miércoles, 14 de septiembre de 2016

El maestro de los que saben.

Estaba casado. Incluso, tenía tres hijos y un par de divorcios. Pero nunca pude imaginármelo seduciendo a una mujer. Tampoco matando a una. Porque si bien un asesinato es algo particularmente atractivo para un profesor de filosofía, e incluso podrían reconocer cierto placer teórico en matar, uno los imagina como pusilánimes, cobardes y pasivos colaboradores de la miseria colectiva que baña a toda institución universitaria. Por eso, no me lo imaginaba ni coqueteando ni matando, y aunque era mi maestro, no podía hacerme de esas imágenes.
          La mezquindad de la universidad es lo primero que todo estudiante debe aprender: un halago hacia un doctor en lenguas no necesariamente será respondido con cortesía, como tampoco la invitación que se haga a una doctora en estética —ya sea por un café para comentar un artículo o por una copa de vino a fin de preparar un coloquio. Como sea: es un mundo mezquino, donde los jóvenes creen que los viejos ya no conocen el mundo, y los viejos miran la amenaza de los jóvenes que intentan expulsarlos de sus quietas oficinas. Yo estaba al medio, mirando a mis amigos rebeldes y a mis maestros atemorizados, recibiendo el calor de ambos abrazos, unos menos fuertes que otros. El abrazo de mi maestro era siempre caluroso, acompañado de un chiste, generalmente en inglés o francés: al comienzo, me reía por impulso, el impulso de un joven que intentaba ser inteligente y a la vez con sentido del humor, aunque por supuesto él sabía de la falsedad de esa risa. Y no le importaba: “Cuando no existían computadoras, la inteligencia la tenían los que sabían sumar y restar rápidamente; cuando no existía Internet, la inteligencia la tenían los que sabían fechas y definiciones; los inteligentes ahora son los que saben frente a quién y cuándo reír”, me repetía cada vez que yo le decía alguna fecha por impulso o cuando no me reía de alguno de sus chistes. Entre eso y copas de brandy pasamos muchas tardes, de invierno y verano, conversando sobre los chismes del campus. Sexuales en su mayoría. Homosexuales, específicamente. Famoso el caso del historiador que fue expulsado de un a universidad por haber sido sorprendido follando con uno de sus alumnos en el estacionamiento. “Pero si era obvio, ¡su tesis doctoral era sobre la historia del vestuario!”, me decía. Yo reía. Poco a poco, me reía menos y le traía más cuentos del campus, llegando a producir mis propios chistes. Porque los chistes académicos son una específica forma de hacer reír sin gracia: un chiste académico no es gracioso, pero sí pone en suspenso la seriedad de lo universitario. Ante un silencio citar el parágrafo 7 del Tractatus de Wittgenstein o parafrasear alguna cita de Hegel (“Lo superficial es lo más profundo, como lo más profundo es lo superficial”, al referirse a alguien mal vestido, por ejemplo), eran formas fáciles y elegantes de salvar una incomodidad o de acercarse a un desconocido. Mal que mal, es un montón solitarios incomprendidos que nadie escucha.
          Durante el último tiempo, adoptamos la costumbre de conversar tomando un vino blanco en la terraza de la facultad: una terraza que estaba en un tercer piso del antiguo edificio central del campus, hacia donde su oficina tenía un acceso privilegiado. Desde allí, podía verse la copa del jacarandá que iluminaba el verde campo universitario, ocupado por pocos estudiantes. Esas tardes poníamos dos banquillos y terminábamos una botella o dos, retirándonos del campus junto con el sol, entre tambaleos y risas. Una de esas tardes, conversando sobre un recién publicado libro acerca del suicidio, cuyo autor era uno académico de la universidad, me dijo: “Ese es un pusilánime. Lo conozco. Hace años. Conozco a su mujer, a sus hijos. Él es incapaz de suicidarse”. Tras mi sexta copa, le reproché que él tampoco. Le dije que tampoco podría matar a alguien, ni aunque sostuviera eso por escrito. Sirvió una última copa en silencio, y me miró con un rictus de seriedad que aniquilaba cualquier posible chiste. Sonrió y me contó una historia en la que él mataba a alguien. Era un buen relator de historias, un buen mentiroso quizá, por lo que la historia, por tosca que fuera, me pareció creíble. Me contó cómo mató a alguien que le quiso robar en un parque. Me decía que era durante la dictadura, así que un muerto más o uno menos, era algo irrelevante. Me contó sus miedos al momento de matarlo, pero también me contó que estaba borracho cuando lo hizo: “No lo dudé, ni me arrepentí. No me arrepiento. Lo que sí, me hubiese gustado ser más prolijo”. Algo me inspiraba en su relato que no mentía y que tampoco se arrepentía, pero que no le gustaba eso que hizo por ser poco elegante: “Matar a un muchacho, apuñalándolo un par de veces, luego otra decena, de noche, en un parque. No es algo digno de un filósofo, pero es mío”, me decía. Sentado, lo miraba, miraba su silueta que se resaltaba por el contraste de la luz del sol que ya se despedía. Me quita mi copa y la lanza hacia abajo. Toma la suya y también la arrojó. Me tomo de la mano, me ayudó a levantarme y me dijo que si no era un asesino, al menos era un buen mentiroso.
          No pude parar de pensar en el relato de mi maestro como un asesino. No lo creía, pero algo me decía que era cierto. Al día siguiente del relato, pasé bajo el jacarandá y un daño que antes no había sentido en mi pie me hizo caer. Me había clavado un gran trozo de vidrio que traspasó mi zapato. La sangre corría, sin parar. me había roto la piel de manera grosera, y nadie rondaba cerca esa tarde de viernes. Me dolía mucho, pero en un momento de calma pude reconocer que era un vidrio de copa, que era un fragmento de las copas que el día anterior habíamos arrojado desde la terraza. Ese recuerdo me hizo mirar hacia la terraza, y para mi sorpresa estaba él, mirando, mirándome sangrar.

viernes, 19 de agosto de 2016

El mal.

El proverbio dice: todos los males provienen de la incapacidad que tenemos de estar solos en una habitación. Y es allí donde radica nuestro origen, es un origen doble que se tiñe del color de una solución imposible: el viaje a un lugar lejano es una manera de escapar del mal, o, lo que es igual, una ruta hacia el paraíso.
          El que viaja mira de frente al que escribe. El que escribe no escapa, afronta el mal y hace algo encerrado en una habitación, solo. De manera lúcida, el origen de la literatura se ubica en el amanecer de diversos viajes, ya sea el de Ulises o el de Edipo, o bien el del Quijote, todos fueron producidos dese ese espacio malicioso que es la habitación solitaria.
          Chantal Akerman retrata ese espacio de manera perfecta en La chambre (1972): simplemente, una habitación, la imagen del mal. Y quizá es por eso que una de las primeras impresiones filosóficas de Raúl Ruiz haya sido el pensamiento 139-B de Blaise Pascal: “He descubierto que todos los males del hombre provienen de una sola cosa, es no saber qué hacer en reposo en una habitación”. Porque el cine, incluso en sus versiones más apoteósicas e interestelares, se filma en una habitación cerrada (Herzog queda fuera de esto, como es usual). Porque el cine es otra forma del mal.
          Que lo contrario al viaje sea la escritura, y que el origen de la escritura sea el viaje, nos sitúa en una posición privilegiada frente al mal: no somos más que la expresión contradictoria entre la administración y la fuga de nuestros demonios. No sin razón el demonio del aburrimiento nos aborda durante la tarde, golpeando suavemente nuestra puerta, de modo tal que cuando vamos a recibirlo él ya se ha ido.

viernes, 24 de junio de 2016

La voz de mi hermano.

