hecho, la selección de colores y el uso más liviano de sombras por parte del gestor, hacían que este segundo cuadro retratara de manera más fiel a la actriz. De eso, sin embargo, el gestor jamás se enteraría. Con este orgullo, regaló el cuadro a su mujer, una mujer mayor que él. Ambos podían contar una bella historia de amor, por lo que a la mujer le produjo tristeza cuando se enteró de labios de su amado de la historia de la actriz. Transcurrieron tres meses exactos desde que el gestor colgó el cuadro en su casa para que su mujer muriera de causas inexplicables. El gestor atribuyó al cuadro la muerte de su amor y lo vendió a un precio muy bajo a un extranjero. Al poco tiempo, el gestor ser colgó de un árbol y murió.

69. Del salón que compartieron ambas pinturas. Por azar, el comprador del cuadro que pintó el gestor era quien, hace unos años, había comprado el cuadro robado que hizo el pintor sobre la actriz. Sin conocer la historia verdadera de ninguno de esos cuadros, el comprador los puso uno al lado del otro, porque guardaban cierto parecido entre ellos. El salón que adornaban ambos cuadros fue bautizado por su dueño como el “salón de la alegría”, ya que en un gran baile que ahí se realizó conoció al amor de su vida, una actriz muerta que nunca le correspondió su amor, pero que lamentablemente murió de tristeza por perder a su amante.


[N. del T.: La palabra para “pájaros infernales” se escribe distinto pero se pronuncia igual que la palabra utilizada para “amor”, la cual a su vez comparte raíz etimológica con la palabra utilizada para referir a una pintura.]

viernes, 14 de julio de 2017

El día más frío del año.

Era el día más frío del año. Anunciaron nieve en la plaza Italia y la gente estaba expectante, con cierto grado de miedo porque acá nunca nieva. Yo no tenía frío, porque estaba caminando y me iba a encontrar contigo. La primera vez que nos vimos me dijiste que te gustaba el karaoke y tejer, eso sumado a tus lentes explosivos y tus cejas rebeldes, supe de inmediato que tus besos sabían a revolución. Desde ese día de mayo, no pude dejar de imaginarte en cada conversación con algún desconocido: pensaba en qué dirías aquí o en cómo te hubieras vestido si fuéramos pareja en esta pista de baile. Pensaba en cómo verías sin tus lentes o si era verdad que te gustaba tejer. Pensaba mucho en ti, incluso el día más frío del año.
          Desde ese día de mayo, que fue hace varios mayos, no había dejado de hablar de ti. Sentía que tejí con tu recuerdo un palacio invernal que nadie me creía que existiera. Un palacio fascinante que se derrumbó a penas te vi a lo lejos de nuevo. Sólo quería probar el sabor de tus besos, de confirmar esa revolución y detener el reloj de la historia que nos separaba incluso el día más frío del año. Nos saludamos un poquito y nos reímos de la gente sugestionada: no hacía tanto frío, pero la gente actuaba como si fuera el día más frío del año. Una madre llevaba a su hijo envuelto en tantos abrigos que después nos dimos cuenta que había olvidado al hijo en su casa y caminaba por el parque cargando un montón de parkas, bufandas y guantes que no protegían a nadie de ningún frío. Nos reímos y sentimos un viento en la cara. Nos tocamos las manos y comparamos temperaturas. Nos pasamos el calor, el poco calor que teníamos, compartiéndolo sin ningún fin más que seguir el guión del día más frío del año.

          Pronto nos refugiamos y mirábamos desde la ventana cómo la gente iba caminando cada vez más lento por las calles iluminadas por un sol bajo cero. Veíamos cómo las personas, que parecían muñequitos de plasticina, se iban deteniendo, cada vez más lento, hasta que se congelaron. Nos asustamos. Aunque en verdad yo estaba contento, porque el mundo congelado sería una buena excusa para probar un primer beso con sabor a esa revolución que rompería todos los hielos del mundo. Un cariñito que mostrara la gran mentira del día más frío del mundo.

lunes, 3 de julio de 2017

Foto de chocolate.

Esos lentes gruesos que perdiste una noche estaban cubiertos de chocolate. Tu sonrisa de labios secos que me gustaba lamer también derramaba chocolate. Tu cuello blanco estaba negro y mi chaleco amarillo también. Esa tarde te presté mi chaleco, porque hacía frío, y decidiste mancharlo con todo el chocolate de tu casa. Recuerdo esa tarde, la recuerdo como un espectador feliz. Querías sorprenderme cocinando un brownie y tu hermano chico asomó por la ventana. Siempre sentí que querías sorprenderme, aunque yo no lo necesitara: si me hubiesen sacado una foto en ese momento, yo estaría empapado de ti, como tú del chocolate. En el fondo, no sabías preparar el brownie, así que usaste el chocolate como excusa para arruinar el plan: me autoboicoteo, decías siempre. Pedimos una pizza, recuerdo. Una pizza con choclo que nos gustó más que el hipotético brownie. Llevábamos poco tiempo dándonos besos, y por costumbre lo hacíamos a escondidas. Éramos chicos y nos gustaba creer que esa pequeña historia podríamos escribirla algún día. Una historia pequeña llena de otras historias aún más pequeñas. Un conjunto de breves anécdotas sobre libros, sexo, cine, mentiras, juventud y chocolate.

          Miro que esta foto es tu primera foto de perfil en Facebook, lo cual nunca entendí como una declaración de amor, más bien como parte de tu estrategia de purga. Me produce ternura esa tarde de chocolate, aunque tristeza el hecho que esos labios secos ya no existen. La última vez que nos vimos debí haberte pedido esa sonrisa, pero no lo hice. No lo hice porque en la foto hay una verdad irrepetible, una verdad de chocolate.

lunes, 26 de junio de 2017

Mi gata Antígona, o sobre el comunismo.