Su voz se convirtió en mi ahogo. Nunca fue un joven ni un adulto de muchas palabras: su voz firme y clara, aunque temblorosa, expresaba la fuerza que le gustaría tener para resolverlo todo. Y en ese deseo, la fuerza aparecía. Mi admiración por su capacidad por resolver los asuntos de un golpe, de un golpe de voz fuerte como un ladrido, se contrarrestaba con la distancia que me producía su mirada práctica del mundo. Difícilmente discursearía en mi funeral, pero de seguro la carroza fúnebre llegaría a la hora. Eso siempre fue así: cuando me enseñó qué era el imperativo categórico, no mencionó a Kant, sino que me miró fuerte y me dijo que si todos botáramos la basura en la calle, esta sería una ciudad invivible, y esa especie de reto me marcó a fuego: hasta hoy, sólo he aceptado regaños de su parte. Mi incapacidad de soportar reproches proviene de la propiedad que él tiene sobre mi sombra: me enseñó que la voz de reto no debe ser usada siempre.
          Esta vez no era la voz del hermano que disciplina, sino la del hermano que relata. Nunca lo había escuchado relatar. Esa sensibilidad se la negaba cada vez que en la mesa había rondas de chistes: se escudaba en mí, diciendo que yo lo contaría mejor. Por eso, cuando empezó a contar la historia, mi sombra titiló. Ese frío que baja por la espalda cada vez que la sobra desaparece por un instante, era la manera en que anticipaba el relato que nunca podré reproducir.
          Cada vez que venía a Santiago, lo recibía con ánimo etílico. Esta vez las copas fueron una especie de prólogo para contarme que murió una de sus perras. Dos perras que conocí el verano pasado, cuando me quedé en su casa por dos meses. En ese viaje intimé con ambos animales. Dos perras pequeñas, hiperactivas y sobradas de cariño, una negra y otra blanca, me acompañaban esas breves tardes de espera mirando las llanuras que terminaban convirtiéndose en el lado de la cordillera al que no estoy acostumbrado. La llegada de mi hermano marcaba un quiebre en el día, ilustrado por la salida frenética de las perras al patio delantero en su búsqueda. Esa imagen me parecía muy graciosa, tanto como a mi hermano. Extrañamente, lo recuerdo como un momento caluroso en el extendido frío de esos dos meses.
          Me contaba que la enterró. La envolvió en una sábana blanca. Pensaba que no era suficiente. Pensaba en las piedras, en lo frío de las piedras. Pensaba en el odio que tenía en su vecino. No me miraba, pero relataba con una voz calmada, suave y fluida. Me recordaba el calor: ¿te acuerdas que se devolvían a la casa por el frío del patio?, me preguntó. No le asentí, porque no me pareció que era una pregunta que buscara respuesta. Iba a ser un día como cualquiera, me decía. Mi primera lágrima vino acompañada de la pregunta más sincera que he escuchado: ¿Por qué las dejé salir? Al menos, ¿por qué no las dejé salir cinco minutos después, o antes? ¿Por qué justo en ese instante?
          El rostro de la muerte, el rostro del vecino que la llevaba en sus brazos, con la boca llena excusas y el hocico lleno de sangre. No podría, ni aunque quisiera; no quería, aunque pudiera quererlo. Nada le importaba, porque mi hermano sabía que sobre esto no se puede hablar. Más vale callar. Por eso, calló. Pasé dos horas sentado sobre la tierra fresca, me decía. Comenzó a llover y un espasmo inconsciente lo invadió: tengo que entrarlas, se dijo. Se dio cuenta, se levantó, tomó la pala, se entró. Lo seguía la otra de las perras, la de pelaje negro. Miró por la ventana, desde el calor hacia el frío. Pensó en una gota, una gota que chocaba con la tierra, que la traspasaba, que bajaba por una piedra y por otra hasta hacer contacto con la sábana, y con ella. Pensaba en esa gota fría, en esa maldita gota fría, en el maldito vecino, en la maldita mañana. Pensaba en las injusticias del mundo, pero pronto volvía: ¿Por qué la dejé salir?, me dijo con una voz que esperaba una respuesta. Su voz se convirtió en mi ahogo.

jueves, 26 de mayo de 2016

Glitter plateado.

Aprendí que era un color. Mal que mal, era su color “favorito”. Sus labios, sus calzas, una chaqueta, la vestimenta de la protagonista de un filme, un cintillo, un marcapáginas, una pequeña bandera, un brazalete, un cuaderno de notas, un lápiz y la portada de un disco. Todo era “de color glitter plateado”. Una pegatina brillante que desprende sobrios chispazos como de champaña adornaba sus objetos preferidos. No era todo de ese brillante a la vez, pero siempre había algo. El último objeto que recuerdo fue un “me gustas mucho”, al que correspondí.
          Desde entonces, la relación entre el cariño y el glitter se me presenta como una visión ante un espejo transparente: hay cariño de color glitter, hay glitter en el cariño. Ese último objeto glitter produjo en mí un espacio de sinceridad que antes nunca hube experimentado. Fue una escena perfecta: sus primeras palabras fueron “nunca miro a los ojos”, por lo que esa práctica se convirtió en un determinante de lo que era sincero y lo que no: no mirar a los ojos era su señal de sinceridad profunda. Sentados al borde de una cama, ella armaba un cigarrillo. Había un silencio común, duradero, de varios minutos, que no era incómodo. De pronto, reconocí un brillo en su mejilla, era un pequeño cuadrito de glitter que brillaba en las tonalidades especiales del color: violeta, celeste, blanco y un fugaz verde pálido. Sin pensarlo, atiné a sacar el cuadrito mediante una caricia en su rostro. Dejó de armar el cigarrillo y me miró sonrojada. Agachó la vista y, con un gesto mediano entre vergüenza y tristeza, me lo dijo. El pudor, sincero, me hizo mirar el cuadrito de glitter en mi dedo. Ninguno sabía qué había ocurrido, pero la habitación brillaba como una silenciosa explosión de una burbuja.

martes, 19 de abril de 2016

Tragedia.

Cuando me entero de la muerte de alguien joven, pienso en la fragilidad. Siento el peso de esa amenaza de destrucción total que puede ocurrir en cualquier momento, como la lluvia.
          Después de unas catastróficas lluvias, tuve que hacer una clase sobre tragedias. Tragedia es una manera de escribir en que se evidencia la fragilidad de la linealidad de nuestra vida. En complicidad con la comunidad de espectadores, la tragedia se posa sobre el hombro de quien sea para obligarle a decidir. Claro que se puede decidir no decidir, pero no todas estamos llamadas a ser Hamlet.
          Puedo ver las fotos de una desconocida que murió a las doce del día. Puedo leer sus comentarios hechos una hora antes de su muerte, y la fragilidad aparece, como un pequeño pájaro que me hace una pregunta que no consigo descifrar, pero de la cual intuyo espera una respuesta.

viernes, 15 de abril de 2016

¿Por qué escribir?

I

Un amigo nos relataba con sincera pasión cuánto le gustaba andar en bici bajo una tenue lluvia. Nos argumentaba que era un placer comparable a un milagro, porque si bien dormir o culear le producían placer eran verbos que podía realizar sin poner demasiado empeño, y además podían ser consideradas necesidades. Andar en bici bajo una tenue lluvia de otoño, con el clima tibio de Santiago, sintiendo la ecuación que se forma entre el rostro, la lluvia y la rapidez, era un suceso que se daba pocas veces. Y cuando se daba era un encanto.
          Agregó que era, probablemente, la séptima cosa de la vida que más le gustaba hacer. Con eso, los demás empezaron a probar con rankings sobre sus placeres: follar, comer e ir al baño (lo uno, o lo otro) estaban entre los top incuestionables. Pero guardé silencio, no por esnobismo, como por pudor: mi lista aparecía como muy diferente, no sólo por considerar cuestiones como reír o caminar en lugares privilegiados, ni por desplazar hasta lugares inferiores sus preferentes necesidades básicas, sino específicamente por un verbo que para cada otro era inexistente en sus respectivas listas.

II

Escribir siempre me pareció anecdótico. Durante mi temprana juventud lo amasé como mi profesión: yo, escribo, respondía ante cualquier pregunta incomodante de adultos o coetáneos. ¿Qué hago? Escribo. No me gustaba la taxonomía “escritor”, me parecía de vieja usanza, y medio anquilosada (como la propia palabra “anquilosado”). Pues, mal que mal, yo era escritor de blog. Si bien mi primer libro fue un libro de dibujos a crayón que mi madre conserva como si fuera mi curadora prematura (“Zoolojico”), ya me sentí más empoderado al escribir columnas de opinión o crítica de películas y exhibiciones en cuanto portal web me invitaran. Escribía, escribo. Pero eso no basta para decir que uno se dedica a la escritura. Creo que es necesario, como en cada actividad, preguntarse por eso que uno hace con tanto afán.
          Al comienzo, por cierto, me producía placer responder, yo, escribo, porque daba unos aires de intelectualidad innecesarios. Pero a poco andar de la ecuación edad, sociedad, capitalismo, “escribir” es visto como un verbo menos descriptivo. No sólo porque hay quienes no lo consideren valioso, útil o productivo (esas opiniones se descartan por su propia liviandad), sino porque otros también lo hacen, ya sea por obligación, o también por placer.
          Por eso, empecé a notar que, si bien también lo hago por trabajo (escribir artículos en el marco de aquel absurdo oxímoron denominado “ciencias humanistas”) o por placer (saludos de cumpleaños extensos para nadie son necesarios ni útiles), también lo hago por enfermedad.

III

De un tiempo a esta parte, Paul Auster se sumó a mi pequeño panteón portátil. Sus textos, como pocos, me hacen sonreír frente a papel. Me hacen sentir parte de un grupo selecto y anónimo de enfermos. Leyendo una entrevista que le hicieron al venir a Chile en 2014, me fijé que, precisamente respondía así: escribir es una enfermedad.
          Él responde ante la pregunta por escribir con una bella anécdota: a los ocho años tuvo la oportunidad de toparse con su beisbolista favorito, en la forma de una aparición espectral de la divinidad misma. Con todo el valor que uno puede tener a esa edad, se acercó a su ídolo y le rogó por un autógrafo. Aunque sin mucha empatía, pero gracioso, el deportista le pidió un bolígrafo, argumentando que “no se puede escribir un autógrafo sin un bolígrafo”. El pequeño Paul notó que no portaba un lápiz, pidió a su padre, a su madre, a los adultos cercanos. Nadie en las afueras del estadio portaba consigo un lápiz, por lo que la aparición del espectro se esfumó. Paul Auster lloró contra su voluntad, pero aprendió a nunca andar sin un lápiz. Y el hecho de andar siempre con un lápiz motiva, a la larga, a escribir.
          En el caso de Auster, un trauma.

IV

Si bien escribir es un verbo valioso en ciertos contextos (incluido el coqueteo), ha tomado tiempo que mi madre comprenda la disociación entre una extensa carrera de Derecho y el escribir. Si bien le otorga valor, y lo ha hecho desde siempre, su mirada al momento de explicar mis teorías sobre mi futuro parece ser la misma con la que me miraba cuando padecí pneumonía o esa intoxicación con mariscos a temprana edad. Fragmentos de esa mirada hay cada vez que me resfrío o me tuerzo el tobillo. Es la mirada de compasión al enfermo.
          Esa mirada, la que recibe quien consuela a un enfermo, no es una mirada agresiva ni mucho menos de pena. Es una mirada de madre, quizá esperanzada en mi recuperación, quizá orgullosa de saber que puedo vivir feliz portando la enfermedad.

V

Por supuesto, narcisismo: me enamoro de la gente que escribe. Incluso, he forzado a gente a escribir para enamorarme ex post. Soy una especie de superficial, porque muchas veces las cartas de amor son más bien el resultado de un desafío, antes que una expresión de cariño a otro.
         Narcisismo como enfermedad, claro. Y sólo una persona lo compartía, lo que se convirtió en la pesadilla, como dice el viejo dicho: el sueño hecho realidad se llama pesadilla. Era no sólo la que respondía mis cartas, sino la que las enviaba refregándome en el rostro el hecho del valor que yo le daba al uso de las palabras.
          De ella recibí un bello regalo: ante una discusión decimonónica sobre si realmente nos correspondía estar juntos, ella me respondió que sí. Su argumento fue que mis cartas la despeinaban: nunca me sentí tan despeinada. Nunca había visto la belleza de decir algo así, un uso tan sincero de una práctica tan cotidiana y banal. Me remitió de manera inmediata a su liso cabello negro, ordenado y suave, a sus labios rojos, a su cicatriz en el labio superior y a su par de lunares en el cuello. Imaginé el movimiento del despeine, de ella despeinada.
          No deja de ser narcisismo, pero esa palabra me provocó, más allá de evocarla única, un amor por haber compartido pabellón con otra paciente.

VI

Durante el verano, por aburrimiento, nos hicimos personas de fernet. El amargo trago a base de hierbas, nos sirvió para sostener la tesis de que nos sanábamos embriagándonos. Una de esas noches largas, como las que tengo con mi eterno amigo, nos destacamos con una botella completa de fernet. La amargura, que no compartía con otros tragos de los cuales fuimos fanáticos en el pasado, provocó un acontecimiento que hoy leemos como una epifanía.
          Sin ser muy dado a relatar grandes historias, y tampoco a escribir, mi amigo se vio en la necesidad de contar in extenso nuestro futuro: vistiendo sólo una bata, regando sus flores, yo con mi cónyuge, él con sus hijas. Yo no paraba de reír, pero con la risa del que teme ante el demente que grita la verdad. Todo tenía fundamento en el ahora, todo era cierto desde ya. Describiendo una realidad situada en 25 años en el futuro, describió perfectamente esos 25 años que aún no padecíamos. Entre risas, me fijé que casi nada estaba muy claro, todo podía perfectamente ser de otra manera, excepto una cosa: el nombre de uno de sus dos perros, Ulises.

VII

Nunca padecí esa excusa propia de los escritores profesionales del temor a la página en blanco. Tampoco soy carente de respeto ante esa palidez. Lo que temen los que temen a la blancura es a la lectura por otros, a lo que otros digan o no sobre lo escrito. Por cierto que también hay un temor a revelar mucho contando una historia propia, y con eso estoy de acuerdo: todo texto tiene vocación pública, por el mero hecho de ser una afrenta diabólica ante todo lo que ya se ha escrito, pero eso sólo debería motivar a escribir más y más, porque si la escritura es excepción se corre el riesgo de no vivir con la enfermedad.
          He pensado que sólo las cartas de amor no tienen vocación pública, porque en ellas no hay mucho que pueda relativizarse. En el resto de los textos, todo siempre puede ser una gran mentira. Y aprovecharse de la amenazante ficción en cada relato sincero debería ser el haz de luz que espanta todos los horrores aullantes en la claridad de la página virgen.
          Hay que perderle el miedo a la mentira. Por eso escribir.

domingo, 10 de abril de 2016

Figura cuatro.

Aprovechando que estaba recostada sobre la lona, tomó su pierna desnuda y la puso entre las propias. Dándole la espalda, Rosa Negra se fijó que las rodillas de ambas quedaran alineadas: dobló la pierna de Jean Genie, de modo tal que armara unos palitos chinos entre la corva suya y la pantorrilla de ella. Así, se tiró de espaldas al piso, afirmando la pierna atrapada que pasaba por detrás de su rodilla derecha, pero por arriba de la rodilla derecha de ella. Las piernas Jean Genie formaban un 4. Así recostadas ambas, unidas sólo por sus piernas que formaban una sola ecuación sin su equis despejada, puso su pierna libre sobre la pierna horizontal de ese 4. Y presionó, con ayuda de sus brazos. Las cuatro piernas se frotaban más que nunca, pero no era opción para Jean Genie rendirse.
          La figura cuatro (figure four leg lock) es una de las maniobras más icónicas de la lucha, a la vez que una expresión del contacto de la carne que conjuga el dolor y la voluntad: la figura cuatro puede ser invertida si se logra voltear el cuerpo de la rival. Voltear un cuerpo es la operación básica de la lucha libre: tomar un cuerpo húmedo, abrazarlo y apretarlo con las fuerzas de un abrazo que no quiere expresar cariño, sino deseo, deseo de voltearlo. Abrazar y lanzar un cuerpo es necesario para voltearlo y dejarlo tendido en la lona. Una vez en la lona, todos los cuerpos son dóciles. Sólo hay que evitar que la mano sagaz se afirme de las cuerdas y promover su sumisión. Un cuerpo sumiso es un cuerpo derrotado. Un cuerpo que golpea a palma abierta es un cuerpo que grita por su sumisión. Un cuerpo derrotado sobre el ring es un cuerpo que ya no está sobre el escenario: es un cuerpo obsceno.

domingo, 13 de marzo de 2016

Voz única.

Le pedí que me leyera. En las noches. Cualquier cosa, una novela que por su escasa singularidad quedaría en el velador o en el baño sin poder entregarse argumentos en favor o en contra, una revista de moda que contara con un horóscopo reforzado hacia sus últimas páginas, una carta que llegó y fue abierta durante la noche. Lo que fuera. 
          La primera cosa que me leyó fue un pequeño librito de color chillante con el evangelio de Mateo. Escuchándola leer aprendí que el padre nuestro está en ese evangelio y, también, que su voz seguía siendo el sonido que lograba tocar cada nota musical en un punto específico, produciendo la armonía con la que Mateo escribió el evangelio.
          Leyó luego un manual de arte, de historia del arte, en el que su autor se excusaba de escribir “arte” donde sólo debería poner “pintura”, porque no se referiría a otras artes. Las excusas de un escritor sólo pueden ser leídas como parte integrante de la obra, por lo que antes que sentirse por la excusa, lo que allí hay es una tesis, me dijo tras leer el prólogo. Noté que su voz al leer era distinta de su voz al hablar de manera espontánea (dudé si referirme a su voz en ambos casos, pues quizá sólo una de esas voces era la verdadera suya).
          Cuando leyó un cómic cambiaba de voces para entregar un criterio sonoro de identidad a cada personaje que aparecía. Describía cada viñeta de la manera más fiel a los límites del lenguaje: “Una habitación oscura, con tablas por piso y una tambaleante ampolleta que simulaba una luz originaria —por cierto que hay una referencia a la creación…”. El cambio de la voz múltiple de los personajes desconocidos visualmente hacia la voz propia de la descripción de la viñeta, era un delta que permitía mirar por el cerrojo de su intimidad. Era imaginarla como parte de un cómic y poder leer sus globos de texto con mi voz.
          “El amor es un proceso de escucha de la voz única…” me leyó. Frenó incuestionablemente, su silencio gris me hizo reaccionar y percatarme que debía fijarme en lo que había leído. Para mí, su lectura a ratos no tenía significado: ya había separado la semántica de la fonética. Pero esa separación me permitía volver y repetirme en voz alta: “Proceso de escucha”, dije en voz alta. Su mirada también era silenciosa, un silencio gris que sugería la alianza entre todas las voces para enunciar lo recién leído, cantado. “De una voz única”, me agregó. “De una voz única, de una voz única, DE UNA VOZ ÚNICA…”, repetía con diferentes voces, como si estuviese haciendo una prueba de una voz recién comprada, pero a la vez intentando encontrar esa voz suya por la que yo podría decir que es de ella.
          A la tarde siguiente, me leyó una carta suya. 
          No me leyó de nuevo.

viernes, 4 de marzo de 2016

La segunda risa.