A primera vista, es una masa blanca y negra. Una masa llena de ojos, con algunas manchas negras que forman pequeños continentes. De esos continentes, a veces, se descuelga una pata, con pequeñas garras. Algunos colmillos aparecen luego los continentes alternen su color entre blanco y negro. Los ojos azules se turnan con los verde. Un revoltijo silencioso de pelo, con continentes, uñas y dientes. Un revoltijo se separa de otro y dejan de ser esa masa unitaria. Ahora son dos o tres. Cinco. Cinco masas, cada una que aparece diferenciada de la otra, tan diferenciada que nos damos cuenta que ya no hay continentes negros en lo blanco, sino que cada uno era un continente, separado e individual. 
          Era una masa innombrable, sin límites. Casi una herejía que no podía ser bautizada. Ahora, en cambio, aparece la Historia misma en sus límites. Podemos empezar a imaginar rostros en lo que era simplemente una aberración ominosa. Lo indecible se transforma en lo nombrable, se transforma en un conjunto de nombres que la Historia misma dio a luz en más de una ocasión: ahí están Antígona y Electra, como guardianas de la individualidad de esas masas; Apolo observa quito, como una de sus representación; Juana, en honor a la santa de Orléans, se confunde con otra de las herederas del destino. Cinco rostros que aparecen en la forma de cinco animales.
          De esos cinco animales, la única que me devuelve la mirada es Antígona. Desde una pequeña cueva, su mirada trasciende la oscuridad. La cueva amplifica el maullido y anuncia un cierto lazo que cubrirá un saludo. Un saludo y ya es una gata. Saludar a un gato significa ofrecer un lenguaje que, de ser respondido, será común. Será como comer del mismo plato o dormir la misma siesta. La misma mancha, los mismo dientes, las mismas uñas. De manera suave los límites se confunden y una mano ya no es más que una garra. Al revés. No hay manera ya de definir una diferencia.
          Cualquier ruido interrumpe esta relación y el algodón se disuelve en agua. Una especie de espiral confunde el tiempo con la mirada, con un beso. Todo se convierte en un salto suicida interrumpido que se acumula en la Historia y arrumba esos nombres. Todo termina de golpe con la interrupción, que puede ser un pájaro o una sombra. Todo se agota y vuelve a ser mi gata, Antígona.
          La veo dormir y reconozco que somos distintos, que no somos lo mismo, no estamos en lo mismo. Y me entristezco al pensar que en la vida solo podemos vivir de a uno. Me avergüenzo de esa tristeza y me siento en el banquillo de los nostálgicos para decirme en voz alta: “No hay nada que hacer”.

          Lo que verdaderamente me entristece es que, a primera vista, ya no somos una masa: somos una suma de puntos finales.

martes, 7 de febrero de 2017

Tenis.

Un recientemente editado libro con ensayos de David Foster Wallace, El tenis como experiencia religiosa, me ha reconciliado con el deporte blanco. Y “reconciliado” es la palabra con la que DFW consiguió cautivarme. La utiliza de manera vistosa en dos momentos de su segundo ensayo, Federer, en cuerpo y en lo otro, donde sostiene que el tenis representa una “belleza cinética” que nos muestra de manera efectiva la bendición de tener cuerpo ante la la maldición de padecerlo: nos reconcilia con el hecho de tener un cuerpo al mostrarnos la belleza de movimientos dibujados por las deidades del tenis, en específico Roger Federer. La segunda vez que utiliza la reconciliación como objeto de belleza es a propósito de la inspiración que los jóvenes talentos pueden obtener de Federer, quien vence a la brutalidad y la fuerza del tenis moderno con la sutileza y elegancia de una divinidad: esta experiencia es reconciliatoria entre nosotros y el uso de nuestros cuerpos, es el paso del dolor al éxtasis.
          Una reconciliación está precedida por un momento de separación dramática. La figura de esta separación es la del gesto de rotar la cabeza, cerrar los ojos bruscamente y abrazar la cabeza con un brazo para anular definitivamente la vista de lo que tenemos al frente, a la vez que alejamos ese objeto con un brazo extendido. Ese gesto tiene por objeto una imagen atroz, pero que sólo fue atroz de manera repentina, o más bien: siempre lo fue, pero caímos en cuenta de su asquerosidad en el acto, como sería estar comiendo bichos y caer de cuenta mientras el bolo alimenticio baja por la garganta. La reconciliación del cuerpo que sugiere DFW está dada por el hecho de tener un cuerpo y padecer todas sus cargas, como son el dolor, el paso del tiempo o la torpeza, pero contemplar su belleza un instante (en lo que el autor llama “Momentos Federer”).
          Mi reconciliación está dada por el hecho de no haber conocido a mi padre sino hasta que era mayor de edad, pero a la vez haber vivido una infancia en que él estaba presente de manera imaginaria por la vía del tenis. Mis cumpleaños se destacaban por pelotas de tenis y raquetas Dunlop que estrenaba con mi hermano (que no es mi hermano en estricto sensu, sino lo que un angloparlante se daría en llamar “bro”, dado que no tenemos vínculo biológico más que el de primo/tío en quinto grado), jockeys y muñequeras Nike que me hacían sentir un mini Sampras, o afiches de Agassi autografiados. Sin haber visto nunca a mi padre, sabía que él era una autoridad en tenis. Era el director de la revista más importante de tenis en el país, precisamente en el momento en que el tenis fue el deporte que mayor interés suscitaba gracias a Marcelo Ríos. La revista llamaba enormemente mi interés, tanto por los nombres que en ella aparecían (Mark Philippoussis, Serena y Venus Williams, John McEnroe, Pete Sampras, Leyton Hewitt, Martina Hingins, Boris Becker, y otra veintena) y que me producirían un ruido instintivo hasta la fecha, como también por el hecho de que alguien pudiera levantar una revista por sí mismo. Eso motivó a que de niño mi juego favorito fuera el crear libros o revistas, pero también el hecho de saberme cercano al tenis. Lo anterior, se coronaba con que mi hermano -diez años mayor que yo- se volviera un fanático del tenis. Mirar tenis los fines de semana por la mañana e ir a jugar a una cancha pública por las tardes nos hizo matar el sol que quemaba sobre nosotros. Yo jugaba con las raquetas que mi padre encarnaba y me sentía bendecido por un misterioso talento innato.
          Sentía que el tenis era el fruto que el árbol de la genealogía me daba. No conozco si acaso sufro algún déficit producto de la ausencia paterna, pero sí la figura paterna fue reducida a pelotas, raquetas y nombres. Muchas veces confirmé el mito que mi madre me relataba sobre el padre por fuentes indirectas que me relacionaban a él sin que yo dijera mucho sobre el tema. Extrañamente formé amistades con hijos e hijas de amigos suyos que no pudieron sino subrayar el asunto. Y como asunto, no podía sino transformarse en un issue juvenil que estallara en un desprecio por el símbolo del tenis. Y el tenis, junto con desaparecer del mapa nacional, desapareció de mi campe semántico. Desapareció con el gesto previo a la reconciliación que bien podría ser descrito como un trauma, pero más justamente debería ser catalogado como un resentimiento.