Esta vez no pude reconocer qué leía. La primera vez intuí que era Bolaño, pero podía ser cualquier otra cosa. Muy de estudiante de letras, en todo caso. Esta vez, insisto, no pude reconocer la identidad del texto: leía desde su iPad. Raro, pensé, para quien ante mis deducciones era una estudiante de letras.
          Ya no estábamos en posición de sorprendernos de la presencia del otro en la micro. De una manera singular, ya nos conocíamos, y ambos lo sabíamos. Probablemente no nos miramos en momento alguno, pero para quienes leemos, el guión no está dado. Sus anteojos rojos iluminaban su sonrisa, igual, aunque diferente: esta vez era verano. Verano fulgurante versus aquel otoño que ocultó una risa común.
          Conociendo de antemano dónde se bajaría, me preparé para evidenciar de manera más explícita qué era lo que yo leía (y así facilitar la complicidad de lecturas): Pola Oloixarac. Alcé el antebrazo, cambié de página, me arreglé los lentes. Inútil: siguió en la micro, habiendo pasado ya su parada. No supe qué hacer, como el actor que olvidó el último parlamento de la obra. Improvisé, pero era de mañana y pronto llegábamos a mi parada. Al bajarme sentí su mirada, pero fue sólo eso.
          Durante la noche, me reuní con mis amigos, a planificar el año: esos bares que durante el verano acogen a los sobrevivientes en sus terrazas son la excusa perfecta para hablar fuerte. Incluso sorprendiéndome a mí, conté sobre ella a mi amigo. La describí de una manera que ni yo podría reconocer en mí. Me sorprendí tanto que me pareció normal el hecho que, mientras la describía con adjetivos circulares, ella pasara caminando veloz por el lado de nuestra mesa. “Es ella. Ella”, le dije a mi amigo. Reímos. Una segunda risa. Espero sean tres.

sábado, 27 de febrero de 2016

Postal.


No sé si la recuerdas. Lo dudo porque yo la había olvidado. Es una foto que tomamos juntos, no sé si tú o yo, pero es de la época en que eso era imposible de discernir. Me decidí a enviártela después de mucho mirarla y recorrer visualmente cada detalle: la niebla, el pequeño puerto, las sombras, esa nube. Me decidí a enviarla porque no podía seguir secuestrándola: si era un producto común, es más tuya que mía, porque tuyas son las imágenes y míos los silencios. 

lunes, 8 de febrero de 2016

Una carta es un naufragio.

Aunque le parecía gracioso recibirlas, ya llevaba varias cartas sin siquiera darse el pequeño trabajo de abrirlas. Las primeras, con ansias, no podía evitar destruir el sobre en varios pedazos irregulares e incluso dañar algo del contenido, que por lo general era una única hoja blanca escrita con tinta. Luego, con más calma y de una manera que tendía vertiginosamente a una rutina pasional, procedía a cortar el sello y abrir el sobre con cuidado tal que se conservaba completamente la hoja del contenido. En el comienzo, acumulaba las cartas, con el sobre incluido, en una caja de madera que servía exclusivamente para esos propósitos; luego, eso parecía cada vez menos necesario, porque ya habían muchas cartas en el depósito, y de seguro vendrían muchas más. 
          Una mañana recibió la carta, pero en el preciso momento en que salía de casa: la cogió, subió rápidamente a su habitación, la miró y dudó un breve instante si abrirla o no. La dejó en su escritorio, con la esperanza de abrirla a su regreso. Esa noche fue a una celebración, lo que le impidió llegar temprano y ver con luz del día su despacho iluminado por la carta. No abrió la carta, no la leyó, ni ese día, ni el siguiente. Llegó otra carta, que decidió no leer porque ya tenía una acumulada. No leyó dos cartas, porque creía que debía darles a cada una un momento específico, un momento ideal que no fuese interrumpido ni por malos pensamientos ni sentimientos, tampoco por malestares físicos. Esa noche padecía dolor de cabeza, al siguiente de estómago, al tercero simplemente estaba cansada. Ya había tres cartas acumuladas al lado de un montón de libros sin leer, acumulados como las cartas: uno de los libros era un registro sobre navíos naufragados en las costas orientales en el año 1771; otro era un tratado de economía doméstica escrito originalmente en ruso, pero que había sido traducido al castellano por primera vez por la cónyuge de un capitán; el más grande de los libros era una biografía de un director de orquesta sinfónica austríaco que su padre había conocido antes de morir y con quien había tramado una intensa amistad sostenida en gran parte gracias al intercambio de correo. Tal como no le daba un tiempo específico a esos libros, no se lo dio a las últimas tres cartas.
          Tampoco era algo muy relevante, dado que jamás había contestado una carta. A veces, realizaba el innecesario ejercicio de ponerse del lado de su remitente y pensar en el acto de fe que significaba escribir lotes y lotes de cartas cuyo profundo contenido sólo podían expresar lo sincero de un rezo. Pensaba que, de hecho, era como un rezo: no tenía señal alguna que ella, la destinataria, siquiera abría las cartas. Nada más que su deseo de escribir y enviar, o su fantasía de apertura de las cartas, le permitía seguir. Ese ejercicio innecesario, sin embargo, no la motivaba a hacer algo distinto. Cada una de las cartas que leía la hacían despeinarse, pero esa despeinada de alguna manera no era la misma que leía. Había una brecha gruesa entre ella y la destinataria, aquella a la que le pertenecía eternamente un remitente, un remitente que no debiese aparecer jamás. 

Excusa o introducción de una carta de amor.

Escribirte una carta, en estas circunstancias, parece tarea inútil. No sólo por el hecho probable que no te llegue, que no la leas, que no quieras leerla. Inútil porque en la demora entre la escritura y la eventual lectura se produce un daño específico: es un daño al mundo, en que la carta ya no ocupa el mismo lugar, ya no produce el efecto que debía haber producido. No obstante, es en ese riesgo, en ese delicado azar que es el mundo, que una carta tiene sentido. Es por ello que las cartas son textos privados, es por ello que no tienen sentido más allá de su destinataria: las cartas de amor son la manifestación misma del amor, en todo su esplendor, porque sólo una vez recibida, abierta y leída, lo escrito cobra sentido. El sentido de una carta de amor hace que su propia escritura y envío haya sido necesario. Una carta de amor es una casualidad que nos obliga a comportarnos con ella como si fuese una necesidad en nuestro mundo, como si toda nuestra biografía dependiera del hecho que esa carta haya sido escrita. Por eso conservamos las cartas, por eso las destruimos o las contestamos. Por eso, también, las devolvemos cerradas. Una carta de amor se responde, y la respuesta puede darse de muchas maneras, pero nunca con el sello abrasador de la indiferencia.
          Por eso, parece ser inútil escribirte, pero no lo es.

sábado, 16 de enero de 2016

Poesía.

Ella leía poesía, una forma de escribir que me parece innecesaria. Me leía poesía, por cierto. Es así como finalmente, al visitar las mismas librerías de siempre, había nombres antiguos que me hacían un nuevo sentido. Eso repercutía en un nuevo espectro para robar libros: ya no tenía muchas posibilidades con otro tipo de publicaciones, pero poesía se presentaba como un campo aventajado, debido al pequeño tamaño de sus ejemplares.
          Más allá de poetas y poetizas, hay imágenes, me decía. Las suyas eran las estrellas: tenía un tatuaje de estrella en la muñeca y eso servía de imagen explícita, pornográfica, para representar la caída de una estrella: un brazo cayendo, en ese contexto, equivalía a una estrella cayendo. Esa imagen me parecía sublime, pero ella me lo refutaba: eso no era una imagen.
          De uno de los libros robados, obtuve una rima que me pareció destacable del muladar:
“Cuando miras las estrellas, estrella mía, ojalá fuera yo el cielo,
para mirarte desde arriba con mil ojos”.
          Me dijo que esa imagen no servía, a pesar que cualquiera de ella se enamoraría.
          Nunca más supe de ella, aunque la miro.

viernes, 25 de diciembre de 2015

El orden de mis libros.

Sueño que, algún día, mi habitación tenga muros de color liso. Eso no es hoy y no ha sido nunca: siempre los muros de mi habitación han estado recubiertos por libros. Nunca he socializado más que con libros. En un comienzo, claro, eran libros ajenos, libros impuestos por otros: eran los libros de mi tío, los libros que había en mi casa, los libros que me regalaban. Poco a poco la estructura ha mutado, ya sea por los escasos libros que logré comprarme en mi juventud temprana, como también por las ingentes toneladas de libros robados durante mi juventud tardía. Siempre me jacto de haber robado muchos libros, pero eso sólo lo confirmo en un día como hoy, que ocurre cada dos años: el día en que mi habitación tiene muros de color liso por algunas horas.
          Saco todos mis libros de sus lugares en estantes y repisas para notar que mi habitación no tiene más nada. El orden de mis libros es un evento necesario, aunque divertido: ocurre cada dos años, momento en que ya es insostenible el seguir metiendo libros a la fuerza en espacio huecos, porque peligra mi vida: mientras duermo, existe una alta probabilidad de morir aplastado por los libros suspendidos sobre mi cama. Una muerte poética, digo a quienes me lo hacen notar. Sin embargo, poetismo aparte, hay que ordenar para no morir. Entonces, la gran pregunta, al ver los cientos de libros botados como cuerpos sin vida sobre mi piso, es: ¿cómo ordenar?
          Una vez vi un libro que decía: Cómo ordenar su biblioteca. No lo leí, pero gracias a eso me di cuenta que existen tantos órdenes como bibliotecas y pensé en cuál sería el mío. La palabra clave es: OBSESIÓN. Hace poco visité la habitación de un amigo y le dije que una biblioteca es poco más que el conjunto de obsesiones de alguien. Entiendo, desde esa perspectiva, la gran frase de John Waters: Hay que hacer de la lectura algo sexy. Si vas a acostarte con alguien que no tiene libros en su habitación, ¡Huye! Alguien sin obsesiones, muy probablemente sea un fracaso (aunque la obsesión nada asegura). Lo que sí, revisar bibliotecas es una práctica sexy que nos permite continuar la fantasía carnal, pero en secreto: hay que asumir que lo que vemos, en ese pequeño momento de revisión de una biblioteca ajena —que por lo general es de reojo, y nunca explícito—, es propio de la dueña, que cada libro lo eligió y decidió dejarlo ahí, parado o recostado. Hoy sí, puedo decir, que mi biblioteca es mía. Cada libro es mío, el orden es propio.
          Mi biblioteca está ordenada por obsesiones. El último libro que puse fue Ser y tiempo de Heidegger, un libro que nunca he leído a consciencia y creo que sirve de base para ir hacia atrás. A su lado, en un estante superior, se ubican mis “futuras obsesiones”, libros que he adquirido con la intención que algún día despierten mis pasiones: Bergson, Derrida, Lyotard. Franceses, en general. Hacia la derecha de ese estante superior, al alcance de mi mano, está “el problema político”, una obsesión constante que sirve también como decoración: los libros, coincidentemente, tienen un tono rojo, rojizo, naranjo. Detrás de esas futuras obsesiones y presente obsesión, están las obsesiones abandonadas: la sección “Wittgenstein” está exactamente al lado de la sección “Hegel”, las cuales están abrazadas por la sección “Marx”. En ese estante, en su sección baja, está una de las grandes masas de libros: “Foucault”. Como extensión suya se ubica “Feminismo” y “Biopolítica”. Como una especie de ala extendida, se asoma “Rancière” y como obsesión no terminada, justamente abajo del libro de Heidegger, se ubica “Estética”. En la esquina, hay un montón de “Tragedias” y gente obsesionada con ellas. Todos esos más de 400 libros penden sobre mi cabeza mientras duermo. Muerte poética, pienso.
          El otro estante se ubica lejos de mi cama y decidí producirlo en términos más lúdicos. La primera planta es la obsesión “Cine” (Greenaway, Pasolini, Deleuze, Lynch), que se mezcla con la planta baja conformada por mi cineteca: un montón de DVDs originales que hoy carecen de cualquier valor: entre Kubrick y von Trier se ubica un ejemplar único del filme de Hija de Perra, dedicado que pone: CHÚPALO NICO. En la segunda planta, mi obsesión “X-men”: todo el material que, en poco tiempo he recopilado de la historieta. En la tercera planta, por fin, literatura, representada por mi obsesión por la editorial “Anagrama” (Auster, Bolaño y Carver son mi ABC). Y sobre todo, una cuarta planta con “Historia”, probablemente mi obsesión más oculta y antigua, en que ficción se mezcla con un montón de libros robados que apagaron mi intención de dedicarme a eso. En un pequeño rincón, la oscura y patética sección de “Libros y revistas en que aparece mi nombre”, escondida sección como escondida la intención de hacer crecer ese volumen durante cada bienio.
          Mirando mi biblioteca ordenada, cansado, escribo esto: miro hacia el lado y tengo tres libros de arte, que conforman la obsesión “Arte”, todo coronado por una pequeña escultura de un cinematógrafo. Sobre eso, un par de cuadros de artistas que admiro. Pienso en el orden de uno de los cuadros. Pienso que pronto se desordenará todo, que pronto llegaré con nuevos libros o nuevas obsesiones. Pienso en todos los libros rescatados (robados). Pienso en los que están dedicados. En los que me regaló alguna ex, que está profundamente dedicado. En aquellos que tienen marcapáginas o fotos de ella que cumplen con esa función. Pienso si alguno tendrá un billete de la suerte o si hay alguna frase que me salvará la vida en algún momento y que aún no he leído. Pienso en el nuevo año y en cómo esta máquina mutará de nuevo. Si acaso habrá más libros dedicados, si acaso habrá más y nuevas fotos perdidas entre páginas, o en cuáles serán las nuevas obsesiones. Pienso que no soy más que un montón de obsesiones visibles para cualquiera que se pregunte si huir o no antes de entrar y revisar.

martes, 15 de diciembre de 2015

Tu voz.

La escritura es la voz de los cobardes. Una carta de amor, por ejemplo, es la manera privada en que escribimos un libro encantador que tendrá sólo dos ojos encima. Uno puede relatar lo escrito en una carta de amor, pero sólo la leerá quien deba leerla. Alguna vez leí una carta de amor para alguien que no era el destinatario, y el resultado fue nefasto: una expresión de pez en los ojos que me impidieron terminar de leer por la vergüenza de estar malgastando la voz en alguien que, a lo sumo, luego recordará ese momento como uno de esos que se olvidan.
          La voz es aquello que nos permite protestar, hacernos parte de algo común. La declaración vocal, ya no escrita, es la manera en que la verdad es dicha, como el loro gigante que aparece en el cielo final de Felicité. Es por eso que si bien la buena escritura puede cautivar, es la voz la que secuestra. Lo escribo, porque una voz me tiene secuestrado. No es la voz útil del liderazgo que nos motiva a las armas, como tampoco es la voz de mando irresistible que el perro acata cada tarde. Es una voz nocturna, una voz inútil, una voz secreta.
          Es una voz nocturna, porque fue la noche creada principalmente para decir aquello que no se puede decir el día de mañana. Es la noche aquel espacio en que los labios ya no tienen rostro y dejan de hablar para dar paso al murmullo. La suavidad de la noche es la que permite que la verdad tenga como vía la voz y no la letra ni la palabra.
       Voz inútil, voz que no tiene finalidad. Podría entregarle cualquier cuento de Flaubert o Dostoievski, cualquier canción de Blondie o Breton, cualquier poema de Neruda o Thomas. Cualquiera o ninguna, y el resultado sería ese secuestro de sentirme como mirando directamente a la plana oscuridad del horizonte nocturno por la ventana iluminada de un balcón de mármol. Una voz que no vale por lo que dice, sino que por lo que calla, pues la voz del silencio permite la voz de la mirada. Mirarla es, por cierto, una nueva forma de su voz. Inútiles ambas, como la noche.
          Y secreta. Secreta porque el secuestrado soy yo, solo yo y nadie más. Al menos nadie más a la vez, pues me parece imposible el hecho de poder imaginar ser la única posible víctima de tan sublime delito. El secuestro propio es la forma secreta en que esa voz inútil y nocturna hace de sí misma un regalo más grande que cualquier desvío de sus labios. Y la voz es secreta, finalmente, porque luego de aparecer me veo obligado a olvidarla, haciendo así de su disfrute algo por lo que cambiaría toda mi memoria de infancia.
          Es tu voz, ese secreto inútil y nocturno, lo que me hace forzar cada toque de manos, cada choque de piernas y cada mirada coincidente. Es tu voz nuestra intimidad. Es esa voz, la tuya, la que me obliga a mirar cada rincón de mi habitación como un grito desesperado para escribirte, pues el mío es el lenguaje de los cobardes.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Grullas que tenían algo escrito dentro.