          Y es la quirúrgica, microscópica y obsesiva escritura de DFW la que estimula mi mirada reconciliatoria (porque DFW escribe como si tuviera una enfermedad en el cerebro que le impide olvidar detalles). Es DFW el que logra hacer del tenis un deporte, a la vez que un objeto contemplativo. Ya no es ese templo sagrado y elitista que pocos aprecian por sus formalidades ridículas, y tampoco es el recuerdo vergonzoso de sentirme en un Grand Slam que resultaría ser falso, sino que es un bello conjunto de experiencias que pueden ser descritas, con lo cual puedo voltear la cabeza, abrir los ojos y bajar los brazos para mirar de frente en YouTube los mejores puntos que Federer le convirtió a Nadal en cancha de pasto.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Extracto de “Manual para afrontar el cielo y el fracaso”.

Traducción y notas por Nicolás Ried.

I

La expresión japonesa “Nintendo” (任天堂) sintetiza de manera espléndida nuestro objeto de estudio: “Deja tu suerte al cielo”. El cielo, fuente de calor, luz, estrellas y avistamientos poco serios,  es también la fuente de todo fracaso. 

[…]

[Nota del Traductor: El pasaje II no sobrevivió al incendio que afectó a la biblioteca que contenía el único ejemplar de este manual. Por referencias externas al presente, sabemos que este segundo pasaje hacía referencia al calor y cómo se diferenciaba de otros tipos de energía provenientes del cielo, como por ejemplo la luz de los planetas y las estrellas. También contenía una breve referencia a la luz proveniente de los ojos de los muertos.]

III

El calor, en nuestro caso, no es un mal que destruya específicamente tus intenciones desde el cielo: no es el antiguo rayo de Zeus que, forjado por los cíclopes, tenía escrita tus iniciales en su punta y acabaría con tus deseos desde su origen hasta su esplendor. El calor es esa forma de destrucción lenta e imperceptible que, después de un tiempo, provoca que sea olvidada como destrucción y sea recordada como un antiguo monumento a lo triste de nuestros tiempos y que nunca fue de otra manera. 

IV

Y es por eso que ya no tenemos el mismo cielo que el de los amantes que se regalaban constelaciones o el de los líderes que proclamaban que, ante el cielo, éramos todos iguales. Nuestro cielo ya no nos entrega constelaciones sino OVNIs: la constelación, pétrea y sempiterna, permite la guía de los navegantes, de esos que sin tener un rumbo viajan en busca de tierras inexploradas; el OVNI, en cambio, es la prueba del fracaso de la suerte proveniente del cielo, ya que en una mezcla entre contaminación lumínica y falta de imaginación, se nos aparece una luz que vacila de aquí a allá mostrándonos que ya no hay astrología posible. El OVNI viaja de un lugar impensado para decirnos que somos un lugar que no es digno de ser visitado, como si el rayo de Zeus se arrepintiera de destruir nuestro destino. El OVNI es la prueba de que en el cielo no hay suerte, al menos no hay buena-suerte. Porque, claro, que los cíclopes hayan forjado el rayo que destruirá tu vida habla de un tiempo divino que fue utilizado en tu contra, de una declaración de dignidad por parte de los dioses, algo que el OVNI no se da el tiempo. [N. del T.: La expresión “OVNI” es contemporánea, aunque precisa considerando la expresión original del autor.]

V

Con todo, es pertinente la pregunta que se hacía uno de los más grandes pensadores del siglo XI: ¿Qué es una nube? Por cierto, una nube no es lo que algunos han dado en llamar “la antítesis del Sol”, a pesar que hay estudios que dan por cierta esta tesis: muchos niegan que el Sol y las nubes sean opuestos por un error de categoría, ya que la estrella mayor nada tiene que ver con los gaseosos ejemplares, no obstante se ha argumentado que las estrellas no serían más que gases en una densidad tal que no lo parecen. Mas, dejando de lado esa discusión de expertos, aquí nos queda situar a las nubes en la página de aquellos obstáculos de la luz, de aquello que no permite mirar al Sol ni a las estrellas. Y, aunque un obstáculo, la nube es la causa y la señal de toda lluvia […] [N. del T.: Este fragmento perdido se estima que cerraba en pocas palabras el presente apartado.]

VI

Hay un lugar donde podemos estar bajo la lluvia y a la vez no. Todo quien haya estado en un paraje plano del sur de América o del norte de Escandinavia, podrá haber visto desde lejos cómo se forma una densa nube que produce en acto una lluvia robusta. No hace falta tener mucha imaginación para pensar en pararse justo en el límite en que esa lluvia deja de mojar. Ese lugar privilegiado es la coordenada perfecta para entender lo que significa la enajenación presente en los tres grandes estados emocionales por excelencia, a saber: el enamoramiento, el entendimiento y la fe.

VII

Podemos retomar y decir que una nube es una salvación de la creencia en el cielo. Es un milagro que nos impide caer en la mirada los seductores ojos estelares que nos incitan a arrojar nuestra fortuna en sus formas, luces y movimientos. Por cierto y contra todo instinto, hay quienes buscan el origen y destino de sus males en la forma de las nubes. A este arte, bautizado como “nubología” o “nubiología”, nos queda sólo caracterizarlo como una manera más de incomprensión de lo que significa el cielo, algo a lo que nos referiremos en el apartado XXXIX. [N. del T.: Cabe destacar que los apartados posteriores al XI no se han conservado.]

VIII

Hay quien preguntará por si acaso el viento juega algún rol en esta lectura sobre el cielo. Sabido es que las nubes son movidas por el viento, mas las estrellas lo son por la gravedad, con lo cual una pregunta aquí es primordial: ¿Qué es lo que al cielo mueve? Una pregunta anterior, por tanto, sería la de si acaso es la estrella o la nube el protagonista de aquello que hemos dado en llamar “El Cielo”. Para resolver esa interrogante, es preciso estudiar el siguiente caso: un soldado que escapó de la batalla fue a dar a los espesos bosques anteriores a la ribera del Danubio. Obcecado por su alta traición y lo que ello implicaba moral y jurídicamente, miraba al cielo cada noche al prepararse para su descanso y contemplaba cómo las nubes se retiraban para dar paso a las estrellas. La mayor parte del día el soldado miraba los arbustos ricos en setas o esperaba sin parpadear la salida de un conejo de su cueva, por lo que sólo en la noche podía mirar el cielo que le regalaba un claro del bosque y contemplar la retirada de las nubes que daban paso a las estrellas. Tras semanas de supervivencia mediocre, el soldado pudo aparecerse en una ciudad en la que no podrían reconocer su traición, siendo ese lugar donde miró el cielo de día por primera vez en semanas. Ese hecho le produjo una extraña sensación de alegría, que desembocó al proferirle a un peregrino: “Te has fijado, si no fuera por estas nubes podríamos apreciar las estrellas durante el día”.

[…]

[N. del T.: El pasaje IX se ha perdido de manera íntegra, pero por referencias de la época sabemos que en él se daba una interpretación del caso del soldado traidor. Concluye el autor que el movimiento del cielo está dado por un motor superior al viento o la gravedad.]

X

No nos sería posible avanzar sin responder a la famosa crítica que el Prestigioso Letrado del Norte nos haya hecho en más de una ocasión. ¿No será que, en nuestra incomprensión del mundo nipón, entendemos la noción “cielo” como algo, siendo que ella es nada? Esta pregunta podrá revolvernos una y otra vez el cerebro si no la tomamos con la seriedad que amerita. Lo que nos señala El Prestigioso es que podrá ser el caso que nuestro destino esté arrojado a un sinsentido, ya que sobre el cielo no haya un jugador ni de ajedrez ni de otro juego adversarial. Podemos imaginar que sobre el cielo haya cosa alguna, pero esa ausencia de cosas sería precisamente aquello a lo que llamaríamos “El Cielo”. Con todo, las respuestas en este punto son banales, toda vez que el cielo no es causa de nuestro destino, sino su manifestación más clara. Bajo la lectura de El Prestigioso, la frase mandatoria nipona sería leída como “Deja tu suerte a la nada”.

XI


Bien podemos, en esta altura, decir algo sobre cómo enfrentar esa infinita mordedura de la que no nos libraremos sino con la ingenuidad del soldado traidor: el cielo es aquello que todos queremos pensar como inexistente, siendo eso lo que nos hace iguales bajo el mismo y bastardos de sus decisiones.

jueves, 10 de noviembre de 2016

El calor.

Era la calurosa tarde de un funeral. Desde siempre relacioné la literatura con el calor: el sol que producía el enojo de los personajes de Camus, el sofocante encierro del insecto de Kafka o los desiertos sanguinolentos de Bolaño. Esa tarde era caluroso como lo es la literatura, y lo era más por la muerte que la convertía en un horno sublime: mi tío, un intelectual nato, dio su último suspiro en el momento más caluroso de ese verano. Los termómetros marcaban su muerte y nuestra última conversación fue sobre literatura. Me comentaba que el último autor que lo había impresionado era Carver.
          Raymond Carver, me contaba, logró lo que pocos logran: un mito. Lo comparaba con Kafka, y me contaba que Carver tenía un exitoso libro editado como Principiantes, pero que ese no era su libro sino la decisión de su editor personal, quien le había cambiado incluso el nombre a la obra. De qué hablamos cuando hablamos de amor era el nombre original elegido por Carver. Era casi como la petición de Kafka, pero inversa: mientras K rogaba a Max Brod quemar su obra inédita, Carver aceptaba la publicación de un obra editada de modo tal que años después se pudieran publicar ambas como obras distintas. Eso me decía mi tío, en lo que más tarde entendería que era su lecho de muerte.
          Hubo, sin embargo, un momento de lucidez en que no hablamos de literatura. Me dijo que si bien había tenido durante muchos años los libros de Carver en su biblioteca, nunca los leyó. Y de hecho, los que había leído recientemente eran ejemplares nuevos, dado que los antiguos los había perdido ya. Recordó que a mí me gustaba jugar con sus libros, por sus colores, y que el ejemplar de Principiantes que él tenía, era de un color muy llamativo. Con el cariño y la suavidad limitada de un intelectual, me dio la mano y me dijo algo con su mirada, algo que no logré descifrar, pero algo a lo que respondí con otra mirada.
          Esa tarde de calor, andaba de negro, andaba solo, y me molestaba todo. No tanto por venir de un funeral, como por el calor. Cruzando el puente, sobre poblado, vi libros. Me sorprendió entre algunos puestos con obvias y evidentes latas de bebida y cubos de hielo, ver libros. Me acerqué instintivamente, pensando encontrar libros tan obvios como vender bebidas frías durante la tarde más calurosa del año. Para mi sorpresa, no había sólo basura. Trabajar en librerías durante años me dio un ojo del cual puedo jactarme y reconocer la calidad de un puesto de libros de acuerdo a sus colores: por la disposición cromática de los libros, rápidamente puedo determinar las editoriales que pueden llegar a conformar el campo de oferta y así delimitar, a su vez, el contenido de los libros. En esta oportunidad, los colores llamativos, no sólo me produjeron interés, sino una leve reminiscencia hacia la conversación con mi tío. Claro, esa pequeña fuga de luz en un día en que el sol no iluminaba, me hizo soñar con encontrar un ejemplar de Principiantes. No era Principiantes, pero casi: un ejemplar del inédito De qué hablamos cuando hablamos de amor. Tras un breve regateo, el libro era mío y no podía esperar a revisar, a manosearlo, a abrirlo, a eso que hace uno cuando se encuentra desnudo frente al cuerpo húmedo que jamás pensó en follarse.
          Entre tanta ciudad, calor y lágrimas, logré olvidar que llevaba el libro. Al llegar a mi cuarto, olvidé por completo que tenía el libro y me dormí, despertando cuando ya una brisa nocturna me acarició la espalda. Desperté en plena oscuridad, sin saber si era la oscuridad de la mañana o la de la tarde. Me sentí niño una vez más y recordé que tenía una sorpresa. Salté de mi cama a mi escritorio y vi el libro, de un color azul marino. De qué hablamos cuando hablamos de amor. Lo abrí y tenía algunas rayas, pero no eran las rayas de un ávido lector, sino otra cosa. En la primera página había algo escrito, pero no era una dedicatoria. Eran las rayas y letras de un niño. Era un libro que parecía no estar leído, pero sí estaba rayado (esa había sido la advertencia del vendedor, que me lo dejó a un precio rural). Lo cerré y miré por la ventana. Había estrellas y pensé en que esas rayas, esas letras las pude haber escrito yo. Pensé en que podía haber sido un libro del cual mi tío se deshizo y que, mágicamente, llegó a mis manos el día de su muerte. Pensé durante toda esa noche la ruta que este libro debe haber hecho a lo largo de casi 20 años para que nadie lo haya leído y haya mantenido como una reliquia profética mi mensaje desde el pasado. Imaginé cuántas personas desecharon el libro por estar rayado, cuántos se vieron defraudados al comprarlo como nuevo, cuántos lo dejaron en su biblioteca durante años sin que otro niño lo rayara. 
          Finalmente descarté que haya sido el libro de mi tío que yo intervine en mi infancia, ya que mi tío me dijo que él tenía un ejemplar de Principiantes y no de De qué hablamos cuando hablamos de amor.