La elegancia que te negaste fue su propia confirmación.
Escribir la URL de tu blog sobre el de una página porno.
Saber que el asiento que ocupaste ya no produce sombra.
El cloro que nunca me echaste encima ya no destiñe.
Una lectura de naipes no consigue lo que tu carta.
Soñar que te dedicaba una canción en el primer karaoke.
Muchas veces el libro está contenido en su epígrafe.
La juventud es un recuerdo de la vejez.
El girasol no crece si no es plantado en tierra húmeda.
No abrir las ventanas en verano es un homenaje a ti.
Cada copa rota se convierte en el escorpión capitalino.
La serpiente muerta nunca será de fuego.
Hay un karaoke sin público al que nunca fuimos.
La profecía de la estrella cayendo era falsa.

martes, 24 de noviembre de 2015

Una ciudad.

Estoy en una ciudad que no es la mía. Desde mi ventana puedo mirar el mar, esa masa de oscuridad que se sobrepone a la noche. Veo un edificio de la armada que mira a la plaza principal, una plaza que no puede ser ocupada sino por guardianes: es una plaza sagrada, sin peatones. El edificio de la armada, una construcción neogótica celeste de cinco pisos y un reloj, mira a la plaza que mira al mar, dividiendo con esa mirada a la ciudad en dos: de un lado está el edificio del ministerio de cultura, del otro hay un Starbucks. Mi hotel está del lado del Starbucks, desde donde puedo ver que una universidad comparte techo con un hotel transnacional. Miro a los peatones, que no son los peatones de mi ciudad, y caminan sin temor, sin pudor, sin desconfianza: ya es medianoche y no miran siquiera para cruzar la calle. Sigo a una peatona cualquiera, se dirige con un paso angustiado a un teléfono público: hay teléfonos públicos. Teléfonos públicos que funcionan, no como en mi ciudad. La miro hablar, hasta que me aburro. Cambio mimirada hacia la nube obscura que es el mar de noche. Están los barcos, buques y trasatlánticos que corresponden. Miro hacia el otro extremo y están los edificios: edificios que se posan sobre otros edificios, luces que se posan sobre otras luces. No me gustan las ciudades que no tienen horizonte o que su horizonte es el océano. Pienso en el horizonte de mi ciudad, que es una gran montaña, y me gusta. En esta ciudad tiembla y siento que cada temblor es un intento por expulsarme.
          Me pregunto por si alguien me está mirando en el momento en que escribo apoyado en la ventana. ¿Me mirará como a un extraño? ¿Habrá algo en mi conducta que me revele como extranjero? No me importa, la verdad.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Monstruos y estrellas: el caso de O.

Nos gustan los monstruos, concluí. Me insistía en que mis gustos eran muy obvios y predecibles, que eran simplemente la sumatoria de un conjunto de coordenadas que fácilmente podían rastrearse en otras. Me decía que la próxima que me gustara sería otra antología de las anteriores, como un monstruo construido de muchas partes. Ella creía que me gustaban los monstruos, creía que mi fuente de inspiraciones era múltiple y en base a muchas partes construía siempre una nueva.
          Una tarde la llamé y le conté que no creía en su hipótesis, la de los monstruos. Era una tarde calurosa, de esas en que el día comienza al caer el sol para terminar de manera difusa en la madrugada. De esos días con siesta, pero de las siestas en que no se duerme. Leía un pequeño cuento de César Aira, en que escribía: “De los monstruos hay muchas definiciones, pero lo esencial de ellos es la coexistencia de posibles entre los que se debería haber elegido”. Eso era: un monstruo es un compilado de partes, partes de algo que debía haber sido: bajo su teoría del monstruo, mis elecciones afecto-sexuales (“amorosas”, en su lenguaje) estaban mediadas por mi imposibilidad de elegir una entre todas las que conformaban mi batería, por eso cada elección futura intentaría ser todas las anteriores a la vez, una “coexistencia de posibles” según Aira. Le contaba, pero no entendía bien qué es lo que le contaba. Creo que nunca creyó en su teoría del monstruo, quizá nunca quiso decir eso. Pero le decía que no operaba de acuerdo a una teoría del monstruo, sino una teoría de la constelación: mis elecciones afecto-sexuales no se dan por una mezcla de elementos de seres paradigmáticos anteriores, sino por la proyección imposible de luz estelar sobre piernas que son reales. Es decir: tengo en mente un conjunto imaginario de estrellas que me gustaría alcanzar, pero su luz nunca llega a tocarme, por lo que cualquier luz parecida me convierte en polilla.
          El calor aumentaba su ya cotidiana manera de no escuchar. No construyo en base a recortes antiguos, sólo proyecto la luz de las estrellas. Por ejemplo, siento una atracción irracional ante Karen O, vocalista y líder de la banda Yeah yeah yeahs. Todo lo que hace, cada prenda que viste, cada canción, cada foto, cada búsqueda en Google, cada luz que ella produce me desarma y me vuelve a armar. Mirar el techo escuchando Maps me transporta a una extraña planicie en que ella me es cercana y, a pesar de dominar la escena un profundo dark, me alegra saber que la tecnología me permite escucharla en bucle cuantas veces quiera, una ilusión de que ella es mía. En fin: Karen O no es un mix de partes; O no es un monstruo, es una estrella. Cuando vea la estela de cualquiera estrella parecida, mi identidad-polilla me poseerá.
          Me encontró razón, aunque me dijo que las estrellas también son monstruos. El teléfono quedó en silencio un largo rato. Pasó un ángel, me dijo. Los ángeles son estrellas-monstruo, le dije.

lunes, 26 de octubre de 2015

Cáncer.

Mi mamá me contaba que tenía cáncer. De eso se trataba el sueño. Fue un sueño recurrente durante todo el mes de julio, que es el mes de su cumpleaños: ella es cáncer. Le contaba que lloraba a mares ante la noticia, que me sentía un niño y que ella me cobijaba. Al contarle el sueño, reproducía lo que sentía al enterarme de su cáncer. Ella no tiene cáncer, de hecho nunca ha padecido alguna enfermedad de gravedad. Yo tampoco. Ambos tenemos una distancia cierta a las enfermedades, a la muerte, en definitiva. Por eso es que el cáncer siempre se me presentó como una cuestión divina: aparece un día, todos lo tenemos, todo lo provoca. Mi abuela, su madre, tuvo un cáncer, lo venció. Pienso en ese relato como un sueño: jamás vi a mi abuela con cáncer, yo no nacía. El sueño en que mi mamá me contaba que tenía cáncer, sin embargo, no era una pesadilla: al despertar, cada vez sentía un cierto fortalecimiento de mis pasos, me localizaba en el mundo, estaba consciente de mi sombra.
          Los sueños los padecía durante la tarde, eran sueños de siesta. Para quien duerme siesta, comprende que el sueño de siesta es especial: se presenta en un contexto narrativo difícil de diferenciar de la realidad, se filtran vistazos a la luz del día, se subentiende estar tendido en una cama. Por eso, contar un sueño de siesta es como contar una vivencia, es recurrir a la memoria antes que a la imaginación: contar un sueño de siesta es un intento riesgoso y delicado de separar  lo vivido de lo soñado. Le contaba a mi mamá que ella tenía cáncer, o que me contaba que tenía cáncer, en una especie de mundo paralelo en que eso era cierto.
          Estábamos sentados y tú me decías que tenías algo que contarme. Que tienes cáncer. Yo me largaba a llorar, sin poder decirte nada y me sentía mal, porque era el momento preciso en que debería ser fuerte y decirte que todo va a pasar. En cambio, me acurrucabas entre tus brazos y me decías que no era algo tan grave. Yo te respondía que sí era grave, que era cáncer, que la gente se muere de eso. Sentía que al relatarle esto, tomaba la misma postura que cuando, en el sueño, yo lloraba y ella me acurrucaba. De hecho, la situación era la misma, sólo cambiando el contenido de la conversación.
          El mundo del sueño era ficticio, era una mentira, pero era tan mentira como el hecho que le contaba a mi mamá: pude nunca haber soñado tal cosa, pero ella me creía y me abrazaba, como en ese sueño que quizá nunca ocurrió y que se filtró como un desorden de luz vespertina.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Fantasmagoría.