miércoles, 26 de octubre de 2016

En la oscuridad no hay sangre, o sobre lo dantesco.

Dante creyó estar a prueba, ese fue su problema. Que Beatriz le trazó una ruta que iba desde el Infierno hasta el Cielo, pasando por el Purgatorio, es un problema de Dante. El asunto, visto desde acá, es que a Beatriz no le importaba: todo, incluso la travesía, era un invento de Dante.
          Lo “dantesco” no es un montón de machos cabríos violando vírgenes, o adivinos con el rostro hacia la espalda, ni ríos de sangre llevando gritones con su corriente. Lo dantesco es el engaño. El auto-engaño, precisamente. pero sólo un auto-engaño vale la pena ser catastrado como el último de los pecados: el auto-engaño amoroso. Lo es porque supone una derogación egoísta de las penas correspondientes a la infracción de de las reglas que configuran el Infierno, pero lo es también porque hace del otro un simple títere de nuestros deseos: amar a otro no puede significar convertirlo en un mero conejo, un conejo en una pista de dogos que compiten por cazarlo.
          Y dantesco es el amor. Asumir que el otro, ese especial otro que mueve el mundo con sus alambres hirvientes, es un arquitecto del laberinto que nos separa del Paraíso es triste. Hay formas fáciles de decirlo, pero el asunto es que lo dantesco es la mentira, la mentira a uno mismo: 

dantesco es leer una respuesta en el silencio ante una carta de amor;
dantesco es esperar que alguien te espera tras escupir su corazón;
dantesco es invitar una copa a alguien que no ingiere alcohol;
dantesco es incluir en una orgía a quien te idolatra;
dantesco es divorciarte de tu alma gemela;
dantesco es escribir.

          Y dantesco es apuñalar a alguien en el rincón de los amantes y susurrarle al oído: “En la oscuridad no hay sangre”.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

El maestro de los que saben.

Estaba casado. Incluso, tenía tres hijos y un par de divorcios. Pero nunca pude imaginármelo seduciendo a una mujer. Tampoco matando a una. Porque si bien un asesinato es algo particularmente atractivo para un profesor de filosofía, e incluso podrían reconocer cierto placer teórico en matar, uno los imagina como pusilánimes, cobardes y pasivos colaboradores de la miseria colectiva que baña a toda institución universitaria. Por eso, no me lo imaginaba ni coqueteando ni matando, y aunque era mi maestro, no podía hacerme de esas imágenes.
          La mezquindad de la universidad es lo primero que todo estudiante debe aprender: un halago hacia un doctor en lenguas no necesariamente será respondido con cortesía, como tampoco la invitación que se haga a una doctora en estética —ya sea por un café para comentar un artículo o por una copa de vino a fin de preparar un coloquio. Como sea: es un mundo mezquino, donde los jóvenes creen que los viejos ya no conocen el mundo, y los viejos miran la amenaza de los jóvenes que intentan expulsarlos de sus quietas oficinas. Yo estaba al medio, mirando a mis amigos rebeldes y a mis maestros atemorizados, recibiendo el calor de ambos abrazos, unos menos fuertes que otros. El abrazo de mi maestro era siempre caluroso, acompañado de un chiste, generalmente en inglés o francés: al comienzo, me reía por impulso, el impulso de un joven que intentaba ser inteligente y a la vez con sentido del humor, aunque por supuesto él sabía de la falsedad de esa risa. Y no le importaba: “Cuando no existían computadoras, la inteligencia la tenían los que sabían sumar y restar rápidamente; cuando no existía Internet, la inteligencia la tenían los que sabían fechas y definiciones; los inteligentes ahora son los que saben frente a quién y cuándo reír”, me repetía cada vez que yo le decía alguna fecha por impulso o cuando no me reía de alguno de sus chistes. Entre eso y copas de brandy pasamos muchas tardes, de invierno y verano, conversando sobre los chismes del campus. Sexuales en su mayoría. Homosexuales, específicamente. Famoso el caso del historiador que fue expulsado de un a universidad por haber sido sorprendido follando con uno de sus alumnos en el estacionamiento. “Pero si era obvio, ¡su tesis doctoral era sobre la historia del vestuario!”, me decía. Yo reía. Poco a poco, me reía menos y le traía más cuentos del campus, llegando a producir mis propios chistes. Porque los chistes académicos son una específica forma de hacer reír sin gracia: un chiste académico no es gracioso, pero sí pone en suspenso la seriedad de lo universitario. Ante un silencio citar el parágrafo 7 del Tractatus de Wittgenstein o parafrasear alguna cita de Hegel (“Lo superficial es lo más profundo, como lo más profundo es lo superficial”, al referirse a alguien mal vestido, por ejemplo), eran formas fáciles y elegantes de salvar una incomodidad o de acercarse a un desconocido. Mal que mal, es un montón solitarios incomprendidos que nadie escucha.
          Durante el último tiempo, adoptamos la costumbre de conversar tomando un vino blanco en la terraza de la facultad: una terraza que estaba en un tercer piso del antiguo edificio central del campus, hacia donde su oficina tenía un acceso privilegiado. Desde allí, podía verse la copa del jacarandá que iluminaba el verde campo universitario, ocupado por pocos estudiantes. Esas tardes poníamos dos banquillos y terminábamos una botella o dos, retirándonos del campus junto con el sol, entre tambaleos y risas. Una de esas tardes, conversando sobre un recién publicado libro acerca del suicidio, cuyo autor era uno académico de la universidad, me dijo: “Ese es un pusilánime. Lo conozco. Hace años. Conozco a su mujer, a sus hijos. Él es incapaz de suicidarse”. Tras mi sexta copa, le reproché que él tampoco. Le dije que tampoco podría matar a alguien, ni aunque sostuviera eso por escrito. Sirvió una última copa en silencio, y me miró con un rictus de seriedad que aniquilaba cualquier posible chiste. Sonrió y me contó una historia en la que él mataba a alguien. Era un buen relator de historias, un buen mentiroso quizá, por lo que la historia, por tosca que fuera, me pareció creíble. Me contó cómo mató a alguien que le quiso robar en un parque. Me decía que era durante la dictadura, así que un muerto más o uno menos, era algo irrelevante. Me contó sus miedos al momento de matarlo, pero también me contó que estaba borracho cuando lo hizo: “No lo dudé, ni me arrepentí. No me arrepiento. Lo que sí, me hubiese gustado ser más prolijo”. Algo me inspiraba en su relato que no mentía y que tampoco se arrepentía, pero que no le gustaba eso que hizo por ser poco elegante: “Matar a un muchacho, apuñalándolo un par de veces, luego otra decena, de noche, en un parque. No es algo digno de un filósofo, pero es mío”, me decía. Sentado, lo miraba, miraba su silueta que se resaltaba por el contraste de la luz del sol que ya se despedía. Me quita mi copa y la lanza hacia abajo. Toma la suya y también la arrojó. Me tomo de la mano, me ayudó a levantarme y me dijo que si no era un asesino, al menos era un buen mentiroso.
          No pude parar de pensar en el relato de mi maestro como un asesino. No lo creía, pero algo me decía que era cierto. Al día siguiente del relato, pasé bajo el jacarandá y un daño que antes no había sentido en mi pie me hizo caer. Me había clavado un gran trozo de vidrio que traspasó mi zapato. La sangre corría, sin parar. me había roto la piel de manera grosera, y nadie rondaba cerca esa tarde de viernes. Me dolía mucho, pero en un momento de calma pude reconocer que era un vidrio de copa, que era un fragmento de las copas que el día anterior habíamos arrojado desde la terraza. Ese recuerdo me hizo mirar hacia la terraza, y para mi sorpresa estaba él, mirando, mirándome sangrar.

viernes, 19 de agosto de 2016

El mal.

El proverbio dice: todos los males provienen de la incapacidad que tenemos de estar solos en una habitación. Y es allí donde radica nuestro origen, es un origen doble que se tiñe del color de una solución imposible: el viaje a un lugar lejano es una manera de escapar del mal, o, lo que es igual, una ruta hacia el paraíso.
          El que viaja mira de frente al que escribe. El que escribe no escapa, afronta el mal y hace algo encerrado en una habitación, solo. De manera lúcida, el origen de la literatura se ubica en el amanecer de diversos viajes, ya sea el de Ulises o el de Edipo, o bien el del Quijote, todos fueron producidos dese ese espacio malicioso que es la habitación solitaria.
          Chantal Akerman retrata ese espacio de manera perfecta en La chambre (1972): simplemente, una habitación, la imagen del mal. Y quizá es por eso que una de las primeras impresiones filosóficas de Raúl Ruiz haya sido el pensamiento 139-B de Blaise Pascal: “He descubierto que todos los males del hombre provienen de una sola cosa, es no saber qué hacer en reposo en una habitación”. Porque el cine, incluso en sus versiones más apoteósicas e interestelares, se filma en una habitación cerrada (Herzog queda fuera de esto, como es usual). Porque el cine es otra forma del mal.
          Que lo contrario al viaje sea la escritura, y que el origen de la escritura sea el viaje, nos sitúa en una posición privilegiada frente al mal: no somos más que la expresión contradictoria entre la administración y la fuga de nuestros demonios. No sin razón el demonio del aburrimiento nos aborda durante la tarde, golpeando suavemente nuestra puerta, de modo tal que cuando vamos a recibirlo él ya se ha ido.

viernes, 24 de junio de 2016

La voz de mi hermano.

Su voz se convirtió en mi ahogo. Nunca fue un joven ni un adulto de muchas palabras: su voz firme y clara, aunque temblorosa, expresaba la fuerza que le gustaría tener para resolverlo todo. Y en ese deseo, la fuerza aparecía. Mi admiración por su capacidad por resolver los asuntos de un golpe, de un golpe de voz fuerte como un ladrido, se contrarrestaba con la distancia que me producía su mirada práctica del mundo. Difícilmente discursearía en mi funeral, pero de seguro la carroza fúnebre llegaría a la hora. Eso siempre fue así: cuando me enseñó qué era el imperativo categórico, no mencionó a Kant, sino que me miró fuerte y me dijo que si todos botáramos la basura en la calle, esta sería una ciudad invivible, y esa especie de reto me marcó a fuego: hasta hoy, sólo he aceptado regaños de su parte. Mi incapacidad de soportar reproches proviene de la propiedad que él tiene sobre mi sombra: me enseñó que la voz de reto no debe ser usada siempre.
          Esta vez no era la voz del hermano que disciplina, sino la del hermano que relata. Nunca lo había escuchado relatar. Esa sensibilidad se la negaba cada vez que en la mesa había rondas de chistes: se escudaba en mí, diciendo que yo lo contaría mejor. Por eso, cuando empezó a contar la historia, mi sombra titiló. Ese frío que baja por la espalda cada vez que la sobra desaparece por un instante, era la manera en que anticipaba el relato que nunca podré reproducir.
          Cada vez que venía a Santiago, lo recibía con ánimo etílico. Esta vez las copas fueron una especie de prólogo para contarme que murió una de sus perras. Dos perras que conocí el verano pasado, cuando me quedé en su casa por dos meses. En ese viaje intimé con ambos animales. Dos perras pequeñas, hiperactivas y sobradas de cariño, una negra y otra blanca, me acompañaban esas breves tardes de espera mirando las llanuras que terminaban convirtiéndose en el lado de la cordillera al que no estoy acostumbrado. La llegada de mi hermano marcaba un quiebre en el día, ilustrado por la salida frenética de las perras al patio delantero en su búsqueda. Esa imagen me parecía muy graciosa, tanto como a mi hermano. Extrañamente, lo recuerdo como un momento caluroso en el extendido frío de esos dos meses.
          Me contaba que la enterró. La envolvió en una sábana blanca. Pensaba que no era suficiente. Pensaba en las piedras, en lo frío de las piedras. Pensaba en el odio que tenía en su vecino. No me miraba, pero relataba con una voz calmada, suave y fluida. Me recordaba el calor: ¿te acuerdas que se devolvían a la casa por el frío del patio?, me preguntó. No le asentí, porque no me pareció que era una pregunta que buscara respuesta. Iba a ser un día como cualquiera, me decía. Mi primera lágrima vino acompañada de la pregunta más sincera que he escuchado: ¿Por qué las dejé salir? Al menos, ¿por qué no las dejé salir cinco minutos después, o antes? ¿Por qué justo en ese instante?
          El rostro de la muerte, el rostro del vecino que la llevaba en sus brazos, con la boca llena excusas y el hocico lleno de sangre. No podría, ni aunque quisiera; no quería, aunque pudiera quererlo. Nada le importaba, porque mi hermano sabía que sobre esto no se puede hablar. Más vale callar. Por eso, calló. Pasé dos horas sentado sobre la tierra fresca, me decía. Comenzó a llover y un espasmo inconsciente lo invadió: tengo que entrarlas, se dijo. Se dio cuenta, se levantó, tomó la pala, se entró. Lo seguía la otra de las perras, la de pelaje negro. Miró por la ventana, desde el calor hacia el frío. Pensó en una gota, una gota que chocaba con la tierra, que la traspasaba, que bajaba por una piedra y por otra hasta hacer contacto con la sábana, y con ella. Pensaba en esa gota fría, en esa maldita gota fría, en el maldito vecino, en la maldita mañana. Pensaba en las injusticias del mundo, pero pronto volvía: ¿Por qué la dejé salir?, me dijo con una voz que esperaba una respuesta. Su voz se convirtió en mi ahogo.