Celeste tenía por pasatiempo coleccionar diarios antiguos, previos a su nacimiento. Cada mañana, o lo que ella llamaba mañana, pasadas las dos de la tarde, tomaba al azar un periódico de su colección y se lo llevaba de camino al campus. Sus labios esbozaban una sonrisa cada vez que encontraba una noticia vieja que podía tener perfecto sentido hoy: SE ANUNCIA TEMPORAL PARA LA CAPITAL, CONFLICTO EN EL PARLAMENTO POR REFORMA TRIBUTARIA, HIJO DE MINISTRO SE ADJUDICA FONDOS CONCURSABLES, ESCÁNDALO POR ABUELO QUE VIOLA A SU NIETA, QUIEBRE EN LAS RELACIONES CON EL PAÍS VECINO, LA REVOLUCIÓN ESTÁ CADA VEZ MÁS CERCA. Esa tarde, esa mañana, su vista chocó en una imagen: una foto en blanco y negro que mostraba a una actriz de teatro sobre un escenario, dando una paso largo, como si estuviese danzando. El contraste de la baja calidad de la impresión de la fotografía daba la sensación de estar mirando un fantasma: un largo vestido blanco que hacían de los pies una ilusión y un fondo negro que impedían imaginar un piso bajo la figura femenina. Celeste imaginó cuando se vestía de fantasma en su infancia. Usó ese disfraz cuatro años seguidos, para Halloween. Recordó ese año en que se burlaban de ella porque repetía por tercera vez consecutiva el disfraz: momias, vampiros, hombres lobo, brujas, payasos y extraterrestres, se burlaban al unísono de ella. Esta aparición fantasmagórica en el diario la distrajo de todo lo que pasaba a su alrededor: por ejemplo, que Tomás se fue todo el viaje frente a ella, sin conocerse el uno a la otra. Celeste miraba la imagen, hasta que movió su vista y leyó la noticia a la que ilustraba la fantasmagoría: LA OBRA MÁS SANGRIENTA DE SHAKESPEARE. Era una reseña a una interpretación que se hizo en Inglaterra de Tito Andrónico de Shakespeare: el general Tito Andrónico retorna a Roma, tras vencer a los godos. Trae consigo a Tamora, rey de los godos, que termina convirtiéndose en emperatriz de Roma, al contraer vínculos con Saturnino, emperador romano. Pero el sacrificio del hijo mayor de Tamora produce que se incube la venganza en complicidad con sus hijos sobrevivientes: violan a Lavinia, hija de Tito Andrónico, y le cortan manos y lengua, a fin que no delate a sus violadores. Al tiempo, Tito Andrónico se entera de los culpables de la ofensa a su hija y planifica su venganza: mata, descuartiza y cocina a los hijos restantes de Tamora y se los sirve en la forma de una empanada. Estas dos escenas, la de la violación de Lavinia y la de la empanada, produjeron la explosión del asco entre los espectadores de esa función en Londres de 1988. Seis personas se desmayaron, treinta y dos se abandonaron la sala y otros los restantes esquivaban la mirada o se tapaban los ojos para evitar la realista carnicería en vivo. Algunos denunciaron que las heridas eran reales, apoyados en que la obra alcanzó a exhibirse sólo en una oportunidad.
          Esa noche, Celeste se despertó agitada producto de una pesadilla que incluía el fantasma de Lavinia, sin manos ni lengua. El fantasma sangrante que era llorado por Tito Andrónico, que ante los ojos de Celeste estaba representado por alguien que le parecía familiar. Luego se enteraría que en su sueño era Tomás quien interpretaba al general romano. Lo interesante es que Tomás, durante los primeros años en el campus, actuó en una versión de Tito Andrónico, con la salvedad que su rol era el de Alarbo, el hijo mayor de Tamora. Celeste se levantó y fue en búsqueda del periódico, a fin de ver la foto de la noticia, pero pronto recordó que lo olvidó en el campus.

domingo, 23 de agosto de 2015

Tarde.

Esa tarde nos quedamos leyendo. 
          Sentados bajo el jacarandá que recibía todos los vientos, intentábamos abrir sin éxito una tercera botella de vino blanco, frío para hacer de la tarde un contraste. Digo que lo intentamos sin éxito, dado que me quedé con la botella en la mano, justo en pausa antes de abrirla. Mi amigo se sentaba rápidamente, dejando de lado su libro y me decía que recordaba un cuento de Raymond Carver. Un par de amigos salen a dar unas vueltas por la carretera, en su auto, tras haber pasado una tarde de cervezas. En la ruta, ven a un par de chicas que iban al borde de la carretera en sus bicicletas. En su entender, ellas les hicieron alguna especie de señal. Una señal que los llevó a seguirlas. Ellas dejan sus bicicletas y se adentran en un bosque, más adelante. Los amigos se bajan del auto y las siguen. Ellas suben una especie de cerro. Parece que escapaban de ellos, me dice mi amigo. Escapaban.
          Recuerdo esa tarde. El cuento terminaba con que los amigos se abrazaban, tras haber asesinado con una roca a las muchachas. Recuerdo esa tarde, pero no recuerdo cuántas botellas de vino tomamos. No recuerdo bien si realmente nos quedamos leyendo a la sombra del jacarandá. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

Carta a mi hermana.

Vivimos mucho tiempo juntos, pero sólo conservo una bola saltarina. Ella era aries y me esperaba con ansias en el hospital. Madre cuenta que cuando nací, ella salió corriendo por los pasillos, gritando de alegría. Ella era alegre y esa imagen, la del pasillo del hospital, marcó nuestra relación: las pocas anécdotas con que contábamos juntos obligaban a que nuestras historias terminaran siendo reconducidas a esa anécdota fundacional: Nicolás nació y Ángela lo miró, gritó y salió corriendo por el pasillo. La gente reía, dice Madre. Siempre me pareció incómoda esa imagen, la de gente riendo en el pasillo, y eso es lo que me alejaba de Ángela: mi falta de alegría ante esas situaciones. Ver gente reír en un espacio de espera como es un hospital me parecía una imagen macabra, a Ángela le parecía una especie de milagro. Esa distancia entre nuestras formas de ver la belleza en el mundo nos impidió ser amigos. Tampoco éramos enemigos, no peleábamos ni discutíamos, cada uno tenía su espacio, cada uno vivía en su plano. Ni siquiera me molestaba que no leyera un solo libro al año, no me molestaba que trabajara diez horas al día cada semana de cada mes para regalarme un CD de una banda que no me gustaba en navidad, tampoco me molestaba que su atractivo físico fuese infinitamente superior al mío, y menos aún que con más de treinta años jamás hubiese tenido una pareja. Ese era el gran problema, que nada de ella me molestaba, y eso me calaba hondo.
     Una tarde, volviendo de hacer una clase en el campus, recibo un llamado de Ángela. Tanto así era nuestra distancia que no tenía guardado su número, por lo que cuando vi el llamado era de un número desconocido, que sólo me atreví a contestar tras la cuarta insistencia: Madre se desmayó otra vez, se cayó al piso, se azotó la cabeza, fue grave, me dijo en un tono calmo pero íntimo. Me lo dijo con el mismo tono con que me explicaba en lo que trabajaba o la manera en que explicaba sus jugadas las escasas veces que jugamos al naipe español. Estaba en el hospital público, porque era lo más cercano a lo que pudo llegar: esos edificios que albergan tantas muertes por negligencia que más parecen un caldero de desesperanza y tristeza. En la entrada un grupo de punkies esperaban sentados la recuperación de alguno de sus colegas que cayó en una pelea callejera. Me pidieron una moneda y se las di, mal que mal estábamos en las mismas circunstancias. Yo no estaba ansioso ni intranquilo, pues tenía la presunción, por el tono de voz de Ángela, que todo estaría bien. En la sala de espera, repleta de pacientes esperando su turno, veo a mi hermana: sentada al borde de un ventanal, con su pálido rostro y sus rojos labios dirigidos hacia la nada, la especial nada de un hospital público. Destacaba por una cuestión visual: todas las otras miradas del salón estaban dirigidas a una pantalla que anunciaba el apellido de los pacientes. Su mirada se dirigió hacia mí y confirmó mi tranquilidad: está grave, me dice como si estuviese fumando, está grave pero de seguro estará todo bien, ¿no? Asiento en silencio y me pongo a su lado.
     Estuvimos una hora sentados uno al lado del otro sin emitir una palabra, hasta que le hice notar lo miserable del lugar: sí, me dijo. Y añadió: toda esta gente debería estar muerta. Su sarcástico comentario me llamó la atención positivamente, porque en el fondo yo estaba de acuerdo. Le dije: están muertos, pero no lo saben. Sonrió y sentí, desde ese momento, que estábamos entablando una relación de seducción ciertamente incestuosa. Nunca la había mirado con ojos distintos de los que puedo mirar a una conocida sin atractivo intelectual. Por primera vez, quizá, la vi como alguien que no era mi hermana. Unas españolas, atrás de nosotros, comentaban que estaban ahí porque una araña había picado a una de ellas que estaba siendo atendida por la “pésima salud pública de este país”. Ángela me dijo al oído que esa araña era lo mejor que le pudo pasar a este país. Reí fuerte, tanto que las españolas notaron que nos reímos de ellas, algo que sólo podía pasar a las tres de la mañana: ya llevábamos casi cinco horas esperando noticias de Madre y no me había dado cuenta. Previendo que nos esperarían más horas, quizá incontables horas de insomnio le pregunté si acaso recordaba el momento en que yo nací y ella corrió por todo el hospital: claro que sí, probablemente fue el último momento feliz de mi vida. Yo esperaba una hermana, me dijo. Pero de todas maneras tú has sido lo mejor que le pasó a la familia. Logré entender el tono en que me lo dijo, logré entender que con mi nacimiento no se refería a mí, sino a la idea misma de nacimiento: alguna vez, cuando niño, me enteré que Ángela había abortado. Escuché a Madre gritarle en su habitación, escuché que ella abortaría porque el padre del feto ya no era su novio, que ella saldría a trabajar, pero que abortaría. Sabía que para ella era importante el hecho de nacer, por eso. Para sacarla de su mirada hacia el abismo que, evidentemente, formó la imagen del aborto en ella, la tomé de la mano y la llevé a caminar en búsqueda de un café.
     El pasillo por el que caminamos estaba adornado por retratos fotográficos en blanco y negro de indígenas latinoamericanos. Le conté que algunos indígenas creían que los fotógrafos robaban sus almas al fotografiarlos. Ella sonrió y se dirigió rápido a uno de los retratos: mira los ojos de esta, se mueven, su alma está dentro, me dijo. Me reí, nuevamente. Tómame una foto, me pidió. Con mi celular saqué una foto de ella y nos reímos. Las risas fluían gratuitamente con cualquier cosa que dijéramos, porque ya llevábamos casi siete horas despiertos en el hospital, llevábamos esas siete horas sin comer, esas siete horas dejando de ser hermanos. Al lado de la máquina de hacer café, había una dispensadora pequeña de dulces y de pelotas saltarinas. Me pidió una moneda porque quería dulces, pero se equivocó de ranura y canjeó una pelota saltarina. Reímos. Volvimos a la sala de espera, vacía, porque toda la gente ya se había ido, había abandonado toda esperanza y era un martes. Eran las siete de la mañana de un martes y ambos la estábamos pasando, extrañamente, mejor que nunca. Jugamos con la pelota por los pasillos hasta que un guardia nos retó sonriendo, porque éramos un par de adultos: el guardia parecía una especie de robot apocalíptico, según Ángela. Me contó que no iría a trabajar, me contó que estuvo enamorada hace un par de meses de alguien quince años menor que ella, me contó que abortó, me contó que no sabía qué hacer con su futuro, dedicándole el mismo desinterés y tiempo de relato a cada uno de esos tópicos. 
     Madre salió tras diez horas de nuestra espera. Salió caminando, con un vendaje extraño que iba desde su cabeza hasta el brazo derecho. Nos miró jugando con la pelota saltarina hasta que Ángela corrió a abrazarla. Con ansias, Ángela intentaba contarle toda nuestra noche. Le contaba con unas ansias que rompieron su voz plana. Le contaba de la pelota saltarina.
     La navidad de ese año, le regalé una pelota saltarina y una carta. Ella me regaló un CD de una banda que no conozco y que jamás escuché.

lunes, 6 de julio de 2015

Mitema: imaginación.


El príncipe de la luz fue encerrado durante nueve años. Recordaba las historias de sus antepasados y cómo su abuela, nieta de la princesa de la luz, le contaba del escape de la reina y de la metamorfosis de la princesa. El príncipe se imaginó convertido en cucaracha, se imaginó convertido en castillo. El príncipe imaginaba cada noche en qué podía convertirse: en león, para ahuyentar de un grito a los guardianes; en cuervo, para escapar volando por sobre el bosque; en viento, para azotar como un huracán las tropas que lo retenían. Una noche escuchó el rugido de un león, un cuervo se posó en su ventanilla y un fuerte viento desesperó a los guardianes. Nada más que eso, pensó que fue su imaginación. Eso: fue su imaginación. Siguió imaginando: vientos de fuego que azotaran a los enemigos, ejércitos de hombres de agua que lo vinieran a rescatar, ballenas voladoras que se tragaran los edificios completos.

Mitema: traición.


El castillo de la luz era infranqueable, hasta que nació el sexto heredero de la corte. El príncipe de la luz se hacía aconsejar por su hermano, el bastardo “príncipe de las tinieblas” como lo llaman popularmente por haber sido parido en el oscuro bosque al que no daba el sol. El príncipe de las tinieblas era tan sexto heredero como el príncipe de la luz, pero eso no bastaba ante los ojos de la corte. El gran maestre de las tropas enemigas, ofreció reconocer al príncipe de las tinieblas como rey si acaso permitía acceder a las rutas secretas que daban desde las sombras nocturnas al castillo de la luz. De esa manera fue que el príncipe de las tinieblas reinó desde la traición durante nueve años.

Mitema: castillo.


La princesa de la luz era la que debería guiar a su pueblo a la victoria definitiva contra las sombras. Era muy difícil construir un castillo al otro lado del bosque, porque allí no daba el sol y la luz llegaba de manera oblicua. Era necesario construir el castillo allí, porque era un lugar estratégico:si no lo construían ellos, sería el pueblo enemigo quien lo hiciera, apoderándose así del único paso naviero de mercancías para abastecer a las tropas. El brazo de la princesa debería iluminar la construcción del castillo, decían algunos. Otros decían que la verdadera profecía era que la princesa destruiría las montañas que ocultaban el rincón de la luz del sol. Nadie imaginó que en realidad será la princesa la que se convertiría en el castillo.

Mitema: historias.


Los guardias que vigilaban a la reina la escuchaban contar historias a sus compañeras de celda. Las primeras noches la hacían callar, pero pronto los vigías se interesaron en las historias: sombras que descuartizaban reyes, cuervos que incendiaban castillos, árboles que despertaban y corrían destruyendo todo a su paso. Historias que, cada vez más, atemorizaban a los atentos guardias. Tanto se interesaron que esperaban con ansias la nueva historia de cada noche, para intentar reproducirla (de manera mucho menos detallada) frente a sus compañeros al día siguiente. La última historia jamás llegó, pero sí la inventaron: uno de los guardias contó cómo se escapó la reina frente a sus narices disfrazada de cucaracha, una cucaracha a la que le faltaba una pata derecha.

Mitema: estrella.


La princesa llevaba tatuada una estrella en su muñeca izquierda. La estrella representaba la luz que iluminaba el camino del pueblo que marcharía tras ella: la primera de las reinas había perdido su mano derecha cuando fue capturada y los enemigos enviaron la extremidad al rey para probar la veracidad de la amenaza. La reina logró escapar distrayendo a sus guardias. Tuvo que caminar por el frondoso bosque durante tres noches para no ser descubierta en su fuga, valiéndose sólo de su mano izquierda. Su mano era la luz que iluminaba sus noches, abriéndose paso entre los árboles y ramas, entre los animales y riachuelos, entre la luz y la sombra.

jueves, 18 de junio de 2015

Culpa.

Hoy vi a tu ex. Recuerdo cuando me contabas que no podías dejar de ver su blog, antes de conocerla. Que te producía una sensación erótica culpable el hecho de escribir sobre la dirección de una página porno el nombre de su blog. Algo del porno seguía presente en el espionaje a su escritura. A pesar de ser un blog público, me decías, era algo privado de ella. Finalmente no te importaba y lo hacías de todas maneras, aunque algo de la culpa inicial persistía.
            Cuando la conociste, nada de eso cambió. Seguías escribiéndola encima de otra cosa. No lograste terminar tu relación anterior y la ponías a ella. Amigo, yo te decía que eso estaba más allá del bien y del mal, pero que conociéndote, te produciría culpa. Culpa, no por ella: culpa por ti. Sé cómo terminas tus relaciones. Hoy la vi, y recordé cómo fue su final. Un final que no termina. Pero la vi y está ahí, siguiendo una vida propia que, aunque te cueste creerlo, lleva sin ti. Hoy vi a tu ex y no pude saludarla, porque tengo lealtades. Me sentiría culpable de saludarla.

martes, 9 de junio de 2015

La risa.

La micro iba vacía, como acostumbra ser en el horario de los descoordinados. Me gusta descoordinarme del baile de la ciudad para, por ejemplo, silbar o leer en la micro. Esta vez leía. Leía un relato erótico entre dos hermanos, de Paul Auster. Me sentía como un niño diciendo groserías sin ser advertido. Una sonrisa me formaba el rostro. De pronto, despego mi vista del libro y miro al frente: ella me mira y ser ríe de mi torpe risa sin sentido aparente. Ella reía más que yo: su risa formaba con mayor presión su rostro.
            El momento de la risa mutua se detiene. Guardo mi libro, para avanzar en el milagroso contacto visual, en el mismo momento en que ella saca un libro propio. Mi experticia editorial me hizo reconocer, casi con certeza, que se trataba de un libro de Roberto Bolaño. Volví a sacar mi libro de Paul Auster con la mayor normalidad que se puede en una micro habitada solamente por alguien con quien se compartió una risa inventada.
            Sentía el peso de su mirada sobre mi libro, sentía el esfuerzo extra por descifrar el título de mi libro. No podía interceptar su mirada, pero sí pude confirmar la autoría de su libro. Efectivamente, leíamos, avanzábamos las páginas, pero a ratos mirábamos por la ventana. Confirmé que mirábamos las mismas cosas, nuevamente, gracias a la risa: era una mañana de otoño y al costado del cerro Santa Lucía había un joven cuya mirada perdida se confundía con las muertas hojas de los árboles cayendo. Por supuesto, ambos pensamos en lo clisé de la escena sin poder creerlo. Nos miramos y nos reímos. Ella se bajó, luego, yo me bajé.