jueves, 26 de mayo de 2016

Glitter plateado.

Aprendí que era un color. Mal que mal, era su color “favorito”. Sus labios, sus calzas, una chaqueta, la vestimenta de la protagonista de un filme, un cintillo, un marcapáginas, una pequeña bandera, un brazalete, un cuaderno de notas, un lápiz y la portada de un disco. Todo era “de color glitter plateado”. Una pegatina brillante que desprende sobrios chispazos como de champaña adornaba sus objetos preferidos. No era todo de ese brillante a la vez, pero siempre había algo. El último objeto que recuerdo fue un “me gustas mucho”, al que correspondí.
          Desde entonces, la relación entre el cariño y el glitter se me presenta como una visión ante un espejo transparente: hay cariño de color glitter, hay glitter en el cariño. Ese último objeto glitter produjo en mí un espacio de sinceridad que antes nunca hube experimentado. Fue una escena perfecta: sus primeras palabras fueron “nunca miro a los ojos”, por lo que esa práctica se convirtió en un determinante de lo que era sincero y lo que no: no mirar a los ojos era su señal de sinceridad profunda. Sentados al borde de una cama, ella armaba un cigarrillo. Había un silencio común, duradero, de varios minutos, que no era incómodo. De pronto, reconocí un brillo en su mejilla, era un pequeño cuadrito de glitter que brillaba en las tonalidades especiales del color: violeta, celeste, blanco y un fugaz verde pálido. Sin pensarlo, atiné a sacar el cuadrito mediante una caricia en su rostro. Dejó de armar el cigarrillo y me miró sonrojada. Agachó la vista y, con un gesto mediano entre vergüenza y tristeza, me lo dijo. El pudor, sincero, me hizo mirar el cuadrito de glitter en mi dedo. Ninguno sabía qué había ocurrido, pero la habitación brillaba como una silenciosa explosión de una burbuja.

martes, 19 de abril de 2016

Tragedia.

Cuando me entero de la muerte de alguien joven, pienso en la fragilidad. Siento el peso de esa amenaza de destrucción total que puede ocurrir en cualquier momento, como la lluvia.
          Después de unas catastróficas lluvias, tuve que hacer una clase sobre tragedias. Tragedia es una manera de escribir en que se evidencia la fragilidad de la linealidad de nuestra vida. En complicidad con la comunidad de espectadores, la tragedia se posa sobre el hombro de quien sea para obligarle a decidir. Claro que se puede decidir no decidir, pero no todas estamos llamadas a ser Hamlet.
          Puedo ver las fotos de una desconocida que murió a las doce del día. Puedo leer sus comentarios hechos una hora antes de su muerte, y la fragilidad aparece, como un pequeño pájaro que me hace una pregunta que no consigo descifrar, pero de la cual intuyo espera una respuesta.

viernes, 15 de abril de 2016

¿Por qué escribir?

I

Un amigo nos relataba con sincera pasión cuánto le gustaba andar en bici bajo una tenue lluvia. Nos argumentaba que era un placer comparable a un milagro, porque si bien dormir o culear le producían placer eran verbos que podía realizar sin poner demasiado empeño, y además podían ser consideradas necesidades. Andar en bici bajo una tenue lluvia de otoño, con el clima tibio de Santiago, sintiendo la ecuación que se forma entre el rostro, la lluvia y la rapidez, era un suceso que se daba pocas veces. Y cuando se daba era un encanto.
          Agregó que era, probablemente, la séptima cosa de la vida que más le gustaba hacer. Con eso, los demás empezaron a probar con rankings sobre sus placeres: follar, comer e ir al baño (lo uno, o lo otro) estaban entre los top incuestionables. Pero guardé silencio, no por esnobismo, como por pudor: mi lista aparecía como muy diferente, no sólo por considerar cuestiones como reír o caminar en lugares privilegiados, ni por desplazar hasta lugares inferiores sus preferentes necesidades básicas, sino específicamente por un verbo que para cada otro era inexistente en sus respectivas listas.

II

Escribir siempre me pareció anecdótico. Durante mi temprana juventud lo amasé como mi profesión: yo, escribo, respondía ante cualquier pregunta incomodante de adultos o coetáneos. ¿Qué hago? Escribo. No me gustaba la taxonomía “escritor”, me parecía de vieja usanza, y medio anquilosada (como la propia palabra “anquilosado”). Pues, mal que mal, yo era escritor de blog. Si bien mi primer libro fue un libro de dibujos a crayón que mi madre conserva como si fuera mi curadora prematura (“Zoolojico”), ya me sentí más empoderado al escribir columnas de opinión o crítica de películas y exhibiciones en cuanto portal web me invitaran. Escribía, escribo. Pero eso no basta para decir que uno se dedica a la escritura. Creo que es necesario, como en cada actividad, preguntarse por eso que uno hace con tanto afán.
          Al comienzo, por cierto, me producía placer responder, yo, escribo, porque daba unos aires de intelectualidad innecesarios. Pero a poco andar de la ecuación edad, sociedad, capitalismo, “escribir” es visto como un verbo menos descriptivo. No sólo porque hay quienes no lo consideren valioso, útil o productivo (esas opiniones se descartan por su propia liviandad), sino porque otros también lo hacen, ya sea por obligación, o también por placer.
          Por eso, empecé a notar que, si bien también lo hago por trabajo (escribir artículos en el marco de aquel absurdo oxímoron denominado “ciencias humanistas”) o por placer (saludos de cumpleaños extensos para nadie son necesarios ni útiles), también lo hago por enfermedad.

III

De un tiempo a esta parte, Paul Auster se sumó a mi pequeño panteón portátil. Sus textos, como pocos, me hacen sonreír frente a papel. Me hacen sentir parte de un grupo selecto y anónimo de enfermos. Leyendo una entrevista que le hicieron al venir a Chile en 2014, me fijé que, precisamente respondía así: escribir es una enfermedad.
          Él responde ante la pregunta por escribir con una bella anécdota: a los ocho años tuvo la oportunidad de toparse con su beisbolista favorito, en la forma de una aparición espectral de la divinidad misma. Con todo el valor que uno puede tener a esa edad, se acercó a su ídolo y le rogó por un autógrafo. Aunque sin mucha empatía, pero gracioso, el deportista le pidió un bolígrafo, argumentando que “no se puede escribir un autógrafo sin un bolígrafo”. El pequeño Paul notó que no portaba un lápiz, pidió a su padre, a su madre, a los adultos cercanos. Nadie en las afueras del estadio portaba consigo un lápiz, por lo que la aparición del espectro se esfumó. Paul Auster lloró contra su voluntad, pero aprendió a nunca andar sin un lápiz. Y el hecho de andar siempre con un lápiz motiva, a la larga, a escribir.
          En el caso de Auster, un trauma.

IV

Si bien escribir es un verbo valioso en ciertos contextos (incluido el coqueteo), ha tomado tiempo que mi madre comprenda la disociación entre una extensa carrera de Derecho y el escribir. Si bien le otorga valor, y lo ha hecho desde siempre, su mirada al momento de explicar mis teorías sobre mi futuro parece ser la misma con la que me miraba cuando padecí pneumonía o esa intoxicación con mariscos a temprana edad. Fragmentos de esa mirada hay cada vez que me resfrío o me tuerzo el tobillo. Es la mirada de compasión al enfermo.
          Esa mirada, la que recibe quien consuela a un enfermo, no es una mirada agresiva ni mucho menos de pena. Es una mirada de madre, quizá esperanzada en mi recuperación, quizá orgullosa de saber que puedo vivir feliz portando la enfermedad.

V

Por supuesto, narcisismo: me enamoro de la gente que escribe. Incluso, he forzado a gente a escribir para enamorarme ex post. Soy una especie de superficial, porque muchas veces las cartas de amor son más bien el resultado de un desafío, antes que una expresión de cariño a otro.
         Narcisismo como enfermedad, claro. Y sólo una persona lo compartía, lo que se convirtió en la pesadilla, como dice el viejo dicho: el sueño hecho realidad se llama pesadilla. Era no sólo la que respondía mis cartas, sino la que las enviaba refregándome en el rostro el hecho del valor que yo le daba al uso de las palabras.
          De ella recibí un bello regalo: ante una discusión decimonónica sobre si realmente nos correspondía estar juntos, ella me respondió que sí. Su argumento fue que mis cartas la despeinaban: nunca me sentí tan despeinada. Nunca había visto la belleza de decir algo así, un uso tan sincero de una práctica tan cotidiana y banal. Me remitió de manera inmediata a su liso cabello negro, ordenado y suave, a sus labios rojos, a su cicatriz en el labio superior y a su par de lunares en el cuello. Imaginé el movimiento del despeine, de ella despeinada.
          No deja de ser narcisismo, pero esa palabra me provocó, más allá de evocarla única, un amor por haber compartido pabellón con otra paciente.

VI

Durante el verano, por aburrimiento, nos hicimos personas de fernet. El amargo trago a base de hierbas, nos sirvió para sostener la tesis de que nos sanábamos embriagándonos. Una de esas noches largas, como las que tengo con mi eterno amigo, nos destacamos con una botella completa de fernet. La amargura, que no compartía con otros tragos de los cuales fuimos fanáticos en el pasado, provocó un acontecimiento que hoy leemos como una epifanía.
          Sin ser muy dado a relatar grandes historias, y tampoco a escribir, mi amigo se vio en la necesidad de contar in extenso nuestro futuro: vistiendo sólo una bata, regando sus flores, yo con mi cónyuge, él con sus hijas. Yo no paraba de reír, pero con la risa del que teme ante el demente que grita la verdad. Todo tenía fundamento en el ahora, todo era cierto desde ya. Describiendo una realidad situada en 25 años en el futuro, describió perfectamente esos 25 años que aún no padecíamos. Entre risas, me fijé que casi nada estaba muy claro, todo podía perfectamente ser de otra manera, excepto una cosa: el nombre de uno de sus dos perros, Ulises.

VII

Nunca padecí esa excusa propia de los escritores profesionales del temor a la página en blanco. Tampoco soy carente de respeto ante esa palidez. Lo que temen los que temen a la blancura es a la lectura por otros, a lo que otros digan o no sobre lo escrito. Por cierto que también hay un temor a revelar mucho contando una historia propia, y con eso estoy de acuerdo: todo texto tiene vocación pública, por el mero hecho de ser una afrenta diabólica ante todo lo que ya se ha escrito, pero eso sólo debería motivar a escribir más y más, porque si la escritura es excepción se corre el riesgo de no vivir con la enfermedad.
          He pensado que sólo las cartas de amor no tienen vocación pública, porque en ellas no hay mucho que pueda relativizarse. En el resto de los textos, todo siempre puede ser una gran mentira. Y aprovecharse de la amenazante ficción en cada relato sincero debería ser el haz de luz que espanta todos los horrores aullantes en la claridad de la página virgen.
          Hay que perderle el miedo a la mentira. Por eso escribir.